El fascismo solo será derrotado por las mayorías

Un día me abordó una hermana “¿Tamiro, que es 'ser fascista'?” Me he conmocionado con la pregunta provenida de la manita “Iaiá”, a quien estimo mucho, y me paré a pensar para articularle mi contestación a aquella cuestión asaz importante para mí que no esperaba su indagación en ese nivel de inquietud. Para el que vive en Brasil (casi se pasa lo mismo en otras partes del mundo donde es grande la injusticia social) la ausencia de una autocrítica es una de las más grandes ausencias forjadas por años y años de dominio colonial (ahora con la funcionalidad de los “medios”), en el sentido más fondo de la palabra: la gente se siente “insensibilizada”, indiferente, por los poderosos instrumentos de (des)información que se vinieron actualizando muchísimo últimamente, con sus aparatosos y magistral instrumentos manipulativos; la presencia arrogante de los canales de televisión impide, sino masacra represivamente toda intención de autocrítica que venga a articularse entre los brasileros; por el contrario, más les es infundida la “autocomplacencia” -aunque sean ellos, los brasileros, hombres provenidos de una sociedad de esclavos -de un esclavismo muy común a otros pueblos, provenidos todos de esa “herencia griega” transferida a la práctica esclavista de las haciendas o de las “escolásticas” vigentes ya antes del colonialismo portugués, pero también después, hasta hoy día exacerbada; una “arrogancia externa” a la gente habitante de este país (que alguien jocosamente denominó de “complejo de perro”=“patiperro” o “vira-lata” en Brasil), restando en picadillo los intentos en rebatir su influencia en las ciudades o barrios enteros poblados de “adheridos”, unos fáciles a la recién ola de urbanismo provocado por “agencias” propias que actúan con objetivo de expulsar de la vida campesina a multitudes de gente recién venida del campo, sobre todo para dar forma a amontonado de gente en las ciudades que se disputan por las estadísticas en la búsquela por saber “quién es más grande que quien” ( São Paulo versus Rio; Belo Horizonte versus Porto Alegre; Salvador versus Fortaleza; todos sobrepasantes de las “cifras de los millones”), y donde la gente “eufórica” se imagina modernizada con la nueva vida urbana exhibida: sin embargo, sin pasado, expulsada que realmente es del campo. El monopolio de los medios de difusión pro-yanquis nunca, jamás es cuestionado y todas los “competidores” de la televisión sólo compiten con (contra) el pueblo -articulando entre sí los mismos papeles-, mientras sigue el pueblo sufriendo en su resignación y jerarquizado por “arreglos ciudadanos” que le han sido impuestos. Allí se configuran sobrepuestos los “barrios negros”, “favelas de baianos”, mezclados otros de “blancos amulatados”, “cearenses”, “alagoanos” sin “dinero” o “plata”, al lado de unos pocos barrios blancos “chics” de dueños de ex esclavos los cuales van a conformar y asumir los espacios más nobles da las ciudades, conformando la misma reproducción de la “casa grande” en contra de la “senzala” en el nuevo sitio.

Casi es por automatismo el esfuerzo en reconocer o visualizar, sin embargo, otra transversal, además de la superficial “división de trabajo” en que realmente se divide el brasilero, dividido entre los dos enjugados sexos “funcionales”: por parte de las mujeres, que después de sus “tareas del lar” (o de trabajar en casa ajena: una nueva “casa grande”), van a “descansar” -plato mínimo en las manos-  mirando las novelas  en sus “tramos de amor comercial” (diversos son los horarios de las novelas esparcidos cubriendo descentralizadamente a todo el país desde los años 70), de manera a no permite al brasilero, cansado de un provisional trabajo, a respirar al menos un poquito con un mínimo de crítica. La vida -a pesar de vivirse en la mediana ciudad- ya estuve mejor por los años 50, 60 cuando todavía las ciudades no eran el rumbo final (punto final), la dirección acabada a ser trazada por “agenciados” específicos (moneda, escuelas, colectores de impuestos, etcétera) -aunque siempre hubo una “conspiración” por la posesión de la tierra desde adentro, y también, sobre todo, desde afuera del país. (Andre Gunder Frank, en su Capitalismo y subdesarrollo en América latina, de los años 60, relata que “antes los africanos tenían la tierra y ellos (europeos) tenían la Biblia; hoy, el africano tiene la Biblia e nos europeos tienen la tierra”, también en sus Comentarios Reales, Inca Garcilaso de la Vega demostraba la antigua trampa del español contra los ingenuos indígenas o mismo un visitador brasilero, de nos años 1933-34, como fue el francés Claude Lévi-Strauss en sus Tristes Trópicos.)

La renta de la tierra -en el sentido de “renta absoluta”-, fue la grande ambición que cautivó las mientes externas (también internas) en su busca por adquisición de tierras, causando con ello y dando fuga a una masa de gente que se ve expulsada, permitiendo a esos griegos, de las nuevas eras, de instalarse aquí en la “zona rural”, en el campo, con sus “empresas rurales” o latifundios; es decir, buscando la “potencialidad” que ella, la tierra (la “tierra” brinda con la “renta de la tierra”), provee al invasor latifundista (actual dueño o empresario arrendatario) atrayendo gananciosamente a esos: de allí que se formaron las circunstancias favorables, por ejemplo, de 1964 y advino el “golpe militar” con el apoyo “interno”, sin embargo, con la pulsión de los “externos” (capitales externos).

