A propósito del llamado del Presidente Chávez

La Crítica

Nuevamente el Presidente Chávez apunta en la dirección de profundización revolucionaria. En esta oportunidad ha llamado a la reflexión, la crítica y la autocrítica revolucionaria que permita al sector Bolivariano corregir errores, deficiencias, omisiones, desaciertos que nos impiden avanzar en la construcción de mayores niveles de justicia social e inclusión.

No se trata de la crítica y la autocrítica “per se”, sino de la revisión para generar propuestas que permitan seguir avanzando. Muchos lo interpretamos como un esfuerzo titánico por impulsar una revolución cultural dentro de la revolución. En cualquier caso constituye uno de los más serios esfuerzos por construir una forma de hacer política que se corresponda a la acción en tiempos de cambios.

Por supuesto que se hace necesario descartar la crítica orientada a las pugnas ínter burocráticas, al “quítate tú para ponerme yo” y construir una práctica política en el debate, en el cual lo sustantivo de la crítica se oriente a la resolución de problemas y no a los ataques personales.

No es la primera vez que se habla de la crítica revolucionaria en este proceso. En el 2009 el Centro Internacional Miranda (CIM) adelantó una jornada que denominó “luces y sombras del proceso Bolivariano” en la perspectiva de recrear una cultura de debate dentro de la revolución. Este esfuerzo en el que participaron buena parte de los intelectuales revolucionarios constituye un referente reciente para esos vientos renovadores ampliamente compartidos. Tal vez hoy deberíamos rescatar esos documentos del CIM que de manera temprana alertaron sobre algunas de las problemáticas que debemos abordar en el presente.

Ahora bien, este esfuerzo positivo de revisión impulsado por el Presidente Chávez se hace necesario a partir de nuestra propia historia política. Los partidos políticos modernos venezolanos y muchas de sus derivaciones, tanto de derecha como de izquierda, tienen en su génesis un ADN autoritario propio del momento histórico en el cual surgieron.

La irrupción de los partidos modernos venezolanos que han prefigurado el modelo de militancia y organización partidaria en el país surgen en pleno apogeo de esa tragedia para la humanidad que fue el Stalinismo. En las primeras décadas del siglo XX los debates libertarios y la cultura contestataria de Iskra (La Chispa) no se vivieron en Venezuela, a diferencia de lo que ocurrió con la izquierda en otras sociedades como la argentina, uruguaya, mexicana o brasileña, quienes tienen otros problemas, pero no el de la falta de la cultura del debate.

En nuestro país, el anarquismo desembarca con fuerza en la década de los setenta (en forma estético anarco punk) y la llamada Oposición de Izquierda (expresada en Trotskismo) a finales de los sesenta; lo que no permitió construir una cultura de dirimir y tratar las diferencias mediante debates con argumentos. Cuando los otros relatos socialistas se hacen presentes en Venezuela, ya los partidos modernos eran adultos y tenían epítetos más que argumentos para discutir las otras posiciones. La matriz conceptual y las rutinas partidarias en la década de los sesenta del siglo XX eran ya marcadamente autoritarias.

A pesar de que el socialismo constituye en ese momento, como en el presente, la más hermosa utopía de la humanidad, los partidos modernos venezolanos se construyen en el marco internacional de las purgas stalinistas a sus opositores y los juicios de Moscú. No cuentan en su génesis con los anticuerpos orientados a defender el debate como elemento sustantivo del pensamiento socialista. En buena parte de la izquierda nacional, la discusión abierta y franca para dirimir las diferencias fue subordinada a formas conspirativas, no deliberativas de organización, castrando una parte fundamental de la identidad revolucionaria.

El debate como expresión de la vida política de importantes sectores de izquierda fue sustituido por descalificativos, persecución a la disidencia e incluso el aniquilamiento del diferente. “Oportunista”, “revisionista”, “infiltrado”, “agente del enemigo” eran sólo algunos calificativos que en el auge stalinista sustituyeron a los debates entre revolucionarios.

Este fenómeno fue denunciado y alertado en distintos momentos, entre otros por Moleiro, Maneiro, Kleber Ramírez. Salvo honrosas excepciones partidarias que en algunos momentos hicieron esfuerzos por romper con el ADN implícito en esa matriz, como el MIR, la Causa R (época Maneiro), el MAS (de los setenta), el PRV, el PST y el GAR, históricamente la hegemonía partidaria en el país no ha estado caracterizada por el debate franco y respetuoso de ideas.

Eso explica la andanada de artículos y conferencias que han circulado y se han formulado en distintos espacios, respecto al llamado del Presidente Chávez al impulso de la crítica y autocrítica revolucionaria. Algunos sectores parecen aturdidos ante este llamado de Chávez y han respondido con artículos como “crítica a la crítica”, “autocrítica a la crítica”, “critica a la autocrítica”, “no todo es crítica”, “cuidado con la autocrítica”, “alerta a los autocríticos”. Es un modo de hacer la vieja política que hace aguas y ante la cual Chávez juega un papel estelar, protagónico, pedagógico en su resolución positiva. Ya no tiene utilidad política alguna el adjetivo de “agente imperialista” para despachar a quienes formulen una crítica y por supuesto que eso toca lo cimientos de una forma de entender la política y el socialismo. Libertad en el debate, audacia y argumentos en la crítica, caminos para mejorar en la autocrítica, amor y lealtad en la acción que de ello deriven, constituyen elementos claves en esta tarea.


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Luis Bonilla-Molina

Doctor en Educación. Escritor. Director revista COMUNA: pensamiento critico en la revolución. Presidente del Centro Internacional Miranda (CIM). Presidente de la Sociedad Venezolana de Educación Comparada.

 @Luis_Bonilla_M

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