Henry Ramos Allup: El último romulero

Uno de los más graves errores políticos habidos en el ejercicio de esta vital dimensión humana es la subestimación del adversario, el no reconocimiento de la legitimidad al antagónico que lleva a manejarse con golpeada dignidad frente al contrario y frente a sí mismo; siendo la dignidad el reconocimiento de los otros como legítimos otros.

Subestimar al adversario político lleva al activista o militante (y por ende a la ciudadanía que tiende a deliberar desde un partido) a desplegar el concepto político únicamente desde definiciones instrumentales, miradas en los defectos generados sólo de la práctica, invisibilizando u ocultando, casual o deliberadamente las ideas, criterios, historicidades y filosofías que están detrás de las imposturas. Quien subestima al antagónico político y tiende a ver únicamente sus defectos en los rincones empíricos, no colocándose en el origen y naturaleza de éstos, se aparta de la realidad y por regla general cae en los señuelos, fantasías y apariencias que suelen tramarse en los laboratorios de guerra sucia.

Ejemplo de esto son los nazis alemanes del principio del siglo pasado (los mismos que llevaron a Europa a una guerra inimaginable) y fueron los maestros de la subestimación política. Lamentablemente para los pueblos progresistas de entonces, esa misma subestimación que desarrollaron en su sociedad, la recibieron como premio, en forma de sumisión, subordinación y ceguera del pueblo alemán. Aún es un acto escalofriante, reproducir el momento en que Adolfo Hitler recibía, de millares de alemanes en rígida formación, el marcial saludo fascista de brazo levantado en forma recta, y él responderlo con el brazo torcido en forma de amanerado desprecio por el pueblo.

Las elecciones del 6 de diciembre de 2015 son, tal vez, la evidencia de un largo camino de subestimación del enemigo político por parte de los bandos en contienda. La subestimación política es de antigua data en Venezuela. El bipartidismo que hegemonizó el ejercicio político durante la IV República se entronizó en base a un proceso de subestimación de la política que dejó una honda huella en la posibilidad de militancia y en el mismo concepto de hacer política habido en el pueblo.

Los procesos electorales desde 1973 hasta 1993 se convirtieron en torneos burlescos de injurias e insultos que culminaron siempre en la victoria de los candidatos de los partidos que se turnaban el poder político: Acción Democrática (AD) y el COPEI. Ambas dirigencias partidistas terminaban celebrando aquellas victorias en cualquier costoso restorán de moda tomando licores importados de altos dólares, mientras dos asesores gringos (David Garth y Joe Napolitan) celebraban en el Norte (cada quinquenio) con sus bolsillos llenos de dólares, el haber producido cualquier cantidad de cuñas donde el ejercicio político quedaba como un festín de burlas y falsos improperios, entre rivales que tenían los mismos intereses. En estos carnavales electorales siempre perdía el pueblo que somos, ya que se cumplió en la sociedad venezolana el más abominable proceso de banalización del discurso político que nos llevó a distanciarnos de la deliberación ciudadana, desconfiando de la democracia, confundiendo política con partido político y despreciando al mismo partido político y al ejercicio electoral.

La incorporación del comandante Hugo Chávez Frías a la política venezolana y su investidura como Presidente, trajo consigo la posibilidad de reivindicar el hecho político (res política) en el pueblo que somos. Desde 1998 sus aportes se fueron transformando en análisis permanente y su integralidad altamente cualitativa como educador de la política reactivó antiguas categorías y referentes que se hallaban reprimidos u ocultos, creando nuevas vías paradigmáticas. No pudo esta hazaña arrinconar y mucho menos eliminar la subestimación política ya creada 40 años antes. La herida partidista que dejaron la IV República y sus amos del imperio continúa intacta en este sentido. Políticamente, a los dirigentes que adversan a la Revolución Bolivariana se les desconoce; más que por decir cualquier refrán popular al revés o definir la gastronomía de alguna región con equívocos o hablar machucando las palabras, cuestión que es totalmente deliberada, no se les coloca en ningún análisis político donde se defina conceptualmente su accionar y se busque su cuestionamiento estratégico, a fondo. De la misma manera como son transmitidas burlonas fotografías trucadas de los dirigentes bolivarianos en la red, así transitan montajes de los dirigentes opositores que tienen el mismo tenor.

