El Plan de la Patria: el momento de los sueños

Es impensable un cambio de época sin una transformación cultural en nuestra sociedad, o tal vez deba decir, sin un retorno a nuestras raíces culturales, afianzando los cambios en una sólida base identitaria. Esto quiere decir, entre otras cosas, que cada individuo se reconozca en sus propias raíces, estableciendo una posición, un juicio y una mirada de sí mismo y de lo ajeno.

Esto que propongo no es un nuevo pregón en estas tierras, nuestras culturas originarias, antes de sufrir la invasión y el arrase por parte de los europeos, ya poseían un suelo firme, una cosmovisión, una ética y una estética definida y robusta, de donde nacía las relaciones entre los hombres y la tierra, la dadora de vida. Fue Simón Rodríguez, quien hace más de doscientos años, dejó sus pasos regados por las montañas y desiertos andinos prodigando ideas nuevas para una Patria naciente, sintetizadas en una “colonización de la América con sus propios habitantes”; hombres y mujeres “sociables e instruidos”, sintiéndose parte de una cultura, hijos de una tierra mestiza.

Quizá el pecado de algunos hombres sea el oficio de soñador, ir demasiado lejos de su propio tiempo. Pero qué sería de la humanidad sin el derecho a la utopía, la fuerza de creer en un futuro de mundos posibles.

El tiempo que vive nuestra Patria, y hablo de Latinoamérica, es un llamado a la reflexión y a la apropiación del conocimiento; ser conscientes, por ejemplo, de lo que diferencia a un modelo de sociedad que oprime y explota, y otro que libera e iguala. En Venezuela, el Presidente ha convocado a un diseño colectivo de una estrategia, una determinación plural que reivindica el insumo vital de la participación popular en una Revolución. Es un acto de soberanía que nos indica que el Poder Popular no es un simple cliché vacío, una frase sin contenido.

La discusión del Plan de la Patria, es un proceso de ampliación del ejercicio de la democracia, inusual, cuando no inexistente en muchos países del mundo; es triste ver como algunos, obnubilados y en un estado de negación absoluta, reniegan de la belleza y fertilidad de la posibilidad de participación abierta por la Revolución Bolivariana, la construcción de una realidad mejor, partiendo desde las raíces y necesidades de nuestros espacios próximos.

Este es nuestro tiempo, el momento de la concreción de nuestros idilios colectivos. Es momento de creer irreductiblemente en la capacidad de nuestras creaciones. A veces me pregunto cuán conscientes estamos los venezolanos de la época que vivimos, y el valor de la historia que nos ha tocado construir. Y es que si realmente queremos un cambio de época debemos internalizar un cambio ético. No podemos hacer nada, hasta lo más simple y cotidiano, sin pensar en ello; la mediocridad, la deshonestidad y eso que han dado en llamar “viveza criolla” debe ser recuerdos lejanos. Todo lo que está por hacer debe partir de una conducta fundacional profundamente ética y amorosa, más aún cuando nos proponemos la repartición justa del poder a través de la consolidación de un estado socialista y comunal.


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