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    Ideología y Socialismo del Siglo XXI
El gran dilema de la revolucion venezolana
¿Verticalismo burocrático o protagonismo popular?
Por: Gustavo Fernández Colón
Fecha de publicación: 17/12/06
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En atención a los comentarios que sobre mi artículo "El partido único: ¿Última trinchera del burocratismo?" (http://www.aporrea.org/poderpopular/a28268.html), me hiciera llegar el compatriota Néstor González, quisiera compartir con los lectores las siguientes reflexiones redactadas para dar respuesta a los tres interrogantes formulados por mi distinguido interlocutor, en torno al candente tema del Partido Socialista Único de Venezuela.

(1) ¿No existen para usted bondades en la creación de tal partido?

Para clarificar el alcance de la terminología que voy a emplear en esta exposición, creo conveniente precisar, en primer lugar, que cuando hablo de "modernidad" me refiero fundamentalmente al capitalismo como orden social, económico, político y cultural difundido a escala planetaria a partir de los viajes de conquista europeos de los siglos XV y XVI. Adicionalmente, doy por cierto que también forman parte inseparable de esta modernidad los proyectos revolucionarios que intentaron transformar el capitalismo en los siglos XIX y XX, y en particular el "socialismo burocrático" instaurado en la antigua Unión Soviética, China y otras naciones. Comparto la opinión de un conjunto de pensadores de izquierda para quienes el proyecto civilizatorio de la modernidad está agotado (tanto la modernidad capitalista como la socialista burocrática, cuya última expresión ecléctica es el "socialismo de mercado" chino), en virtud de los múltiples callejones sin salida en los que se encuentra atrapada: la desigualdad social extrema y la exclusión de tres cuartas partes de la humanidad de los beneficios del llamado "progreso", la mercantilización de las relaciones sociales y la degradación del ciudadano a la condición de consumidor, la concentración creciente de poder en manos de las corporaciones transnacionales, la disolución de las identidades culturales de los pueblos no occidentales, la guerra genocida como estrategia de imposición de los intereses del gran capital y el más terrible de los efectos del desarrollismo: la destrucción ecológica que amenaza con hacer insostenible la vida sobre la tierra en las próximas décadas. La variante socialista-burocrática de la modernidad contribuyó muy poco a solventar tales problemas, cuando no ayudó más bien a agravar muchos de ellos (piénsese en el desastre nuclear de Chernóbil, por ejemplo). De ahí la enormidad del reto de construir un socialismo del siglo XXI que haga verdaderamente factible la superación de estas amenazas a la sobrevivencia física y la dignidad espiritual de todos los pueblos del mundo.

Este preámbulo es apenas un esbozo de justificación para mi conclusión de que cualquier partido pretendidamente revolucionario (bien sea único o en alianza con otros partidos), estructurado piramidalmente sobre la base de la diferenciación funcional entre cuadros dirigentes y masa militante, entre representantes y representados y con una ideología monolítica, sólo puede presumir "bondades" si es evaluado desde los parámetros de la modernidad o, en otras palabras, si es concebido y valorado desde el paradigma mecanicista que ha gobernado a la mentalidad moderno-burguesa desde los tiempos de Descartes y Newton (en el ámbito de las ciencias naturales) y Hobbes, Smith y Ricardo (en el ámbito de las ciencias sociales). Este modelo de pensamiento, hoy superado por la revolución acontecida en todas las esferas del conocimiento en el siglo XX, ha servido de fundamento a las ideologías y las prácticas económicas, políticas y sociales tanto de la derecha liberal como de la izquierda burocrática. La noción de "individuo" del pensamiento de derecha lo mismo que la idea de "masa" de cierto pensamiento de izquierda, forman parte de este ciclo histórico que está llegando a su fin y que nos exige pensar y practicar el socialismo del siglo XXI de una manera distinta, "orijinal" como diría el maestro Don Simón Rodríguez.

Si, por el contrario, estamos convencidos de que la modernidad ha fracasado o al menos ya no está en capacidad de darle cumplimiento a las aspiraciones de liberación, justicia y felicidad de la humanidad del siglo XXI, entonces la creencia de que el partido moderno con su estructura verticalista-burocrática (independientemente de que se trate de un partido único o de varios partidos) es un instrumento político idóneo para superar las relaciones de dominación capitalistas, sólo puede calificarse como una repetición de las fallidas fórmulas que condujeron a la crisis civilizatoria que nos envuelve.

(2) ¿Considera posible la creación de un partido que, tal como sucede con el socialismo planteado, tenga características distintivas que minimicen los riesgos que usted enumera?

Cualquier partido con las características ya mencionadas, sólo contribuiría a reproducir o bien la estructura de poder de la democracia representativa (si su orientación es “centrista” o “derechista”) o bien la del socialismo burocrático (si su orientación es de “izquierda” –aunque, a la luz de lo dicho, el viejo izquierdismo termina siendo también derechista o conservador-). No olvidemos que la “democracia representativa” ha resultado hasta el presente el modo de organización política más funcional a la lógica del sistema capitalista, pues convierte al ciudadano en un consumidor pasivo de ofertas inocuas (como la tarjeta “Mi Negra”, por ejemplo), mercadeadas en tiempos de elecciones por candidatos que nunca serán más que gestores complacientes de los intereses de los grupos sociales hegemónicos. Pero, por otra parte, no olvidemos tampoco que el socialismo burocrático fracasó en su intento de abolir la lógica explotadora de la sociedad capitalista y produjo más bien una nueva clase dominante, constituida por el estamento dirigente del partido único que, al mismo tiempo, controlaba el aparato del estado; fracasó al degenerar en un pesado centralismo que terminó asfixiando la capacidad de respuesta del naciente estado revolucionario y estrangulando el impulso inicial hacia la autogestión comunitaria sintetizado en la consigna "todo el poder para el pueblo"; fracasó al copiar el modelo tecno-productivo y tecno-militar del capitalismo occidental, creyendo acríticamente que la organización tecnológica del capitalismo podría insertarse dentro de un modo de producción alternativo, sin que esta asimilación reprodujera las relaciones de dominación capitalistas; en síntesis, fracasó al permitir que la burocracia estatal secuestrara el poder originario del pueblo y pulverizara la participación y el protagonismo de las comunidades de base, con la aplanadora de un partido monolítico, verticalista y estructuralmente incapacitado para metabolizar los disensos.

