Silenciosa erupción del volcán

Promedia mayo y Venezuela asiste a una transformación a la vez volcánica y silenciosa. Dos millones de personas se han inscripto ya en los registros de un futuro partido propuesto como instrumento indispensable para transitar el tramo decisivo hacia una revolución socialista. Locuaz, estridente, alegre, desinhibida, por momentos ingenua, siempre aguerrida, la gente anónima de este país se desplaza de un lugar a otro en el ordenamiento social como podría hacerlo una capa geológica.

La ciencia discute todavía si la actual conformación de la tierra se produjo mediante procesos cataclísmicos o gradualistas. En el proceso social, ambas formas se suceden (períodos de acumulación de cantidad de sufrimiento, rabia, humillación, impotencia, de pronto transformada en explosión) y por momentos se combinan dando lugar a situaciones de inestable ambigüedad. Es precisamente el caso a la vista hoy en Venezuela, para desesperación de muchos, perplejidad de no pocos y angustia de otros tantos, mientras transcurre el inédito momento en que se construye un partido para cuya clasificación y comprensión no hay antecedentes en la historia ni previsión en la teoría.

Inventar un Partido

Inventamos o erramos, decía Simón Rodríguez, una de las tres raíces del árbol de la Revolución Bolivariana. Y eso es lo que predomina en la construcción de esta herramienta política de masas. El mecanismo ha sido ya explicado en El Espejo: el 24 de marzo Chávez juramentó en el Teatro Teresa Carreño a 2.398 propulsores y propulsoras. Ese ejército de entusiastas militantes salió a las calles de todo el país a difundir la idea del nuevo partido y reunir, cada uno, a otros seis propulsores. Así, el 19 de abril, en el Poliedro de Caracas se reunieron 16.786 propulsores y propulsoras de toda edad y condición, para protagonizar un emotivo acto de juramentación repitiendo oración por oración una pieza política que el Presidente expuso sin leer, en estado de evidente conmoción emotiva, con el inequívoco contenido de luchar para acabar con el imperialismo y el capitalismo, edificar una sociedad socialista, construir el hombre y la mujer nuevos, construir un partido democrático, revolucionario, socialista, bolivariano y latinoamericanista.

El 29 de abril comenzó la inscripción de aspirantes a militantes, sólo sábados y domingos y por seis fines de semana, en un proceso que será individual y meticulosamente controlado para evitar infiltraciones y maniobras de aparatos que pretendan inscribir listas en lugar de individuos. Mientras tanto, cada propulsor deberá reclutar otros cuatro, de manera tal que el 26 de mayo se pueda llevar a cabo un nuevo acto de juramentación, esta vez con más de 67 mil activistas. Esta fuerza militante, orientada por el Comité Técnico (a su vez designado por Chávez), está ya lanzada a organizar 22.000 “Batallones Socialistas”, cada uno con alrededor de 200 miembros (es decir, más de cuatro millones de militantes), que quedarán constituidos entre el 2 de junio y el 7 de julio. Tales organismos, en Asamblea, elegirán cada uno/a vocero/a; quienes en Asambleas regionales –del 24 al 31 de julio- elegirán a su vez 2.200 delegados y delegadas para participar en las Sesiones Plenarias del Congreso Fundacional.

El 15 de agosto se instalará la Sesión Plenaria del Congreso Fundacional del Partido. Desde esa fecha y hasta el 17 de noviembre el Congreso Fundacional sesionará de manera permanente para definir Programa, Estatutos, nombre, siglas, órganos de control, símbolos y autoridades provisionales. Todos los debates se desarrollarán en los Batallones Socialistas. Y el 2 de diciembre, por referéndum de todos sus miembros, el nuevo partido cobrará existencia con nombre y perfil propio, normas estatutarias, bases programáticas, símbolos y autoridades que todavía serán provisionales, hasta que en enero de 2008, por voto universal de su militancia, se escoja la dirección.

Los defectos de la virtud

Quien busque, encontrará innumerables razones para cuestionar este proceso de construcción organizativa. Ocurre que, una vez más, el árbol impide ver el bosque. El partido en gestación, además de definirse como antimperialista, anticapitalista y por el socialismo del siglo XXI, se explica por lo que no será. Y entre otros muchos rasgos, sobresale el hecho de que antes de nacer ya no es expresión de la dispersión organizativa de los múltiples partidos que apoyaron hasta ahora la revolución, pero tampoco la mera confluencia de todos ellos. Por el contrario, la puesta en marcha de este mecanismo organizativo ya ha demolido a prácticamente todas las fracciones organizadas que hasta ahora ocuparon espacios de poder al calor de la Revolución Bolivariana, se beneficiaron indirectamente desde las proximidades, o disimularon su inexistencia real en medio del tumulto de los últimos ocho años.