Habría que definir quiénes ganan en esta guerra de pasteles; lo seguro es que el pueblo que somos es quien pierde en su hacer político porque hipoteca de mediocridad, superficialidad y ligereza la formación política de las futuras generaciones. Muchas de nuestras juventudes terminan no diferenciando entre ninguna de las opciones, mientras se beneficia a quien le interesa el efecto homogenizador y no la diferenciación; la lógica pareciera ser: “todos somos imbéciles políticos” o “la política no sirve”. Todo esfuerzo que se haga por elevar el criterio de la política, se pierde en el montaje de cualquier dirigente transformado en monigote mediante photoshop. Seguros podemos estar, que a los dirigentes de la oposición les interesa mucho estos encendidos de licuadora visual; (se atestigua que gozan y se ríen a carcajadas de lo que se coloca en los medios acerca de ellos). Este proceder lo hizo práctica de su vida cotidiana Carlos Andrés Pérez durante su primer gobierno (1973-1978), cuando los copeyanos promovían burlas de su condición de andino y de la sencillez pueblerina de su esposa. Los mismos adecos promovieron estos chistes para gozarse el festín del poder. Es lamentable que no pocos de los mensajes de la revolución bolivariana procedan de esta antigua manera defenestradora de lo político con algunos opositores. Ya el trabajo perverso de subestimación de la política y banalización del discurso ha continuado su efecto pernicioso en este siglo XXI. Henry Ramos Allup, dirigente de AD, es viva muestra de este grave error.

EN EL PRINCIPIO FUE SU PADRE POLITICO

No se puede hablar de ningún dirigente adeco venido del siglo XX sin antes referir con centralidad meridiana a Rómulo Betancourt. Las nuevas juventudes adecas (que hoy no deben ser muchas) lo desconocen por completo. Rómulo tuvo muchos seguidores entre sus militantes, durante su acción política que marcó la del pueblo venezolano. Aunque sólo se puede hablar de dos auténticos romuleros: Luis Piñerúa Ordaz y Henry Ramos Allup. Toda aproximación a estos dos políticos necesita la referencia directa del destacado líder guatireño.

Betancourt se forma en la llamada generación del año 28; aquella que fue encendida por los candentes versos del poeta mártir tocuyano Pío Tamayo frente a la dictadura del general Juan Vicente Gómez, en los carnavales de Caracas de inicios del siglo XX. Funda el PND que luego sería AD y en el exilio costarricense se involucra con el Partido Comunista de ese país. Luego de la muerte del dictador Gómez en 1935, se lanza a la agitación social del momento y logra su primer acierto político, cuando alienta con decidida fuerza nacionalista la huelga petrolera de 1936, en contra de la fuerza internacionalista que promovieron algunos sectores del Partido Comunista de Venezuela (PCV) que vieron perjudicada con la huelga, la ayuda a la España republicana que entraba en guerra civil.

Las luchas democráticas de los años 40 coinciden con el desarrollo de la llamada segunda guerra mundial. Son aprovechadas por Betancourt y AD para promoverse como opción de izquierda ante la alternativa del PCV frente a los gobiernos militares de Eleazar López Contreras (1936-1940) e Isaías Medina Angarita (1940-1945). Coincidiendo con la derrota del fascismo nazi y el final de la llamada segunda guerra mundial se produce el golpe militar contra el general Medina Angarita que encabeza el coronel Carlos Delgado Chalbaud. Detrás de los movimientos que generan estas acciones políticas se encuentra la sagacidad de Betancourt quien promueve la victoriosa candidatura del escritor Rómulo Gallegos en las elecciones presidenciales del año 1948 luego de la constituyente de 1946. Como aún no era un político de confianza del Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos (EEUU), a poco tiempo del triunfo electoral, debe salir de Venezuela con los trastos del proceso democrático en la cabeza, arrasada por una nueva dictadura.

El concepto de democracia que se desarrolla en Betancourt es el clásico estampado en la ciudad de Atenas, Grecia antigua, fundamentado en las ideas de Aristóteles, el cual comprende y favorece únicamente a las élites naturalmente poseedoras quienes deciden, luego reconoce a las capas medias aventajadas que sostienen las instituciones a las cuales denomina “pueblo” y entiende a una mayoría desventajada (antiguos esclavos) a los que Betancourt llamaba “pobrecía”. Cualquier expresión o motivación social venida de esta mayoría le merecía su desprecio. Por esto gustaba de visitar la ciudad de Berna en Suiza, en donde veía su modelo político soñado. Allí pasó largos períodos vacacionales.

