La ética en la revolución

Desde hace días, lentamente, como saboreando un dulce especial que uno quisiera no acabase, vengo leyendo el libro “El Conde Cattaneo y la querencia de Guayana” escrito magistralmente por el historiador venezolano Horacio Cabrera Sifontes, a quien en el prólogo describen como de “recia extirpe guayanesa”.

El autor ofrece un valioso aporte, sobre la épica del oro y el caucho en la Guayana de comienzos del siglo XX, “Guayana la estratégica y autosuficiente que a despecho de todas las violaciones, conserva virgen su potencial infinito”. Y es una frase que incluso hoy, cien años después, podemos afirmar sin rubor alguno.

Pero centrándonos en el objetivo principal de esta reflexión, e inmersa como me encuentro, al igual que todos los venezolanos, en los avatares de la revolución bolivariana, de sus extraordinarios logros, pero también de sus desaciertos compartidos por muchos, y no sólo dentro del grupo de más de seis millones liderado por la oposición, resaltó en la lectura la ética que imperaba en las fuerzas revolucionarias nacionalistas, representadas por el color rojo, en sus batallas contra los liberales del gobierno de Juan Vicente Gómez, identificados por el color amarillo.

Señala el autor que la principal técnica de esa revolución consistía en no hacerse enemigo de la población ni del comercio. Cuenta además una anécdota de cuando la tropa hambrienta interceptó un cargamento de leche que enviaba el General Zapata hacia El Callao. Al saberlo el Jefe de los revolucionarios, se produjo una severa amonestación a la tropa y, con el hombre detenido, le mandó el importe a Zapata.

Relata además que “el comercio, los hacendados y todo el pueblo apoyaba a los revolucionarios, tanto más cuanto sabían la estricta disciplina de respeto a la propiedad y a las familias que el Movimiento Revolucionario Nacional había impuesto a sus tropas”.

Esta es historia patria, la historia imprescindible para entendernos, para construir nuestro futuro con la experiencia del pasado.

Ahora en este siglo XXI nos toca transitar una nueva revolución, la bolivariana, que nos sacude a los venezolanos como un cataclismo, para bien o para mal, dependiendo de la óptica desde donde se vea.

Entendiendo que las tropas de ahora son el pueblo organizado, a quien se le está dando todo el poder. Un pueblo muy consciente de sus derechos, hacia la igualdad con quienes tienen una vida mejor. Gracias a las políticas del gobierno, a las leyes instrumentadas y, sobre todo, al discurso presidencial, protagonista clave y escuela para esta población.

Se trata de un deseo de igualdad dirigido a la inmediata obtención de resultados, no importando a veces los métodos, casi asimilando, sin conocerla, la filosofía maquiavélica. Sin la paciencia y la madurez que trae la preparación, el entrenamiento, la disciplina constante que lleva al triunfo. Y no siempre con el respeto de los valores morales y principios universales incluidos en nuestra Constitución Bolivariana.

Estamos frente a un pueblo que, en su gran mayoría, pretende con toda razón sus derechos, pero no conoce aún bien sus deberes.

Estas “tropas” bolivarianas aún necesitan jefes, instructores, orientadores, no impositivos, porque al fin y al cabo la igualdad se pretende en todos los niveles.

¿Estará esta faceta también incluida en el proyecto de la revolución cultural? O, ¿se enfoca éste solamente en neutralizar la formación capitalista?

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