No se puede dudar que algunos de aquellos núcleos podrán reorganizarse, como expresión de “lo viejo que renace en la nueva forma que crece”, según la expresión de Marx. No se trata de minimizar el riesgo que encarnan. Pero al menos durante todo un período, no serán ni sombra de lo que fueron.

Mientras tanto, el hombre y la mujer de abajo, sin dejar de ser quienes fueron en las condiciones de explotación, subordinación y sometimiento a que los obligó la sociedad capitalista, dan los primeros pasos en el desconocido territorio del protagonismo político. Los grandes educadores del siglo XIX (y Simón Rodríguez, como precursor, en el XVIII), comprendieron que la educación que verdaderamente importaba para todo proyecto estratégico era la primaria. La misma sensación de rechazo que aquella concepción provocó en las elites de entonces, provoca ahora en ciertos revolucionarios la edificación de un partido que arranca desde muy abajo.

En muchos genuinos revolucionarios (póngase a un lado los sinvergüenzas, los aprovechados y arribistas), causa rechazo la confusión ideológica, la ausencia de formación teórica e incluso de explícita voluntad revolucionaria que se puede hallar en buena parte de quienes hacen interminables colas para inscribirse como militantes del futuro partido, a menudo convocados de una manera completamente inusual para un partido revolucionario (camiones con altavoces, programas televisivos en el canal oficial, etc).

Es que no entienden que en este momento histórico, en Venezuela, la revolución consiste precisamente en que las masas se identifiquen con un proyecto de unidad política y converjan como clases explotadas y oprimidas en una nueva entidad organizada, con definiciones genéricas inequívocas y conducidas por una probada voluntad de avanzar sin pausa ni desvío, personificada en Hugo Chávez. Ese desplazamiento social es el que pone el signo a la coyuntura venezolana.

Pero esto, además, ocurre en una coyuntura paradojal, difícil de asimilar a primera vista. La derecha asume sin tapujos su incapacidad de movilizarse contra la revolución y se recluye en proyectos terroristas apoyados desde Washington, mientras impulsa el desabastecimiento, las campañas mediáticas y las operaciones de inteligencia apuntadas a confundir a los cuadros comprometidos con la Revolución.

Al otro lado de la trinchera social, prima la completa ausencia del movimiento obrero en el escenario político, la descarada actuación de sectores corruptos dentro mismo de las filas de la Revolución que entendieron acabada su hora y se lanzan a una rebatiña sin escrúpulos, la inexistencia práctica de los agrupamientos revolucionarios tradicionales.

En ese marco y al compás del agravamiento de la ineficiencia en la función pública, se desalienta buena parte de los cuadros medios y activistas provenientes sobre todo de las clases medias. De manera que, sin un enemigo actuante más allá de las campañas televisivas, sin otra dirección que la del comandante Chávez y todavía sin estructuras políticas propias afianzadas, buena parte de quienes concurren a inscribirse en su futuro partido no parece preocuparse por la gravedad de la amenaza contrarrevolucionaria y por el significado estratégico del resquebrajamiento acelerado del aparato del Estado. La delegación de responsabilidad en Chávez por un lado, el rechazo a dirigencias intermedias a las que considera corruptas o que sencillamente no han sabido ganarse su confianza, da lugar a un reflujo relativo de las masas, lo cual hace más difícil de descubrir e interpretar el curso verdadero de la mayoría social y plantea riesgos que nadie debería minimizar.

La complejidad del momento confunde incluso a no pocos dirigentes del partido en ciernes, quienes no parecen vislumbrar el contenido real del fenómeno que están impulsando. Como pocas veces en la historia, la teoría va en Venezuela por detrás de la Revolución. En un sentido estratégico, eso es malo y peligroso. Pero puesto en el momento histórico que vive el mundo tras el derrumbe de la Unión Soviética, la degradación de la teoría científica de la Revolución y el fracaso de innumerables formaciones de supuesta vanguardia, no cabe duda de que se trata de un momento fundacional; el punto de partida de una nueva etapa en la lucha del ser humano por su plena y total emancipación.

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