VINO VIO Y VENCIO

Observó desde el exilio la resistencia a diez años de dictadura, realizada por dirigentes de su partido y del PCV en la clandestinidad. Es promotor de los Pactos de Nueva York y Barranquilla, donde va definiendo su tendencia política derechista. Regresa a Venezuela, abierta la posibilidad de transitar procesos democráticos, una vez caído el gobierno dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez (1958). Apoderado de la máxima dirigencia de AD, se hace de la candidatura presidencial frente a la mansedumbre de los dirigentes adecos que se cargaron la resistencia contra la dictadura. Al ganar las elecciones, enfrenta y reprime a las disidencias internas (las de izquierda y las centristas) y al PCV. Provoca la división de su partido y la expulsión de dirigentes importantes y se alía con intereses empresariales privados y gringos. Cuando era anunciado para hablar desde cualquier tribuna esperaba unos segundos hasta que la última voz permitiera el silencio y luego lo rompía con este clamor: “¡Conciudadanos!”. Desde allí fue tejiendo la mediática de su proceder político.

Su alianza estrecha con el gobierno de los EEUU y su política interna antipopular, provocan la reacción del pueblo en la calle, que buscaba la democracia que se les había perdido en la ceguera y complacencia de una izquierda adoctrinada en formalidades etapistas y la sagacidad betancourista. Su imagen presidencial es trabajada directamente por asesores venidos del Departamento de Estado de EEUU. Se perfila en dos dimensiones: una gubernamental con características autoritaria, anticomunista, represiva, capaz de promover divisiones y ordenar arrestos y detenciones, y la otra dentro de su partido donde se le fabricó una imagen mítica benefactora y se le promovió como un brujo que aparecía en las calles por las noches para darle “fuertes” a los mendigos, que iba a los banquetes de ricos donde comía el pollo con las manos (para asemejarlo a los pobres), que adivinaba los movimientos y actitudes de sus compañeros de partido para dominarlos y adelantar sus políticas. Además, su discurso de tribuno incendiario; verbo muy hábil y pausado —bien pronunciado con la experiencia y los aliños de la agitación callejera— siempre estuvo adornado con frases previamente tramadas y palabras sacadas de diccionarios (por ejemplo: periclitante) pues era un político que no evidenciaba una gran cultura aunque conocía mucho la naturaleza humana: era el caudillo con dominio absoluto del Comité Ejecutivo Nacional (CEN). Toda decisión de AD pasaba por sus manos y su aprobación.

UN GOBIERNO BLINDADO POR EL DEPARTAMENTO DE ESTADO

La ciudadanía que protestaba era recibida con los balazos y la represión que Betancourt ordenaba desde Miraflores. La izquierda expulsada del parlamento organiza dos levantamientos cívico-militares que no cuentan con el apoyo popular y son manejados con su certero oportunismo político. En las bases militares de Carúpano y Puerto Cabello sucumben dos intentos insurreccionales que buscaron sacarlo del gobierno. Ambas victorias de su proyecto político son aprovechadas con creces desde sus colocaciones ideológicas ante la ciudadanía. Todas eran acompañadas por sus poderosas alocuciones donde conmovía a sus partidarios y al país con un poder mediático efectista que daba a su verbo una eficiencia mediática novedosa: —“ni renuncio ni me renuncian”— es la frase con la que responde la ofensiva de sus opositores.

Sortea milagrosamente el magnicidio. El apoyo de la CIA y de los asesores gringos a su gobierno hacen que logre sentar las bases para la derrota del más estupendo movimiento antiimperialista de Latinoamérica, materializado en el llamado Movimiento Guerrillero de los años 60 que nace de la fundación de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y del PCV. En este período rompe relaciones diplomáticas con la Revolución Cubana y apoya con ahínco una definitiva desviación de derecha en la OEA. Mientras un grueso número de militares de los mandos altos y medios eran adiestrados en la llamada Escuela de las Américas de USA, Betancourt desarrollaba un gobierno manipulador, entregado al capital privado y altamente represivo. Sienta las bases del pacto social al reunir al COPEI, URD Y AD en el Pacto de Punto Fijo y garantiza la alianza de la central de sindicatos aliados a su partido y la más importante organización empresarial (CTV-FEDECAMARAS).

