Democracia, Dictadura del Proletariado y Estado Comunal

“Todos los oportunistas repiten que el proletariado necesita del Estado, pero olvidan agregar que el único Estado que el proletariado necesita es un Estado en vías de extinción, es decir, un Estado que comience en seguida a desaparecer y no pueda menos que hacerlo”.

Lenin

“El capital invita constantemente a los que se oponen a él a meterse en su terreno de organización. Araña inteligente… Si se oponen a nosotros, organicen un partido para ganar el control del Estado por la elección; si no pueden hacer esto, organicen un ejército para vencernos y ganar el control del Estado por esa vía; si eso es demasiado extremo para ustedes, pueden organizar una ONG y ayudarnos en el proceso de formación de políticas. La existencia de la política capitalista es una invitación para hacer nuestra lucha simétrica a la lucha del capital”.

John Holloway

Precisamente, porque la lucha por la construcción del socialismo es una lucha histórica real y no una suerte de “salto” imaginario a la utopía, es que la cuestión política relacionada con el problema: ¿Qué formas de organización social han de asumirse en ese período de transición llamado socialismo? debe colocarse siempre en el centro de toda discusión. No sólo porque la clase obrera debe luchar políticamente para “resolver las contradicciones que se presentaran con las relaciones de producción incapaces de permitir la expansión de las fuerzas productivas”, como bien afirman las camaradas Lovera y de Ovievo; sino porque para conservar cualquier logro alcanzado, la clase obrera debe gobernar políticamente. De allí que la primera tarea de toda revolución auténtica ha de ser siempre, como señala el propio Marx en el Manifiesto: “la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia”.

Esta última parte del párrafo anterior es muy importante. No sólo porque nos dice algo sobre el objetivo fundamental de toda revolución: crear las condiciones necesarias que garanticen la gestión colectiva de todas las actividades sociales por parte de todos aquellos que participan en ella. Sino, porque también nos dice algo importante sobre la naturaleza de la democracia en ese período de transición que todos llaman socialismo: la autoinstitución permanente y explícita de la sociedad (Castoriadis).

En este sentido, podrá resultarle incómodo a muchos camaradas: “Dictadura, ni la del proletariado”. Pero una importantísima clave para comprender la orientación que tendrá la transición al socialismo en Venezuela, es sin duda, el significado que pueda dársele a este término. Categoría, que históricamente ha servido para poner de relieve el gran abismo que existe entre marxistas, leninistas, socialistas utópicos y reformistas, y que curiosamente muchos “marxistas” hoy evitan escandalosamente. ¿Habrán Olvidado estos camaradas, que fue el propio Marx quien relacionó el término dictadura del proletariado con la Comuna de París y, por ende, con el concepto de democracia.

Argumentando a partir de la experiencia de la Comuna, Marx enuncia las principales características de la superestructura política de una sociedad socialista. Superestructura, que salvando las distancias con nuestro país, pueden convertirse en un parámetro sobre el cual medir la distancia que separa al llamado “Socialismo del siglo XXI”, del modelo de sociedad prefigurada por Marx.

He aquí las características de esa superestructura:

1.- Supresión del ejército permanente y su reemplazo por el pueblo en armas.

2.- Elección, por sufragio universal, de los consejeros responsables, revocables en cualquier momento, en su mayoría obreros o representantes aceptados de la clase obrera, ante una asamblea con carácter de organismo de trabajo, y no meramente legislativa o decorativa.

3.-Transformación de la policía, de órgano del gobierno central, en instrumento responsable de la asamblea, revocable en todo momento y despojado de toda atribución política.

4.- Transformación análoga de todas las demás ramas de la administración.

5.- Efectiva democratización de los cargos públicos, que debían dejar de ser propiedad privada del gobierno central y de sus hechuras, para ser desempeñados en todos los niveles por el salario de un obrero.

