Es evidente que todo proceso revolucionario lleva como contrapartida la contrarrevolución que lo acompaña como su sombra hasta la total estabilización o desviación de la misma. En el seno de las revoluciones surgen presiones y conflictos para tratar de desvirtuar y frenar el proceso de transformación y cambio que se origina como consecuencia de la acción revolucionaria. No existe por dialéctico que sea un programa revolucionario previo cuyo cumplimiento resulte inevitable.
No es fácil desmontar las estructuras de la vieja sociedad, resultando difícil la construcción de las nuevas edificaciones revolucionarias sobre la vieja realidad, si tomamos en consideración que los cambios producidos por las acción revolucionaria están enmarcados dentro de una realidad no violenta (caso Revolución Bolivariana), significando esto no solo desechar las innumerables adherencias deformantes que en el camino se pueden vincular a la llamada construcción, sino que se debe orientar la actividad de los nuevos poderes de la sociedad toda para evitar errores e impedir que el proceso revolucionario degenere en un sistema inviable donde una nueva capa privilegiada monopolice lo mejor del cambio y no admita disidencias ni opiniones de ningún género.
Ante este panorama, los revolucionarios debemos estar convencidos que el mundo de los acontecimientos deberá estar montado sobre la base de una acción colectiva de carácter popular donde lo social, supere lo individual para así forjar la personalidad del compromiso revolucionario de los constructores de la historia, y hacer posible la edificación de una ruta sin muchos obstáculos que ilumine el éxito, no que lo oculte y lo disfrace, esto es vital para el logro de una transición revolucionaria lo menos traumática posible.
Hay suficientes ejemplos históricos que lo explican con claridad. Los revolucionarios franceses de 1789, se auto concebían poseedores de las concepciones propias de los antiguos republicanos, y eso generaba que disfrazaran sus papeles como representantes de la burguesía; de igual manera los revolucionarios ingleses de 1649 se consideraban los servidores del Dios del antiguo testamento, encubriendo igualmente su papel social. El mimetismo pseudo revolucionario se encargará de ir desviando la ruta de los acontecimientos revolucionarios e irá posesionando un liderazgo que no tiene ningún compromiso ideológico con la Revolución.
En el avance revolucionario la adquisición de la conciencia para liderar la construcción de la Sociedad Socialista con la menor posibilidad de errores y traumas, debe ser esencial la convicción y el compromiso. Hay que tener bien precisadas las coordenadas del ejercicio del poder, pero sobre todo muy claras las ideas para ejercerlo conjuntamente con el pueblo. Si los revolucionarios no actúan de esta manera la Teoría Revolucionaria que se pretende establecer como hegemonía social no pasará de ser un conjunto más de síntomas, pero con el agravante de ser enmascarados por un diagnóstico revolucionario falso.
¿Qué hacer para corregir las fallas y desviaciones que nos pudieran llevar al fracaso? Debemos adquirir conocimientos y experiencia de la realidad política, de las luchas que se libran en el seno de la sociedad, impulsar la acción activa de las nuevas estructuras sociales, evaluar críticamente los avances y retrocesos de la Revolución con la convicción de que nos asiste la razón política y a la vez ensayar y redimensionar la nueva gestión revolucionaria.
Cuando en una Revolución no existe articulación entre el discurso y la praxis revolucionaria irremediablemente se marcha hacia la fatalidad del fracaso y de la derrota. Si la inteligencia revolucionaria no presta su cooperación liberadora contra los fundamentos contrarrevolucionarios estaremos condenando a todos los agentes de la Revolución a la degradación humana y a la ruina moral; los estaríamos pasando por las horcas caudinas por obra de las malas artes y de las desviaciones políticas; y al mismo tiempo, sometiéndolos al privilegio de la “limosna caritativa” de los empleos, sinecuras y favoritismos de los que ahora ostentan el papel de Nueva Burguesía, quienes en forma constante impiden que la Revolución se haga consciencia.
Es nuestro empeño que la Teoría Revolucionaria sea elaborada y comprendida por las mayorías; pero también es un deber impostergable hacer que los principios revolucionarios se impongan contundentemente para que diluyan la rutina del pensamiento contrarrevolucionario anterior, porque de no hacerse la contrarrevolución reestablecerá el viejo orden contra el cual se rebeló el pueblo mayoritario. Por eso en tiempo de Revolución es necesario dejar a un lado las paradojas y darle el verdadero sentido a las palabras de la acción revolucionaria.
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