UNA SUCESION ASEGURADA

Al colocar la banda presidencial a su sucesor, el también miembro fundador de AD Raúl Leoni (1963) ya el aparato policial-militar que iría a reprimir sanguinariamente a toda disidencia política de izquierda en Venezuela, estaba creado. El gobierno entrante abriría los cargos económicos más importantes del ejecutivo a los miembros del empresariado. Desde sus vacaciones en Berna, Suiza, observa con entera satisfacción cómo aquel gobierno instiga el allanamiento sin orden judicial, la tortura y la desaparición forzosa de militantes de izquierda y coloca en el imaginario ciudadano la categoría perseguido político en democracia. Aquella Venezuela combativa que se levantó a favor de la Revolución Cubana, que defendió a la Universidad Central de Venezuela (UCV) contra la intervención policial, que se fue a la montaña guerrillera para desafiar heroicamente al imperio más poderoso de la tierra, que escupió en la cara del indignante parlamentario ultraderechista gringo Richard Nixon en la autopista Caracas-La Guaira, que saltó a la calle para reclamar la democracia participativa y protagónica que le había sido robada en los venales estrados de la representatividad, se fue apaciguando paulatinamente, con el sonido de la pólvora asesina de un revolver en la oreja y un pozo de lágrimas de familiares de víctimas de la represión en el corazón.

EL MÁS GENIAL LEMA JAMAS PRONUNCIADO

Nunca se debe subestimar la historia del partido AD porque es también la historia de Venezuela y su devenir produce extraordinarias lecciones. Para las elecciones de 1968, ya la guerrilla originada del histórico manifiesto de la FALN, estaba derrotada. Los militantes de los partidos de izquierda PCV y MIR (venido de AD) que alentaron aquella epopeya insurreccional buscaban oxígeno electoral y participación ciudadana. Luego de dos gobiernos triunfantes ante un movimiento insurgente de extraordinario calibre, AD era uno de los partidos políticos más poderosos de Latinoamérica de aquellos que abrazaron la doctrina socialdemócrata, con el alto mando militar a su favor y el total apoyo de los gobiernos gringos.

Sin aparentes amenazas electorales en el panorama político, surge natural e imbatible la candidatura del intelectual margariteño Luis Beltrán Priero Figueroa. Pertenecía a los fundadores del partido: sabio, educador, ejecutivo de Estado probo y exitoso, carismático y con fuerte ascendencia entre los trabajadores. El maestro Prieto (como le llamaban), sin ser un hombre de izquierda, representaba una corriente humanista que subyacía con mucha fuerza en los cuadros medios y las bases de AD.

Betancourt vio peligrosa aquella ascendencia política por tres razones: 1. Le discutía su liderazgo supremo; 2. Podía revivir la fuerza de izquierda radical dentro del partido que siempre persiguió como un fantasma a las organizaciones socialdemócratas, dada la insurgencia crítica que aún estaba viva en la sociedad venezolana, que le discutía al Estado transformaciones profundas; y 3. Contravenía los intereses de sus socios en el Departamento de Estado de EEUU, quienes esperaban un gobierno absolutamente títere, sin un asomo de contradicciones con Washington.

Betancourt impuso la candidatura de Gonzalo Barrios por sobre la mayoritaria tendencia de la base del partido y se lanzó una arriesgada división histórica que puso en vigilia la cotidianidad política del país. Muchos pensaron que se acercaba el final de la era Rómulo y emergería en AD la fuerza progresista que reclamaba el país y había sido derrotada en la insurgencia. No fue así. La sagacidad de Betancourt, una vez más, se puso a prueba. Acentuó su eterna campaña reaccionaria dentro AD, sugiriendo en la imagen de Prieto a un comunista oculto y desprestigiando a sus seguidores. Movilizó a sus bandas armadas (cabilleros), muy utilizadas en las actividades sindicales que sabotearon las movilizaciones de los prietistas. Articuló toda la comunicación del partido con los medios privados de difusión del país para orquestar una campaña subliminal que favoreciera a su candidato; prueba de esto es la frase colocada en boca de un personaje del programa televisivo Radio Rochela: “El que mucho a Barrios poco a Prieto” que no pocos comenzaron a repetir diariamente.

