Otro manifiesto comunista

La figura del proletariado revolucionario tuvo su época desde el siglo XVIII hasta los primeros años del siglo XXI, con la llegada de las revoluciones pacificas la rebeldía armada caduco, hasta hoy me pregunto si fue para mejor o para peor, porque, el proletariado, sorprendiéndose a sí mismo de su propio programa de actividad socialista extingue la parte revolucionaria relacionada con la radicalidad reemplazandola por otra reformista, necesaria para este tipo de revolución electoral que, entrega algo de realismo revolucionario al ejecutivo.

El radicalismo del manifiesto comunista dice, cerrar una historia para comenzar otra; es posible que en el siglo XIX el manifiesto haya sido exagerado para la época, la Iglesia católica no lo vio así, es una de las pocas instituciones que desde el principio tomo en serio la teoría de Marx y Engels, pues, no quería recibir otro golpe como el de la teoría de la evolución de Charles Darwin del que nunca se recupero, el manifiesto despertó las alarmas en el Vaticano, que siempre ha estado en el ocaso cada 100 años cuando una época mira su intervención en los asuntos sociales como una acción inútil, sin influencia positiva para superar el caos publico capaz de cambiar los acontecimientos reales que afectan a la gente por su escenificación aburrida y hasta repugnante respecto a la moral social.

Mucho tiene que ver la Iglesia para que el comunismo suene hoy como algo lejano, de ninguna manera significa que sea un adiós, puede significar una apertura para otro manifiesto que es deseable, posible, hasta urgente por los cambios con efectos reales para que el socialismo, el eterno primer paso del comunismo, no siga siendo una contribución más al desastre por no ser radical en sus procesos revolucionarios, procesos a veces con orden pero sin profundidad otras con profundidad social pero no en la economía política.

En estos tiempos la sujetidad se ha dispersado en muchas metamorfosis tan engañosas para los procesos revolucionarios convertidos a sí mismo en un contrapoder reacio a convertirse en el poder del pueblo cuya influencia colectiva, comunitaria, sería un segundo laboratorio comunal que podría cuajar ayudándose con la tecnología comunicacional que no existía en el tiempo de la Bastilla; no se entiende la magnitud de la resistencia que impide la cristalización revolucionaria por el sujeto cultural de la política de izquierda trabajando anónimamente en contra de la transición socialista.

En una actividad socialista la parte revolucionaria acepta el reformismo que rechaza la radicalidad que descubría como necesaria en el camino, pero, la actividad reformadora se acopla con el realismo político descubierto al andar, así, a medida que avanzaba el proceso el proletariado descubría que la revolución en la que está inmerso es de un nivel somnoliento, aletargado por la demagogia más profunda que la radicalidad capaz de resolver los problemas sociales elementales como los de la propiedad, medios de producción, comercio y valor de los productos, educación y cultura, distintivos del manifiesto comunista a lo largo de su crítica de la economía política, cuestión de transformación exige llevar los asuntos de la propiedad hasta el punto que se convierten en una cuestión de enajenación.

Los ademanes soberanos engañan porque las estructuras públicas, un escenario ya existente, que solo hay que refuncionalizar para darle sentido al socialismo, funcionan con su tradicional impostura e impotencia ¿Cómo pueden ser recintos del poder popular? Si, ni siquiera son momentos de construcción de la comunidad natural, política, civil, no solo militar, para que sirva con eficacia no solo con eficiencia, y esto es lo primero que debe ser despertado desde la cultura.

Una economía marcada por el capitalismo en su estructura tecnológica y humana, la revolución no puede solo nacionalizar sin contar con una industria capaz de crear e innovar para mejorar lo que se apropia, porque, el empuje o inercia del capitalismo continúa hablando e imponiendo su mensaje con la complicidad ideológica del gobierno que no se da cuenta que, no solo hay un mundo mejor que ganar sino un mundo cultural por reconstruir primero.

La aceptación militante de un hecho innegable de la lucha de clases con todo lo que aglutina desigualdad, inequidad, egoísmo, sectarismo, para transformarla en igualdad de oportunidades en salud, educación, vivienda, trabajo, no pasa de la primera etapa porque la cultura política del gobierno también se estanca dispersando los significativos revolucionarios en los momentos esenciales para doblegar la resistencia del capital, intraducible del significado de cada una de esas resistencias.

Negativo el sentido porque explica que el proceso no empuja un movimiento colectivo de un 70% capaz de enfrentar al capitalismo local y a la cultura utópica del gobierno o gobiernos de izquierda. La indefinición del gobierno confunde al pueblo con un no poder social o un poder otorgado de otro tipo respecto al poder popular al que combate con sus vicios de liderazgos demostrado en tantos intentos, defenestrando a los que empiezan a surgir para convertirlos en fantasmas porque amenazan con llegar a la aceptación popular sin disputarles el liderazgo; nefasto para consolidar el socialismo como lo vemos hoy.

En ese marco la lejanía del manifiesto comunista es extremadamente clara, ya no está allí ni tiene un borrador capaz de mejorarlo para sustituirlo; el socialismo que lo transformaba como proletariado armado y los pacifistas de hoy, no tenemos oído para esa voz capaz de hablar con claridad el verdadero mensaje del manifiesto comunista.

Raúl Crespo.
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