Sabemos por lo expresado por Marx en la Crítica del programa de Gotha, que: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de transición de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura del proletariado”. Sin embargo, sabemos también que después de la Comuna de París, aparece en el pensamiento de Marx la concepción de que la organización de la producción se encuentra no ya en base al Estado, si no en base a la coordinación de las libres asociaciones de los trabajadores. Es decir, no es el Estado quien debe ser el jefe y dirigente de la producción y la distribución, sino que estas funciones deberían pertenecer a los mismos productores y consumidores. (http://www.aporrea.org/ideologia/a107674.html)

A diferencia de Marx, Lenin entiende la dictadura del proletariado (período de transición) como una forma de dictadura estatal, cuya tarea es “aplastar la resistencia de los explotadores” una vez alcanzado el poder: “El proletariado necesita el poder estatal, organización centralizada en la fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como para dirigir a la enorme masa de la población, a los campesinos, a la pequeñaburguesía, a los semiproletarios, en la obra de “poner en marcha” la economía socialista” (El Estado y la revolución). Marx, por el contrario, la entiende como una forma de dominación de los procesos económicos y sociales por parte de los productores, más allá de su forma estatal particular.

Un socialdemócrata-reformista, por su parte, se imaginará ingenuamente que el Estado es “neutral”, que está “por encima de las clases”, y que los trabajadores podrán apoderarse de él para ponerlo al servicio de la trascendental tarea de “desarrollar los medios de producción al máximo”. Eso sí, sin necesidad de recurrir a esa “fantasía neo-utopista” que algunos llaman “cogestión”, “consejos obreros”, “autodeterminación”, “autogobierno”, “comuna”, etc., que -para un reformista-socialdemócrata- nada tienen que ver con el socialismo verdadero.

Esto es importante tenerlo claro, porque perspectivas diferentes llevan a concepciones diferentes de la revolución y, por ende, de la democracia. Para Lenin la fase de transición al comunismo consiste en la expropiación por parte de los trabajadores del proceso de producción, siendo que el “Estado obrero” (controlado por una camarilla de burócratas y no por los mismos productores) asume la administración de las relaciones de producción existentes. Para Marx, por el contrario, la fase de transición al comunismo significa la libre asociación de los trabajadores, la abolición de la separación de los productores respecto de los medios de producción, es decir, la abolición de las relaciones de propiedad burguesa.

Ahora bien, es claro, que durante este período la democracia no puede suponerse como una suerte de abstracción brumosa en la que “todos gobiernan”, porque entonces, nadie gobernaría. Al principio habrá de ser, como algunos dicen, un gobierno clasista, como el que previeron Marx y Engels en el propio Manifiesto, donde ven la clara necesidad de que el proletariado como clase gobernante centralice todos los instrumentos de producción en sus manos (un proceso que no podrá efectuarse “más que por una violación déspota del derecho de propiedad”).

Podría decirse entonces, que hay dos momentos en esta fase. El primero que tiene que ver con la conquista del poder político, que sólo podrá hacerse rompiendo con el dominio hegemónico de las viejas clases dominantes y destruyendo su Estado -más concretamente la maquinaria burocrático-militar-. Y el segundo, el que tiene que ver con la consolidación del poder político (democracia), que sólo es posible si en lugar del Estado capitalista hay una “libre asociación de productores” (dictadura del proletariado).

En este sentido, la posición de Marx con respecto al problema del Estado luego de la Comuna de París, difiere por completo del punto de vista defendido por los “reformistas-socialdemócratas”, los “socialistas utópicos”, y los propios leninistas. Incluso, difiere por completo con lo expuesto por el mismo Marx en su Crítica del programa de Gotha, según el cual, durante la fase de transición, los “criterios burgueses” -la recompensa del individuo según su capacidad- serán inevitables.

Esto no ha impedido, sin embargo, que muchos “marxistas” sigan apelando hoy a la figura del Estado en la creación de esa “libre asociación de los productores” planteada por Marx. Por el contrario, a pesar de que la experiencia histórica ha demostrado la inviabilidad de un proyecto como éste, se sigue pensando –obstinadamente- en la posibilidad de “democratizar la democracia” mediante una transformación significativa del Estado liberal-burgués. Sin embargo, como bien afirma, John Holloway: “Cambiar el mundo mediante la conquista del Estado ha fracasado en el siglo XX y la experiencia histórica nos debe hacer reflexionar sobre si no hay algo falso en este concepto; tantos reveses no se pueden explicar por causas particulares. Debemos preguntarnos si no hay algo equivocado en esta idea de conquista del poder estatal”.