La organización política de las sociedades socialistas del siglo XXI deberá parecerse más, en mi criterio, a una confederación de comunidades o a una red de organizaciones sociales de diversa índole, con distintos intereses e ideologías (por ejemplo: organizaciones indígenas, afrodescendientes, campesinas, populares-urbanas, de mujeres, ecológicas, sindicales, de artesanos y productores, etc.). Deberá privilegiar la horizontalidad y el diálogo permanente como criterios orientadores de la construcción del nuevo estado, y no la verticalidad y la homogeneización ideológica que sólo es posible mediante la instauración del dogmatismo y la represión del disenso. Deberá fomentar la diversidad flexible antes que la concentración rígida de cualquier clase de poder (económico, científico-técnico, comunicacional, político, religioso, cultural, militar, etc.).

En consecuencia, el reto radica en crear un modelo socio-político que elimine o reduzca al mínimo las alcabalas comunicacionales que, en las organizaciones modernas, mantienen desarticulados a los individuos ubicados en la base de la dirigencia que toma las decisiones en la cima. Un modelo que permita el reconocimiento pleno de las diferencias y que asuma el disenso como fundamento de la dialéctica del pensamiento y la cultura. Un modelo basado en la vocería ejercida por integrantes naturales de las comunidades populares y no en la representación asumida por burócratas de oficio. En fin, un modelo que haga posible la construcción social de los fines y los medios de la vida colectiva y que valore la legitimidad de los saberes, expectativas y visiones del mundo nacidos del alma plural de los pueblos.

De este planteamiento acerca del modelo social equitativo, democrático y sustentable hacia el que aspiramos evolucionar se deriva una pregunta crucial: ¿cómo ha de ser la transición desde el actual orden social moderno-capitalista hacia la sociedad socialista del siglo XXI? No hay recetas preelaboradas para el cumplimiento exitoso de esta transición, pues las fórmulas ensayadas hasta el presente no han conseguido producir la transformación civilizatoria anhelada. Sólo me atrevo a señalar que el medio o instrumento utilizado para alcanzar nuestra meta, debe ser consistente con el fin perseguido. Y si ese “otro mundo posible” que soñamos ha de fundarse en la solidaridad, la equidad, el diálogo, el protagonismo popular y el respeto a las diferencias, las estrategias o medios que se utilicen (como el partido político, por ejemplo) no pueden contradecir estos valores, pues estaríamos condenándonos a nosotros mismos a errar el camino.

(3) ¿No considera usted que es necesaria una estructura centralizada que coordine los aspectos políticos e ideológicos que deben desarrollarse para que nuestro proceso pueda alcanzar sus fines?

Por supuesto que es necesario contar con una instancia central de coordinación de la toma de decisiones y la ejecución de políticas de interés colectivo, pero ello no requiere en lo absoluto la existencia de un partido verticalista y burocrático ni una ideología monolítica. Lo importante, en mi opinión, es la conformación de una estructura lo más horizontal, flexible y diversificada posible, ajustable en función de la evolución de los retos del entorno. Ha de ser una red que permita un flujo permanente de información en todas las direcciones, entre las distintas organizaciones sociales y las instancias de coordinación política, así como el debate y la consulta permanente en todos los niveles del sistema. Ello no implica, repito, la fijación de un marco ideológico dogmático sino más bien el establecimiento de un consenso acerca de las pautas operativas y los procedimientos democráticos de debate, negociación y toma de decisiones dentro de la red. Los fines de la acción colectiva se construirán y ajustarán, en cada coyuntura, sobre la base del procesamiento dialógico de los disensos y no de la imposición a la totalidad social de un cuerpo de preceptos fijado unilateralmente por una vanguardia. En todo caso, el fundamento ideológico del socialismo del siglo XXI será de orden ético y deberá reflejar, en todas sus ejecutorias, los valores humanísticos de la equidad, la soberanía, el respeto a la diversidad, la participación y el protagonismo popular, tal y como están expresados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

La historia nos enseña que los pueblos indígenas americanos que resultaron más rápidamente sometidos por los conquistadores españoles, fueron aquellos cuya organización socio-política respondía a un modelo piramidal-burocrático (aztecas e incas, por ejemplo); mientras que los organizados en forma de redes horizontales de comunidades autogestionarias (como los pueblos caribeños y amazónicos) pudieron ofrecer una mayor resistencia a los invasores, hasta el punto de ser considerados hoy en día los pioneros de la estrategia de combate de la guerra de guerrillas en nuestro continente. Estas son lecciones de nuestra historia colectiva que debemos asimilar para avanzar creativamente en la construcción del socialismo indoamericano del siglo XXI, anunciado en sus más recientes proclamas por el líder-presidente Hugo Chávez Frías.

Gustavo Fernández Colón es profesor de la Universidad de Carabobo
hermesnet@movistar.net.ve
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Gustavo Fernández Colón

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