A Dios por la Conciencia y el átomo: en búsqueda de la religión única…

Las religiones ¿Opio de los pueblos?

“No hay religión más elevada que el Amor, no hay religión más elevada que la verdad”…   M. Blavatsky

“Más vale velar una hora en la plaza, que toda la noche en el templo”.  Anónimo                        

 “Todo átomo es un trío de materia, energía y conciencia”.   Anónimo                            

No hay la menor duda de que cuando Carlos Marx sostuvo que las religiones eran el “opio de los pueblos”, se estaba refiriendo a las religiones dogmáticas, es decir, aquellas que imponen creencias as sus seguidores.

Mientras sobre la Tierra no exista una sola religión, mientras eso que Es D.I.O.S., como quien dice la Hiperconciencia innominada de la Vida Una, de la Totalidad, no sea adorado en espíritu y en verdad dentro del propio ser que lo siente en su esencia y en todo lo viviente, mientras existan templos de barro con pastores y obejas, la humanidad no habrá desarrollado su conciencia como para irse aproximando, gradualmente a esa hiperconciencia.  Que sepamos, sólo el Buddhismo Zen, consolidado por Hui-Neng en el siglo VI, se aproxima a esa práctica.

Religión significa, etimológicamente, “retornar a la Unidad”… Tratemos de definir, ahora, qué es un dogma y qué es una creencia.  Un dogma es una verdad congelada o una mentira, es decir, algo que representa una verdad impuesta o algo que no es verdad, y fue precisamente San Agustín, quien definió la verdad con claridad absoluta: “Verum est quod est” dejó escrito en Latín, la verdad ES lo que ES, lo cual está en línea con las palabras de Jesús, el Maestro Esenio: “Buscad la verdad y la verdad os hará libres”.  Pero ¿qué es, en esencia, un dogma o verdad congelada? Es una verdad acomodaticia, que dejó de ser dialéctica, es decir, que no refleja la verdadera dinámica de lo real.  Para vivenciar la verdadera religión, la religión única, diríamos, es absolutamente indispensable desarrollar la Conciencia de la Esencia Humana o alma, trascendiendo todos los dogmas y creencias.  Hablemos ahora de eso que la humanidad llama Dios.

Filosóficamente podría sostenerse que la idea de la “existencia” de un DIOS soluciona el problema de la causa infinita.  Hay una anécdota que aclara esto: un niño le pregunta a su padre, “papá, ¿tú también tienes papá y mamá?, a lo que el padre le contesta, “claro, mijo, yo tengo también papá y mamá, son tus abuelitos”… entonces el niño le vuelve  a preguntar, “y ellos, ¿también tienen papá y mamá?”… “sí, ellos también los tienen, son tus tatarabuelos, mijito”, a lo que el niño repregunta, “y ellos, ¿también tienen?”... entonces el padre pierde la paciencia y le responde, “¡ah no, mijo!, si lo que usted quiere saber es si existe Dios, pues sí existe”.  Pero Dios no existe, por eso le hemos puesto comillas a la palabra existencia, porque existencia, en Latín, significa “lo que está ahí”, básicamente la substancia, y Dios ES el SER Absoluto, en cuanto Unidad en la Totalidad, incluyendo la Substancia, la Esencia y la Conciencia de Todo, como quien dice, la realidad en cuanto cocreación de los entes, más Lo Real, lo que ES, de donde se desprende que el concepto de un Dios antropomorfo, personal, y separado del niverso, que está “allá arriba”, representa una aproximación equivocada a Eso que ES y representa verdaderamente D.I.O.S., o el Gran Todo, como se le denomina en el panteísmo, noción introducida por John Toland (1670-1722), filósofo y librepensador inglés.