Lo planteado por Holloway nos permite establecer una primera premisa: La idea de un Estado, llámese “comunal”, “proletario” o “socialista”; es incompatible con la idea de que la gente participe en la autodeterminación de sus vidas. A nuestro modo de ver, pensar en un “Estado socialista”, “Estado proletario” o “Estado Comunal” sería tan absurdo como pensar –por ejemplo- en “fábricas socialistas” o “autogestionadas” en el contexto de una “coordinación” burocrática de la economía y la sociedad. No olvidemos que lo esencial en el imaginario social capitalista es la expansión ilimitada del control racional. ¿De qué socialismo estaríamos hablando?

 La inferencia acá es clara. Mientras que un marxista intentará relegar al Estado (sea burgués o proletario) al museo de la historia clasista tan pronto como esto sea posible históricamente (porque mientras permanezca esta reliquia bárbara de la historia clasista, la historia humana propiamente dicha no habrá empezado). Los reformistas-socialdemócratas e incluso los leninistas, parecen estar perfectamente a gusto con que permanezca esta cruel institución. Sus sueños de la libertad y la autocreatividad abstractas no sólo son utópicos, sino que básicamente no critican el mundo real y sus implicaciones. Afirman, que “sólo se necesita luchar contra la burocratización del aparato de estado” para que éste cumpla con sus nobles funciones. Es tal, su grado de confusión, que no logran entender que luchar contra la burocratización del Estado es como luchar contra la medicalización de la medicina o la militarización del ejército. El Estado siempre es necesariamente burocrático. Luchar contra la naturaleza burocrática del Estado, es como luchar contra la naturaleza vegetal de las plantas. O es burocrático, o no es Estado.

 En el marco de lo antes planteado, hablar de “Estado socialista”, “Estado Comunal” o “Estado proletario” sólo puede tener una clara función ideológica: no permitir ver que a lo que hacen referencia estos términos nada tiene que ver con el socialismo. “La existencia del Estado es inseparable con la esclavitud”, decía con razón Marx. Por lo tanto, si en el actual proceso de cambios se confunden las instituciones existentes con toda institución posible, la derrota -aunque no quieran reconocerla algunos camaradas- está decretada. El límite del proceso de reformas impulsado por el Presidente Chávez está condicionado, precisamente, por la capacidad o no para instaurar nuevas instituciones, otras instituciones: otras, -léase bien- no sólo en cuanto a sus nombres, sino también en cuanto a su esencia.

Como bien hemos planteado en otras oportunidades: la lucha por la construcción del socialismo no puede llevarse a cabo en abstracto, es decir, a partir de consignas o slogans carentes de realidad concreta. A no ser que se la ataque en sus raíces, la cultura capitalista demuestra una enorme capacidad de supervivencia, que ni el mismo Marx alcanzó a apreciar en todo su alcance. El capitalismo, como forma de organización social, tiene la poderosa ventaja sobre cualquiera de sus potenciales enemigos de que su mera realidad –la estructura de las situaciones de todos los días que le genera al individuo- reafirma y refuerza la marca de sentido común de la cultura capitalista aun sin la abierta intervención de argumentos intelectuales sofisticados (Bauman: 1976).

Desafortunadamente, el esquema reformista parece reafirmarse hoy en nuestro país. Una y otra vez, se insiste el mismo error. Los líderes de este proceso se niegan a entender que toda lucha por la conquista del Estado termina casi siempre en un silencioso, pacífico y casi imperceptible proceso de incorporación de las fuerzas originalmente insurgentes a la lógica de reproducción del capital y sus formas de organización asimétricas. De ahí nuestra segunda presunción: la victoria del socialismo en Venezuela se decidirá en el terreno de una institucionalidad de nuevo orden: En la construcción de una nueva hegemonía. Y, esta presunción sólo adquirirá sentido, como bien lo afirma, Bauman, cuando: “Se comprenda al socialismo como una cultura totalmente nueva, como una nueva filosofía dominante, un nuevo concepto de realidad y de potencialidades humanas, nuevas formas de incorporar la biografía del individuo a la historia de la sociedad, y nuevos patrones de relaciones interhumanas, más que un mero cambio institucional en los títulos de propiedad o una reorganización de la tropa gobernante”.

