¿Revolucionar la revolución?

El triunfo electoral que se obtuvo en la reciente elección presidencial es trascendente simbólicamente, esto es, su significado y sentido está más allá de la inmediatez localista, debido a la relevancia internacional frente a la arremetida neoliberal contra pueblos y naciones para hacer recaer en su desmedro la crisis del capitalismo a nivel planetario. Bastaría, por ejemplo, ver la situación de los países europeos que la atraviesan y sufren (Grecia, España…).

Por ello es que este triunfo del pueblo venezolano amplía las bases de apoyo y sustentación, así como suma fuerzas, de la lucha de los pueblos que enfrentan al capitalismo en su crisis. No obstante esto, la sustentabilidad nacional de esta lucha internacional o planetaria no puede ser desatendida ni subestimada.

De allí que se deba revisar cuidadosamente sin cegarnos por los éxitos alcanzados, las debilidades, los errores y las desviaciones que son ostensibles y que en otros momentos históricos en contextos parecidos, han provocado el retroceso y el fracaso de procesos populares revolucionarios que de este modo han alimentado la contraofensiva de la burguesía y las derechas reaccionarias. Al decir esto, no estamos incurriendo en un ejercicio que a los ojos de los adulantes, oportunistas y arribistas, que se encubren en una verborrea “superchavista”, pudiera concebirse como ataque a la revolución desde el “infantilismo izquierdista” o del “ultraizquierdismo contrarrevolucionario” como descalifican siempre esos sectores entronizados burocráticamente a cualquier ejercicio crítico preocupado por corregir entuertos, desatinos y degeneraciones. Ejercicio genuinamente socialista que se manifiesta en un proceso permanente de revisión y rectificación para el reimpulso revolucionario.

Hoy es más que evidente que hay una crisis política de dirección revolucionaria en el fortalecimiento del poder popular, única garantía para la existencia de la verdadera democracia socialista, es decir, el pueblo no ejerce la conducción de su presente y destino histórico por cuanto hay una espesa capa de grupos burocráticos tanto en las instancias de gobierno nacional, regional y local, como del partido del gobierno y de las organizaciones presuntamente populares, que ha sustituido al pueblo y lo ha limitado en su participación, indignificándolo al subordinarlo pasiva y mendigantemente a sus dictados burocráticos.

No hay que olvidar que la burocracia no es solo un grupo perezoso, indignificador, comisionista y corrupto en las funciones administrativas del Estado, del partido y de las organizaciones sociales, sino una relación de expropiación del poder decisional y contralor del pueblo.

Ante la orientación revolucionaria de gobernar obedeciendo al pueblo como lo ha manifestado el compañero Presidente ¡y lo ha hecho!, la burocracia actúa contrariando este precepto en los distintos niveles que ha asaltado a través de la cooptación, componendas, arreglos entre tendencias o grupos burocráticos u otros meandros. Utiliza, entre otras estrategias, obstaculizar complicando burocráticamente la solución de los problemas para favorecer sus perversas prácticas haciéndose pasar como expertócratas imprescindibles y así sustituir la participación popular en los diagnósticos y planteamiento de soluciones porque la descalifica, obviando que ningún conocimiento popular sobre sus problemas es azaroso, ya que se fundamenta pertinentemente en la vivencial preocupación sistemática y reflexión comunitaria de lo que le acogota como necesidad.

Esto ocurre también a la hora de designar los distintos candidatos para las elecciones de los cargos públicos. Aquí se evidencia la existente contradicción burocracia-pueblo y la de partido-base. No decide el pueblo y su expresión correlativa en las bases populares de los partidos. Distanciando y postergando para no decir anulando, el poder decisional de las masas, imponiéndoles candidatos que no tienen ni arte ni parte en la vida cotidiana y las necesidades convivenciales de éstas.

Todo lo dicho es sumamente grave para el avance estructural y multitudinario de la revolución, ya que mina y socava la sustentación popular del proceso de transformación socialista como se acaba de evidenciar en el “voto castigo” de muchos de sus sectores simpatizantes. Es por ello, que urge tomar medidas preventivas y curativas de este flagelo de envilecimiento burocrático para que el pueblo gobierne efectivamente y los distintos representantes sean expresión orgánica, real y legítima del pueblo que los designa, controla, rota y sustituye.

Como consecuencia de lo anterior, es imprescindible retomar para hacer efectiva la consigna: REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN, cuya tarea central sea la de neutralizar la relación burocrática en todos los planos.

Por ello, hay que lograr estratégica y tácticamente que el pueblo instituya que se gobierne obedeciéndolo. De aquí la impostergabilidad de que todas las instancias (cargos de gestión y conducción del Estado, de los partidos y de las organizaciones sociales) deben ser ejercidas por quienes tengan aval y reconocimiento constante del pueblo porque han actuado en su seno convivencialmente en las distintas comunidades populares. Así mismo, quienes ejerzan estas funciones administrativas de gestión NO DEBEN SEPARARSE DE MANERA PERMANENTE SINO PERIÓDICA DE SU ACTIVISMO POPULAR, que es el fundamento legitimador de la gestión democrática revolucionaria.

¡RECONDUZCAMOS POPULARMENTE EL PROCESO DE TRANSFORMACIÓN REVOLUCIONARIA!

¡CONTRA LA BUROCRACIA: DEMOCRACIA Y CONTRALORÍA POPULAR!


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