 Un filósofo místico dijo una vez: “El gran misterio, el misterio de los misterios es la vida”, la Vida Una…   Es interesante observar que en la naturaleza, al menos en la que conocemos, la vida – en cuanto forma y más allá de toda subjetividad – no vale nada, lo cual se puede verificar perfectamente cuando ocurre un terremoto, significando que dentro de ese gigantesco holograma que es el multiverso, no hay, ha sido dicho múltiples veces, sino una sola gran vida siendo vivida en el aquí y ahora de la eternidad.  Esta consideración, aunada a un pensamiento que afirma que “todo átomo es un trío de materia, energía y conciencia”, nos permiten inferir que Pier Taihard de Chardin tenía mucha razón cuando habló de la “Ley de Complejidad-Conciencia” y del “Punto Omega”, lo cual implica todo el proceso de evolución y selección natural hasta que esa conciencia, inicialmente atómica en el ámbito cósmico, logra expresarse a través de un cerebro, para luego expandirse en cada mundo, unificándolo y lo grando su meta, la TOTALIDAD, el “Punto Omega”.

Pero dejemos, por ahora, lo planteado por este extraordinario filósofo y antropólogo, para referir el pensamiento, con respecto a eso que representa Dios, de uno de los cosmólogos más extraordinarios que parió el Siglo XX: Stephen Hawking, afectado por una esclerosis lateral amiotrófica desde los 21 años, y uno de los astrofísicos más famosos del mundo.

Fundamentalmente Hawking tiene razón cuando afirma que Dios no creó el universo, sino que todo, incluyendo el presunto Big Bang, “fue una consecuencia de las leyes naturales”…  Quienes afirman que Dios creó el multiverso, evidentemente lo hacen desde el punto de vista de un Dios personal, diferenciado de ese multiverso, integrado por todos los universos que puedan existir dentro de las  posibles dimensionalidades infinitas que ya la física de vanguardia comienza a vislumbrar.   No olvidemos que la mente humana no está en capacidad de comprender lo infinito ni la eternidad… así que cuando afirmamos que Dios ES el universo, también afirmamos que ES el antiuniverso y el NO-SER: esa potencia infinita y desconocida, esa hiperconciencia que anima desde el átomo hasta el hombre, y quién sabe qué otros órdenes deconocidos de realidad, de vida y de conciencia.  Y si Dios ES el multiverso, entonces no lo creó, y mucho menos de la “nada”, como afirman los dogmáticos que su Dios crea el alma humana, igualmente de la “nada”, en el momento de la concepción: no albergamos la menor duda en el sentido de que esa energía que representa la esencia humana existe por un acto de inmanencia, del Latín “inmanens”, permanencia en el interior, estado de lo que es inmanente, a su vez del Latín “inmanere”, inherente a algún ser o inseparable de él, de acuerdo al pequeño Larousse.   Según los grandes místicos, el alma es consubstancial con su real ser, su “mónada” en palabras de Leibniz y su “Padre” en las de Jesús, partícula divinal individualizada que él diferenció, perfectamente, del Padre de los Padres, desde el título mismo, en la oración cristiana por excelencia: el Padre Nuestro.

Hasta ahí Hawking, por lo menos a nuestro juicio, podría tener razón, pero cuando dice “Dado que existe la Ley de Gravedad, el Universo pudo crearse de la nada”, hablando, luego, de “creación espontánea”, agregando, al final de este enfoque que “no es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el Universo”… ahí, justamente, se le puede hacer una crítica constructiva, porque sus palabras implican esa noción dogmática que nos luce equivocada, en el sentido de un Dios personal y – sobre todo – separado del universo.   Para decirlo de una buena vez: el multiverso es el mismo Dios, y las conciencias individuales que se van desarrollando hasta vislumbrar la Totalidad, no serían otra cosa que fragmentos de la Hiperconciencia que representa Dios, dentro de ese reciclaje extraordinario que la mente no está en capacidad de entender, porque solo puede ser comprendido por la conciencia humana a medida que se expande.   Esa “nada” que refiere Hawking  no existe: sólo ES el Espacio Abstracto Absoluto, la mulaprakriti de la filosofía indostánica, definida como “la materia-raíz fundamental que llenaba el espacio antes de la Creación”, Creación que no es otra cosa que eso que Es D.I.O.S. pero manifestado.

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