Se puede deducir que el fascismo se encuentra hoy día en su estado “difuso” -como dijo un sociólogo brasilero-, muy presente y vecino o a la piel de todos: el opuesto de cuando se tomaba a ello como un fenómeno “centralizado”, como lo que ha causado la denominada “segunda guerra mundial” en las figuras de Hitler y Mussolini -a la testa de un partido como ocurrido en Alemania hitleriana o Italia musolínica, respectivamente. Es decir que frente a ese supuesto hay una predisposición en las personas de una apertura a la “adopción al fascismo”, como forma de “convivencia natural”, capitalista, imperialista y ciudadano-rural mediática.

Cuando mi hermana me abrió para la cuestión, busqué sondearme en lo inédito ¡porqué no esperaba que desde ella procediera tal pregunta! y explicar a ella un poco de la excepcionalidad de nuestro país:…y como ha sido difícil todo ello…Pero, le dice yo: “¡Manita, estamos involucrados entre los ‘fascistas’ todos los días”. Explicaba a ella que los fascistas son la gente viviendo como si fuera “natural” en sus casas o apartamentos; y de ello, se presentan como “normales”, pero en definitivo ¡no lo son! Te dan respuestas de los más diversos tipos sobre el asunto -no importa- pues lo que aceptan es lo que combina y esté en acuerdo con ellos en sus respuestas (que alias no son propiamente de ellos). Si usted les contraría, les hace oposición a su disposición de legalidad permitida, aunque sea de nivel verbal, usted está fuera de la participación con ellos en la jornada. Brasil vive esa artificialidad donde usted “vive” y “muere” en la normalidad artificial, pero que está “puesta” (impuesta). Por ejemplo, por su frente, desfila un “supermercado” o “shopping” para acompañar en su vida; hay también una “iglesia” para confortar a usted en la desesperanza de la ciudad desde donde usted sólo declina sin esperanza; una “funeraria” (“casa de difunto”) con sus “planos de muerte” para cuando ésa se realice. La indiferenciación o frialdad es una realidad tan constante que amedrenta al “buen samaritano bíblico” con su parábola narrada.

Todo está listo. El orden está dada: las escuelas, la universidad, las iglesias, el “servicio de protección del crédito” (“esepecé”), los “cajas del supermercado” (son ellos los nuevos delegados de la policía), todos están “dentro del orden”; son como “legalidades” en contra de los cuales -así los quieren hacer parecer- no es posible acto de reluctancia cualquiera, de ningún tipo: son dados de una realidad desnuda. Usted no pasa de “carne molida” o de una pieza del engranaje del sistema capitalista, además de comandado desde afuera por un centro hegemónico imperial. ¡Claro que no es el caso de ser sólo el Brasil! Todos los “capitalismos dependientes” (también el central del capitalismo) están bajo esa hegemonía del “anonimato”, como dice André Gorz en uno de sus libros, donde, según el cual el “poder sindical no es el poder obrero, como el poder del Parlamento no es el poder del pueblo soberana” -pero era y es capitalista. Sumado ello está además la definición usada por Leandro Konder, combativo pensador brasilero, en su libro Introdução ao Fascismo, quien, más o menos, describía el fascismo como un sitio arriba de la gente: “el fascismo es una disposición en algunos como de no querer acabar con la ‘lucha de clases’, es decir, es necesario mantener a ésa, puesto que ella (la lucha de clases) mantiene en su sitio a los hombres: los “de arriba” y los “de abajo”. Al contrario, lo que desean los “románticos comunistas” (así tratan de ver a los socialistas) es “de soñar con el fin de la ‘lucha de clases’, con la propuesta de una sociedad sin clases”. De ese modo, se arregla o se organiza el “modelo” fascista; el fascismo, no más “concentrado” como antes en la historia, reacciona con indiferencia y frialdad con el otro. 

Y ello se pase, más o menos, como está muy presente y realmente “difuso”: cuando usted mira a la gente lo que ve usted como estampado en sus rostros es la “gana impensada” y permanente de lanzarse sobre el otro pues el orden es la de “subir en la vida: no importa cómo”. La saña de tener más (“siempre más”), le cría un vicio (nuestra idea de la “dependencia n”, o sea, hay que ser para todo dependiente de no se poder más parar); usted no se complace con lo que tiene, antes “insatisfecho” con lo que se tiene (la deshumana “teoría del marginalismo” económico de los actuales “neoliberales”). De esa madera, usted va de un empleo a otro porqué usted, con ello, gana más; me cambio de curso porque me posiciono mejor y voy a ganar más; me voy a adquirir otro carro porque, con ello, ganaré más poder, prestigio, dinero (y no corro el riesgo de ser desalojado de mi posición). Me recuerdo de los actuales cursos: usted nunca los termina: habrá siempre más cursos que hacer: la cadena del saber parece “infinita”, pues, según dicen ellos , son “inagotables las opciones por el saber”: -en la verdad, no es nada de ello lo que sucede: hay un “despilfarrador interno” que “provocan en nosotros por esas redes deformativas; y lado a lado con ellos, están los “agentes” que se ameritan “desdobladamente” a favor de la “gran mentira” que se denomina “mundo occidental” con su sistema capitalista, imperialista que nos convoca a su trampa de consumismo y de reforzar su mercado.

¡Gracias hermana Rosângela (“Iaiá”) por forzarme a pensar!

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