El cenit de este momento histórico lo constituye un masivo y estratégico mitin con los militantes del partido que convoca Betancourt para definir su posición frente a las dos candidaturas. En aquella magistral pieza oratoria, donde evoca a los militantes su versión de la historia de AD, pronuncia el lema que conmovería a todo el mundo político: ¡Adeco es adeco hasta que se muere! Todos los medios se lo posicionan y la divulgan a partir de ese instante como un mensaje permanente. Betancourt colocó como clave política el elemento metafísico que le faltaba para asegurarse el sentido de pertenencia a su partido, por parte de una militancia que ya lo estaba olisqueando como un traidor. Son siete palabras que se transforman en el poderoso mantra espiritual de todo militante de AD y herencia imperecedera para los próximos adecos. La noción de infinitud que esta frase supuso, trascendió al partido para instalarse en la cultura política de las futuras generaciones en Venezuela. Esta pronunciación surge justamente cuando se aproximaba la más trágica fragmentación de las izquierdas debido a la derrota militar, que desde sus dirigencias, jamás produjeron un lema contundente que diera autenticidad a sus justas quimeras. La izquierda venezolana, en sus momentos más heroicos, siempre se manejó con pronunciaciones compartidas.

Constituir un partido con una herencia de perennidad espiritual de esta magnitud histórica es tal vez el valor subjetivo más trascendente que haya tenido organización política alguna en el mundo; razón por la cual, la historia de este partido no se debe subestimar. Sin duda, los años siguientes a la aparición discursiva de este lema constituyen algo parecido a una maldición, debido al comportamiento de la militancia de AD llena de corrupción institucional, engaños electorales y proyección política demagógica; es por esto que los temas musicales del cantor Alí Primera son importantes símbolos de sobrevivencia política popular de izquierda contra la cultura adeca, ante la poderosa subjetividad romulera que instaló el imaginario político. Y cuando insurge el comandante Chávez con la breve alocución que llamamos por ahora el día 4 de febrero de 1992, se abrió la posibilidad de que una nueva subjetividad política se colocara en la espiritualidad del poder popular como un estandarte imperecedero y barriera con el imaginario adeco. Lamentablemente esto aún no ha sucedido.

No le bastó a Betancourt aquel lema para ganar las elecciones que su candidato perdió con el máximo dirigente del COPEI y miembro del Opus Dei, Rafael Caldera. En estas circunstancias, los adecos acuñan lemas politiqueros para aponerse al gobierno, uno para resaltar su vocación camaleónica y su poder social: “Los adecos son mejores en la oposición que en el gobierno” y otra para evocar perversamente su proceder corrupto: “Los adecos roban pero dejan robar”. Así Betancourt recupera el gobierno para AD (1973), llevando de su mano y del cerebro gringo a quien fuera su secretario privado y Ministro del Interior Carlos Andrés Pérez (CAP).

Esta victoria adeca significó la primera campaña electoral asesorada abiertamente y con descaro por las empresas gringas. Se trató de un verdadero carnaval de improperios, ofensas e injurias entre dos candidaturas que no tenían nada que decirse entre sí porque eran caimanes del mismo pozo: un interminable festín donde se derrocharon millones de dólares en propaganda y fastuosos festivales callejeros donde se obstaculizaban las vías y se atropellaba a la ciudadanía. Rápido desobedece a su mentor este CAP, quien desarrolla un gobierno a manos llenas, aprovechando las mieles que brinda los altos precios de la canasta petrolera. Este gobernante se salva por un voto de un juicio político. Algunos dicen que Betancourt estuvo tras la maniobra, como retaliación contra su expupilo.

PIÑITA Y EL FACTOR “WE WILL COME BACK”

Las diferencias entre Betancourt y CAP nunca fueron éticas sino de forma. El estilo ultraderechista del anciano líder chocaba con el liberalismo pseudo—izquierdista del nuevo gobernante. Aquel nunca aprobó que CAP restableciera relaciones con Cuba, ni que potenciara vínculos regionales unificadores con Ecuador (Jaime Roldós) y Panamá (Omar Torrijos), ni que apoyara a la Revolución Sandinista en Nicaragua, así fuera por la vía de Violeta Chamorro, ni que se promoviera como líder tercermundista mientras amasaba una inmensa fortuna. Esta insalvable distancia entre ambos líderes que tiende a transformarse en una nueva forma adeca de hacer política, provoca que Betancourt decida impulsar como candidato a la presidencia (1978) a su más servil seguidor Luis Piñerúa Ordaz.

