Sin piedad

“Yo no sé lo que es el hombre.

No sé más que su precio.”

(Bertolt Brecht, Canción del comerciante)

Cuando saco dinero de un cajero realizo un acto material, concreto. Sin embargo, los que muevo son relaciones abstractas. Por un lado, los billetes son una abstracción, una representación simbólica de un valor general que he ido acumulando por mi trabajo. ¿Por qué ese valor y no otro? ¿Por qué mi trabajo vale 1000 y no 2000? Otra persona que cobre el mismo salario que yo, ¿su trabajo es igual al mío? Si María hace sillas, aunque cobre lo mismo que yo, no significa que mi trabajo sea hacer sillas. Evidentemente, su trabajo y el mío sólo son equiparables de forma abstracta, como trabajo en general y no como trabajo concreto.

Cabe decir lo mismo del propio banco. La inmensa mayoría de su dinero no es la pequeña cantidad de la que dispone en billetes y monedas, sino meros registros virtuales en aparatos informáticos. Por no hablar de la propiedad del banco mismo. Porque, ¿qué es la propiedad sino otra mera abstracción? Con unos garabatos en un papel podemos cambiar una propiedad de una persona a otra. O con unas cuantas pulsaciones en el teclado de un ordenador. ¿Ha cambiado la persona? ¿Ha cambiado la cosa? Evidentemente no.

Sin embargo María es una persona concreta. El dinero que cobra o el que deja de cobrar repercute directamente en dónde vive, cómo viste, los alimentos que come, las medicinas que puede tomar cuando enferma o a dónde puede viajar. Y, pongamos Emilio, accionista del banco, es también una persona concreta, y el dinero del que dispone para su uso (incluso cuando no es el “suyo”, sino el de María) se traduce también en cosas concretas. Vamos, hasta en su esperanza de vida.

Los números lo llenan todo, pero no lo explican todo, ni todo puede reducirse a números. Si, por poner el socorrido ejemplo de Ana Botella, me refiero a 2 manzanas y 3 peras, y sumo 5 frutas, ni las peras ni las manzanas sufren por mi forma de sumar, ni por ser 2 en vez de 3 o viceversa. Dos y tres son abstracciones: daría el mismo resultado (5) si sumase 2 plátanos y 3 melocotones, o 2 tornillos y 3 tirafondos.

Pero las personas no somos cosas. No es lo mismo disponer de fortunas multimillonarias, imposibles de gastar en una sola existencia, por muy a todo tren que se viva, que de una pensión de 326 euros. No supone lo mismo 1 euro para unas que para otras. La diferencia puede significar la vida o la muerte.

Cuando se imponen los “mercados”, el “rescate a la banca”, los “ajustes” en sanidad, educación, ley de dependencia y otros gastos sociales, tras esas abstracciones cuantificadas numéricamente hay seres humanos reales que ven destrozadas sus vidas, niños hambrientos, ancianos que son desahuciados. Cuando se abarata (dinero) el despido (persona), se impone lo abstracto sobre lo concreto, lo inhumano sobre lo humano. Cuando se rescata a la banca, se causa sufrimiento a personas reales para beneficio de entidades anónimas. Y lo que es peor, se elige el sufrimiento y hasta la muerte de muchos para que sigan unos pocos viviendo a cuerpo de rey.

Para quienes ejecutan esas políticas, es más cómodo hablar de abstracciones, de “déficits” y “primas de riesgo”, de “regularizaciones fiscales” y “flexibilización del mercado de trabajo” (donde los trabajadores somos meras mercancías), de “prioridades” y de números. Su delicada alma prefiere no ver los rostros reales de María, de Antonio, de José, de Carmen. Por esa misma razón los verdugos siempre han puesto capucha a sus víctimas.

Bajo el Estado capitalista, todos somos cosificados, reducidos a números, a mercaderías estadísticas, perfectamente abstractas e intercambiables. Se sustituyen las relaciones entre personas por relaciones entre objetos. Y con los objetos no hay que tener piedad.


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