En este sentido, siendo el Estado por antonomasia la institución más efectiva para transmitir, consolidar y reproducir relaciones de dominación y enajenación, habrá de ser –lógicamente- el principal objeto de nuestros ataques. Razones para ello sobran. Como las que expone acertadamente, Halloway: “La razón por la cual el Estado no se puede usar para llevar a cabo un cambio radical en la sociedad es que el Estado mismo es una forma de relación social que está incrustada en la totalidad de las relaciones capitalistas. La existencia misma del Estado como una instancia separada de la sociedad significa que, sea cual fuere el contenido de sus políticas, participa activamente en el proceso de separar a la gente del control de su propia vida. El capitalismo es simplemente eso: la separación de la gente de su propio hacer. Una política que está orientada hacia el Estado reproduce inevitablemente dentro de sí misma ese proceso de separación: separando, entre tantos puntos, a los dirigentes de los dirigidos, a la actividad política seria de la actividad personal frívola. Una política orientada hacia el Estado, lejos de conseguir un cambio radical de la sociedad, conduce a que la oposición a la lógica del capitalismo se subordine progresivamente a lo mismo que objeta” (Holloway: 2012).

 ¿Quién puede dudar que la vía empleada en el siglo pasado para transformar la sociedad a través del Estado no haya sido un total fracaso? Este hecho, más que demostrado, debe llevarnos a reflexionar sobre qué otras vías deben emplearse hoy. Pues, plantearse la idea de un “Estado Comunal” o un “Estado proletario” es un total absurdo; considerando que todo Estado es una forma de fetichización que encubre relaciones sociales asimétricas y de dominación.

Esta asimetría implica la exclusión de la gente de su propia vida, individual y colectiva. Por lo que cualquier alternativa real frente a este fetiche pasa por la necesidad de articular una lógica distinta, un lenguaje distinto, una espacialidad distinta, incluso una temporalidad distinta, que sea asimétrica a la temporalidad, espacialidad y lógica inmanente a toda forma de organización estatal (Ibid).

Insistimos. Sólo una nueva forma de organización en las relaciones sociales “en el que cada individuo esté práctica, concreta y realmente comprometido en la autoinstitución consciente de los diversos ámbitos de la vida social” (Castoriadis), podrá convertirse en una alternativa real frente a cualquier forma de enajenación humana. Esto implica la necesaria destrucción de todas aquellas instituciones (políticas, económicas, culturales) que instrumentan relaciones de dominación y enajenación. Y eso, es el Estado: La forma suprema de enajenación política.

La historia de las revoluciones en el siglo XX enseña que la intensificación de la lucha de clases, propia de un período de transición, no puede reducirse a la simple lucha económica, es decir, “desarrollar el aparato productivo (…) establecer mecanismos de creación de riquezas” o, “desarrollar los medios de producción al máximo que permitan las relaciones de producción y luego plantearse las tareas para resolver las contradicciones que se presentaran con las relaciones de producción incapaces de permitir la expansión de las fuerzas productivas” (Lovera-de Ovievo). Es también una lucha política dirigida contra el Estado –y, toda su fisonomía política-, sea éste Estado burgués o “proletario”. En tal sentido, la construcción del socialismo en Venezuela sólo puede entenderse como un esfuerzo por emancipar a la naturaleza humana del sufrimiento individual o colectivo. En garantizarles a todos los ciudadanos “la mayor suma de felicidad posible”. Esta tarea debe estar vinculada de una manera positiva, en crear nuevas formas de organizar a la sociedad en su conjunto, en lugar de criticar, desafiar y corregir a las ya existentes. Para decirlo en pocas palabras, la feliz cohabitación del individuo y su sociedad sólo podrá alcanzarse en condiciones en que el individuo sea amo de su propia acción y libre de las restricciones impuestas por otros (¿Estado?). Es decir, en la cooperación activa y la complementariedad mutua. En la Comuna. Eso, es socialismo.

 

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