La crítica popular y revolucionaria


La crítica debe hacerse a tiempo;
no hay que dejarse llevar por el hábito de criticar
sólo después de consumados los hechos.


Mao Tse Tung

Más vale precaver que lamentar.

La crítica siempre será considerada constructiva por quien la haga y destructiva por quien la reciba, por eso estoy de acuerdo con quienes afirman que la crítica debe ser crítica sin ningún condicionante. No existe la positiva ni negativa, la crítica es crítica sin apellido. Sólo se justificaría tal distinción si la misma es justa o injusta, honesta o deshonesta, y en tal caso tendríamos que preguntarnos quién determina que lo sea dado el carácter subjetivo de los términos en cuestión, lo cual no nos permite avanzar mucho. La tendencia del criticado es a eludir la crítica con argumentos de distracción. La crítica debe darse sin más, solo ella es garantía de seguir el rumbo correcto y ni siquiera debe exigírsele a quien la haga, algún tipo de soporte en concreto e inmediato que pruebe lo afirmado, toda vez que la misma sea el único recursos que se tenga para alertar sobre procedimientos o hechos en particular que se piense que no corresponden con los objetivos perseguidos, es decir, que atente contra los valores que sustentan la sociedad que deseamos tener.

Quien no la debe, no la teme.

En infinidad de casos hemos visto cómo se descalifica a quien critica irregularidades en un procedimiento, con la excusa de no aportar pruebas de lo que afirma, demandando de quien critica atribuciones que no le corresponden, como lo es la de investigar y conseguir evidencias que demuestren lo que asevera. Siempre será más saludable darle curso a la crítica y esperar que los organismos competentes determinen la veracidad o no de la misma ya que de lo contrario se podría sospechar de la honestidad del criticado al evadir lo que se le imputa, argumentando supuesta falta de evidencia. Quien se molesta por ser criticado, no solo peca de soberbia, si no que alimenta la suspicacia de todos. Quien asume la crítica deberá asumir también la responsabilidad de sus afirmaciones y las consecuencias de sus actos, pero también, el empleado público al asumir su responsabilidad se debe someter al escrutinio público sin ñoñera de ningún tipo y estar preparado para todo tipo de crítica por muy despiadada que ella sea. Es más, todo funcionario debe propiciar la crítica y el seguimiento por parte del colectivo a su gestión.

Los burros mochos se buscan para rascarse.

La falta de formación, de conciencia socialista, la actitud acrítica y sumisa, la cultura del halago lleva aparejada la práctica de la solidaridad automática. El cubrirse las espaldas producto de relaciones personalistas que no han llegado a comprender el carácter colectivo que debería caracterizar la acción de toda persona comprometida con el proceso revolucionario, lo atrapa en una red de alcahuetería mutua, que justifica todo tipo de desafuero que corroe moralmente y pone en peligro el futuro del proceso.

A Dios rogando y con el mazo dando

En un proceso verdaderamente revolucionario la contraloría social bien entendida se sustenta en la conciencia que se tenga de la responsabilidad que acarrea toda crítica, de quien la hace y de quien la recibe, lo que requiere un largo periodo de aprendizaje por parte del colectivo hasta tanto se perfilen los modos más idóneos y menos traumáticos de las denuncias que pudieran hacerse, pero hay que hacerla porque solo su práctica es garantía de ese aprendizaje. Por eso es primordial que, por una parte, las personas que tienen responsabilidades de gerencia y dirección, que de alguna manera conforman la vanguardia del proceso, comprendan que son susceptibles de ser blanco de críticas y a su vez que son sujetos formadores de conciencia crítica social y por la otra que todos y todas tenemos la obligación de denunciar los hechos irregulares en la administración pública, sabiendo que los procedimientos seguidos para ello, pueden ser cada vez más efectivos y responsables.

Una mano lava a la otra.

El “gobierno del pueblo” solo se entiende en la medida que este es partícipe de las decisiones del Estado y sea vigilante de la gestión de gobierno en todos los niveles administrativos y de dirigencia, desde la presidencia hasta el más modesto cargo local debe estar bajo observación del pueblo organizado haciendo efectiva la relación dialéctica gobernador-gobernado.

No hay mal que por bien no venga.

Es infinitamente menos nocivo para el desarrollo de la política de transformación del Estado iniciar un proceso de investigación sobre presuntos malos manejos del erario público por parte de funcionarios que a la larga resulten victimas de infundios, que dejar que hechos de corrupción erosionen la administración por falta de control y vigilancia ciudadana, ya sea por condescendencia por ser amigo o familiar o por simple falta de valor o dejadez.

Haciendo leña del árbol caído.

En todo proceso revolucionario la dinámica de la política es extraordinariamente rica y compleja. Mantener el equilibrio en todas las fases del proceso para no caer en desviaciones de derecha y de izquierda es un imperativo de primer orden para evitar posibles excesos, no solo de parte de la vanguardia, sino también de parte de la acción popular. En este sentido la crítica puede desencadenar verdadera caza de brujas. La historia de las revoluciones nos alerta sobre las consecuencias nefastas a las que conducen. Pero el temor no nos debe conducir a la inmovilidad, la crítica es esencial para el avance de la revolución, y es a lo largo del proceso que iremos formándonos en su buen manejo.

Solo el pueblo salva al pueblo.

Aquel funcionario o dirigente sometido a la crítica debe entender que solo probando la validez de su accionar puede alejar cualquier sombra de dudas hacia su gestión y las críticas que pudiera recibir y debe atenerse al criterio de que lo único válido de su acción o decisión tomada es todo cuanto vaya en función de incrementar el bienestar popular. No siempre será sencillo determinar que acción o decisión está orientada a tal propósito, es por eso que la crítica requerirá de nosotros el estudio y vigilancia permanente de nuestro entorno político.


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