Natural del sector nororiental de Venezuela —Piñerúa Ordaz es de Güiria— había sido militante de AD y preso político durante la dictadura. Ocupó varios cargos gubernamentales. Señalado por su mal carácter, poca simpatía, autoritarismo y sequedad entre sus compañeros, copiaba fielmente el estilo áspero y autoritario de su promotor. Sus asesores debieron esforzarse para construirle una imagen con opción. También utilizaba palabras y frases buscadas en los diccionarios. Casi una década después se introdujo en la picaresca política del país, cuando dirigió una carta a la dirigencia de su partido, denunciando a su compañero Presidente de la República Jaime Lusinchi por sus relaciones con una “barragana”. “Piñita” —como le bautizó el país político— puso de moda anunciar la tenencia de una listas de corruptos con las que amenazaba presentar ante la opinión pública y que jamás develó.

El gran perdedor de las elecciones de 1978 fue Rómulo Betancourt. Aún se recuerda su rostro sonriente en la sede de AD frente a las cámaras de televisión que fueron el ojo del país. Ahíto del poder que le confería su historia política y sus fuertes vínculos con los factores de la geopolítica nacional y mundial, mostraba una ebria satisfacción. Aquel día eleccionario, una periodista le pidió que resumiera el resultado de aquellas elecciones que significaron su derrota y tal vez su epitafio político y él, con ese desprecio que tuvo por las mayorías a la cual manipuló siempre; con ese aroma pitiyanky con que adornaba sus discursos; con esa arrogancia cipaya con la cual amenazaba a sus enemigos políticos y que le valieron halagos de sus amos del norte, respondió: “Lo voy a decir en gringo: we will come back (volveremos)”. Su instinto político le decía que AD gobernaría la década de los años 80, con el COPEI haciendo comparsa y los partidos de izquierda comiendo en la mano. Este camaleonismo típicamente adeco lo dibuja con genio Pedro León Zapata en la portada de la extraordinaria revista humorística “El Sádico Ilustrado”: ADECO ES ADECO HASTA QUE SE PONE VERDE.

En la Nueva York de sus sueños cerró los ojos al mundo Rómulo Betancourt en el año 1981. A pocos meses de su muerte le preguntaron a una modelo de televisión de origen mayamero acerca del conocimiento que tenía de este líder político y respondió: “¿A quien puede interesar la vida de este señor?”. Por su muerte decretaron tres días de duelo y miles de jóvenes protestaron porque se suspendían dos conciertos del grupo de rock inglés “Queen” en Valencia: todos coincidían con la modelo de televisión.

LA PALESTRA DE HENRY

Luego de las elecciones del 6 de diciembre de 2015, el político que más cobra notoriedad es Henry Ramos Allup. Sin lugar a dudas, aquel “We will come back” de su abuelo político no se le sale de la memoria y se le viene a su vez toda esta historia política que lleva a cuesta. Exhibe su misma arrogancia, despotismo y lenguaje feroz. Aunque le falta el porte y la célebre pausa romulera. Tiene todas sus mañas y juegos políticos en la manga. Ya ha señalado listas y pruebas que jamás muestra. Extrajo del diccionario las palabras “petrimetre” y “lechiguino” con la cual acusó a algunos adversarios y asombró a otros tantos periodísticos desprevenidos. Su capacidad de negociación política es betancourista ciento por ciento: confía en el quiebre ético del adversario, desprecia la fuerza moral del pueblo. Es bastante probable que su aporte con la identificación del sujeto político del momento haya sido decisiva: asombra que la oposición haya ganado las elecciones sin hacer grandes movilizaciones de calle. Esta es una de las lecciones a asimilar. El nuevo sujeto político de los procesos sociales es informático y Ramos Allup ha tenido qué ver mucho con esta identificación.

Luego del 6 de enero de 2016, posiblemente veamos a Ramos Allup como presidente de la Asamblea Nacional que nació de la V República. Dolorosa realidad para un chavismo al cual le corresponde asimilar su derrota y analizar con cabeza fría el momento. Toda una estupenda paradoja social para hacer avanzar cualquier revolución. La dialéctica nos dice que puede ser muy beneficiosa para AD y la MUD, sin embargo, puede precipitar sucesos que aún faltan por pasar en una Venezuela que vive una revolución social radical, sin lugar a dudas. Presidente o no de la Asamblea, la reaparición victoriosa de Henry Ramos Allup es la resurrección histórica de Rómulo Betancourt, la renovación de su mandala originario, la evocación de su arrogante despotismo. Quien subestime su inteligencia y sagacidad bien aprendidas y se deje llevar por sus imposturas, seguramente asesoradas por gringitos de moda, estará muy lejos de enterrar para siempre su eclipsada historia.



vangelis42@gmail.com


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