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Es indudable que la revolución bolivariana encabezada por el Presidente Hugo Chávez, no ha logrado deslastrarse de prácticas viciosas que condenaron a muerte, a lo que hoy en Venezuela se conoce, como la cuarta República.
La corrupción, indudablemente debe encabezar cualquier análisis que al respecto se haga. Los actos de corrupción, traspasaron la frontera divisoria entra la cuarta y la quinta República, sin ningún pudor.
Los actos contra la cosa pública, son tan comunes hoy como lo fueron ayer, parecería que sólo cambiaron los actores, pero que la obra es la misma.
Y que al igual que en la cuarta, cuando en la quinta se genera cualquier escándalo por este atroz delito, en seguida (lo mismo que otrora) aparecen los “alcahuetes”, las “celestinas” que sin la menor investigación, desconocen la denuncia y rompen lanzas a favor del indiciado. Maña esta, que tanto nos asqueó en tiempos pasados y que hoy nos indigna porque rompe nuestra esperanza de un verdadero cambio.
La corrupción es un hecho común a toda sociedad humana, forma parte del hombre. Pero la gran diferencia entre una sociedad corrupta y una que no lo es, está en la impunidad con la cual se castigue o no el hecho antijurídico.
Si bien no es posible condenar a priori a nadie (recordemos la presunción de inocencia) tampoco lo es, que el “compañerismo” o “amiguismo” mal entendidos resulte en una automática solidaridad incondicional, que impida una investigación imparcial y objetiva de lo denunciado.
El Presidente Chávez en más de una ocasión, ha manifestado públicamente su total rechazo a esta conducta desviada de lo que significa la responsabilidad social y la solidaridad humana.
Igualmente, se ha filtrado información, de que ha dado órdenes expresas de investigar hasta las últimas consecuencias y comprometiendo a quien sea, cuando se han producido escándalos de este tipo.
Sin embargo, sus órdenes son desconocidas y la impunidad campea y desafía la confianza y honestidad de un pueblo que se ve burlado, cuando los bandidos de ayer y de hoy, caminan enrostrándole sus fortunas mal habidas, amparados en la lenidad de una (in) justicia que lo humilla y lo ofende.
El Poder Judicial, es el poder fundamental en cualquier Estado de Derecho, siendo que es el encargado de generar el equilibrio entre el resto de lo órganos del Poder Público. La columna vertebral del cuerpo social la constituye el Poder Judicial.
No es posible que con todos lo acontecimientos que han ocurrido en este país en los últimos años, no exista un solo responsable.
Hubo un golpe de Estado, un criminal paro petrolero y empresarial con evidentes intenciones golpistas y desestabilizadoras y los protagonistas (públicamente identificados) no sólo están libres amparados en una grosera impunidad, sino que continúan en sus planes conspirativos, corrigiendo los errores antes cometidos, y tan envalentonados por saberse inmunes, que hasta uno de ellos, fue aspirante a la Presidencia de la República. Verdaderamente increíble.
El Poder Judicial a lo largo de la historia, siempre ha sido objeto de presiones de los gobiernos de turno para que soslayen sus atropellos y arbitrariedades. Pero en Venezuela, hoy día las presiones al Poder Judicial vienen de parte de los opositores al gobierno actual. Es extremadamente difícil, casi imposible poder abrir un procedimiento penal o de cualquier tipo, a cualquiera de estos individuos, sin que inmediatamente se cree un entorno en el cual el victimario pasa a ser la víctima del Estado (gobierno) quien abusivamente lo atropella. El poder Judicial está penetrado por enemigos, no del gobierno sino del Estado, de la República. El Ministerio Público está contagiado de la misma enfermedad.
No queremos decir que nuestra posición sea la correcta y la de los otros no. Sino que durante los hechos conspirativos a los cuales hemos hecho referencia, sus actores (principales, secundarios y hasta los extras) se sintieron tan seguros, que confesaron públicamente, en hechos que representan pruebas incontrovertibles por ser públicos y notorios, y ninguno responde por tan criminales hechos. Hubo jueces y fiscales que participaron en el desconocimiento del Estado de Derecho, al cual juraron cumplir y hacer cumplir, y siguen en sus puestos como si nada.
Cuando se reclama alguna actitud de algún funcionario judicial por corrupción o cualquier otro motivo, no se busca destruir el proceso, por el contrario es nuestro control colectivo el que va a permitir que no se pierda el camino y tner de frente la ruta de la revolución social y humana por donde andamos.
No hay un fiscal, suficientemente valiente y profesional, para imputar a estos señores y mucho menos un juez para condenarlos. La complicidad también es delito.
No hablemos de los opositores, de la derecha o de los ultrozos de ambos lados, de ellos ya sabemos y conocemos sus intenciones, es importante estar claro con el enemigo. Ellos están perfectamente identificados.
Refirámonos a los más peligrosos. Los que no están ubicados, los camuflados que atacan en lo interno.
Cuando hay una voz que se levanta para gritar lo que pareciera nadie oír, ni ver, en seguida surgen los infiltrados, a decir, que lo que se busca es “destruir al proceso de cambios”.
No, el proceso de cambios lo están destruyendo son todos estos bandidos tránsfugas que desde adentro están gangrenando la revolución. Esos que se ponen en la cabeza la boina roja rojita, mientras más abajo, tienen las camisas negras del fascismo.
Las instituciones están constituidas por seres humanos, de lo contrario son meras entelequias jurídicas y bellas edificaciones. Por lo tanto del comportamiento de sus miembros dependerá la visión que se pueda tener de ella.
El proceso Revolucionario no puede ser alcahuete ni convertirse en proxeneta de estos depredadores, cuya única intención es el beneficio propio, en contra del colectivo.
Nosotros como colectivo creemos y confiamos en el Presidente Chávez, y necesitamos respuestas, deben fomentarse las investigaciones serias de todas las irregularidades, que cometa quien sea, sin ningún otro compromiso que la legalidad. Como decía el padre libertador debemos tener una dictadura de las leyes.
Pero no con este Poder Judicial, no con este Ministerio Público.
Lo criticable no es que en el proceso de cambios, en sus pininos, se hayan cometido errores “in eligiendo”, lo que no se puede tolerar es que no existan responsables de todo lo que ha sucedido, con la excusa de que se perjudica a la revolución.
El aluvión que representó todo este cambio, arrastró todo a su paso, como un río crecido. Pero ya es hora de que se vayan quedando en la orilla, todos esos palos, piedras, basura, detritus que no forman parte del cauce, de modo que sean las aguas limpias las que sigan el curso, en las cuales este pueblo pueda no solo saciar su calor y su sed, sino que sean modelo de lo que debe ser un manantial de vida.
Todo proceso natural o social debe depurarse, y eso es lo que corresponde hacer en esta nueva etapa. Es lo que permite seguir consolidando sus bases y raíces que ya penetraron las entrañas del pueblo.
Hoy, más que erudición científica o técnica, se requiere honestidad y compromiso con esta patria.
Al consolidarse el Poder Popular, se deberá reforzar con educación y formación política de modo que no se cuelen los bandidos y contaminen esta incipiente forma de organización social, generando nuevas emulaciones de ineficiencia corrupción e indiferencia ante la solución de los problemas para los cuales se constituyen.
Como cuando jugábamos bingo con las abuelas, y hacía mucho rato que no salía la O-75, y se pedía a quien cantaba, “muéveme la bolsita hasta el fondo”. Hoy señor presidente, oiga a su soberano, que con el amor que le profiere le grita a todo pulmón: “Chávez, mueve la bolsita hasta el fondo”….
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