Creo que la Universidad, debido a su propia naturaleza y misión, no puede estar de espaldas a los problemas que vive la sociedad a la cual pertenece, especialmente cuando ésta vive momentos delicados, confusos o críticos. Es ahí cuando la Universidad debe ser luz en la oscuridad, cuando la creación y difusión de los conocimientos pertinentes se vuelve más apremiante. Por ello, en esos momentos, todo debate y contrastación de visiones y propuestas, en el seno académico, se torna indispensable.
Ahora bien, esos debates, para que sean más fructíferos, deben partir de “principios incuestionables y claros” y, luego, seguir una argumentación lógica inobjetable. Es aquí donde se complican las cosas, pues todos estamos de acuerdo, por ej., en que “hay que hacer el bien y evitar el mal”; el problema surge cuando definimos lo que entendemos por “bien” y por “mal”. En esta línea de pensamiento, siguen mis reflexiones.
El filósofo francés Henri Lefebvre, que militó durante algún tiempo en el partido comunista y luego lo abandonó, expresa lo siguiente: “Para la discusión viva hay algo de verdad en toda idea. Nada es entera e indiscutiblemente verdadero; nada es absolutamente absurdo y falso. Al confrontar las tesis, el pensamiento busca espontáneamente una unidad superior. Cada tesis es falsa por lo que afirma en forma absoluta, pero verdadera por lo que afirma relativamente”.
Una sana y eficiente política económica requiere evitar los extremos: un capitalismo extremadamente liberal e individualista, igual que un socialismo radical y populista. El justo medio de acercamiento entre esos dos extremos lo determina el tipo de idiosincrasia específicamente propia de cada pueblo, al cual se va a aplicar. Y esto requiere gran sabiduría de parte de sus gobernantes. Una buena, adecuada y abundante producción de los bienes y servicios necesarios para un país, exige libertad, iniciativa, esfuerzo por mejorar la excelencia, beneficios superiores para quienes más trabajan y se esfuerzan, y, sobre todo, respeto y promoción de la dignidad humana; todo esto requiere aceptar muchas cosas buenas de la orientación y libertad del mercado. Por otro lado, esa misma dignidad del ser humano exige plena igualdad de oportunidades, eliminación de las exclusiones y promoción de los más pobres, desvalidos e incapacitados; y, así, una orientación social justa y apropiada puede determinar una política más pertinente.
Todo esto requiere, a su vez, dejar de lado las políticas simplistas y radicales (que son las únicas que entienden las mentes recortadas), las opciones de un capitalismo extremo, explotador de los seres humanos, o de un socialismo totalitario, hegemónico, anestesiante y supresor de iniciativas. Pero ese punto de equilibrio y armonía no es nada fácil de lograr. Sin embargo, tenemos ejemplos de ello en los esfuerzos que han hecho y están haciendo varios países americanos, europeos y, también, asiáticos. No se trata de imitar y, menos aún, de copiar pedestremente sus recetas, agendas o manuales (que es lo primero que se le ocurre a algunos); sino de realizar, con nuestros hombres y mujeres más competentes, expertos y preparados en las diferentes áreas, el mismo esfuerzo que hicieron ellos con los suyos, para lograr esos puntos de equilibrio. En efecto, ese equilibrio, tan difícil de adaptar a la idiosincrasia de cada país, entre el “tira y afloja”, “acelera y frena”, “facilita opciones y regula formas”, lo van logrando los buenos estadistas poco a poco, con mucho esfuerzo, experiencia y sabiduría.
Este esfuerzo siempre empieza por un análisis exhaustivo de las experiencias históricas respectivas. Se ha repetido frecuentemente que “los que desconocen la historia están irremisiblemente condenados a repetirla”. Solamente los ignorantes creen ciegamente en la expresión: “nadie lo logró, pero yo sí lo haré”. Ciertamente, lo podrá lograr, pero no será caminando sobre las mismas huellas de los fracasados. ¿Qué explicación tiene la conducta de quien camina así? Dos explicaciones fundamentales han tratado de aclarar este proceder: una, muy comprensiva, achacándolo todo a una gran dosis de ignorancia e ingenuidad, válida especialmente cuando los puestos clave en la toma de decisiones están ocupados por personas incompetentes, pero leales a una ideología impuesta; y, la otra, mucho más seria y grave, ligándolo con el liderazgo de personajes con escasa salud mental que, en la historia, han sacrificado centenares de miles de seres inocentes y, a veces, millones, en aras de su psico- y sociopatía y narcisismo delirantes.
La historia nos enseña que, frecuentemente, se esconde esta última condición bajo el ropaje de unas supuestas “elecciones” y un “mandato” del pueblo “soberano”. Pero, si observamos bien las cosas, veremos que al frente de los “Consejos Electorales” respectivos, ponen a unos “árbitros” que son todo menos neutrales, imparciales, responsables y honestos, es decir, que no son tales; por lo cual, cualquier persona, con los ojos cerrados, podrá adivinar quién va a “ganar el juego”; y que esas supuestas “elecciones” son, simple y llanamente, unas “pseudoelecciones”, las cuales, por supuesto, no legitiman a nadie, ya que convierten una “demo-cracia” en una “auto-cracia”, y el carácter “participativo” y “protagónico”, supuestamente intentado, se convierte, simplemente, en términos huecos privados de sentido .
Otro punto que es más que grave. La complejidad de la vida actual en todas sus dimensiones: personal, familiar, empresarial y social, hace que aun los esfuerzos mancomunados con experiencias multidisciplinarias e interdisciplinarias, a veces, se queden cortos en la solución de los arduos problemas que la vida nos plantea. Esto hace ver la necesidad de un diálogo cada vez más amplio, en perspectivas, ideologías y enfoques, para poder cubrir las múltiples facetas ocultas de la realidad. Por esto, nos parece torpe, por decir lo menos, toda propuesta que abogue por una “ideología sociopolítica única” para gobernar y solucionar todo tipo de problemas. La historia nos enseña que donde se hizo esto, años después, con un cambio de perspectiva sociopolítica, esa ideología pasó a ser, de la “única legal” a la “única prohibida”; pero, como puntualiza el sabio dicho, “nadie escarmienta en cabeza ajena”. El problema nace cuando esa falta de escarmiento la tienen que pagar otros.