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Caracas, May 20. ABN (Igor Torrico).- Uno de los criterios más usados por los ejecutivos petroleros y por el grupo de empleados que se sumaron a los paros de abril y diciembre de 2002, fue que PDVSA era la empresa mejor administrada del país, con rendimientos que estaban a la altura de trasnacionales como ExxonMobil, ChevronTexaco y Shell, entre otras.
Sin embargo, en una serie de artículos de análisis, escritos antes del paro de abril de 2002, el ex ministro de Finanzas, Tobías Nóbrega, quien para la fecha no tenía ningún puesto gubernamental, desmontó un conjunto de supuestos sobre la eficiencia de la petrolera estatal. He aquí algunas de sus conclusiones más importantes.
Para el período 1998-2000, PDVSA generó 37,3 millardos de dólares (unos 80 billones de bolívares) en ingresos anuales, poseía un activo anual calculado en 52 millardos de dólares (unos 111 billones de bolívares) y una plantilla de 48 mil empleados.
Es decir, cada dólar de activo generó 0,72 centavos de dólar de ingreso (72%) y cada empleado generó 777 mil dólares (1,67 millardos de bolívares) al año.
Si se establece una comparación, en Exxon Mobil cada dólar de activo rindió 1,33 dólares (133,5%), casi el doble que PDVSA; y cada uno de sus 106 mil empleados generó en promedio un ingreso per capita de 1,9 millones de dólares (ó 4 millardos de bolívares), es decir, 2,4 veces más (244%) que un trabajador de la empresa nacional.
El promedio de estas cuatro corporaciones (Exxon Mobil, Shell, Texaco y BP Amoco), para ese momento, fue de 1,69 millardos de dólares por empleado (cerca de 3 billones de bolívares) y una relación de ingresos sobre activos de 133,3%, rubro en el que Texaco obtuvo el menor valor con 109%.
En suma, la masa de empleados y de activos de PDVSA para 2001, rendía apenas 50% del promedio de las grandes corporaciones petroleras.
Incluso, si se añade entre 800 millones y un millardo de dólares, que representaba el subsidio a la gasolina, la cuenta apenas se colocaría en 20.800 dólares por empleado, lo que coloca la ineficiencia en 45%, cifra que no deja de ser importante.
En definitiva, apunta Nóbrega, la PDVSA autodenominada meritocrática llega casi sin modificaciones sustanciales de personal al paro de 2002, lo que hace suponer que le sobraba gente o el dinero no se estaba manejando bien.
En lo que se refiere a los costos de operación, entre 1998 y 2000, los de PDVSA promediaban 8,70 millardos de dólares (18 billones de bolívares) por año, con una tasa media de crecimiento interanual de 12% (contra 7% de las cuatro grandes), lo que resultaba en una proporción de 23% en relación con los ingresos totales por año.
Este indicador de costos sobre ingresos variaba entre 5% y 9% para ExxonMobil, Shell, BPAmoco y ChevronTexaco. Es decir, la parte de los ingresos destinados a cubrir costos de operación era 3,5 veces mayor en Pdvsa respecto de estos competidores, lo que significó que se gastaba más dinero para llevar adelante las operaciones.
El promedio de las cuatro corporaciones extranjeras era, a comienzos de 2000, de 113.154 dólares de costo operativo per cápita por año (38% menos que en la PDVSA de esos años).
En definitiva, no sólo la masa de empleados de nuestra petrolera rendía la mitad en ingresos, también costaba 60% más que en entre los grandes competidores.
Eso significó que, además de un problema de rentabilidad de recursos, había en la vieja Pdvsa una importante brecha que cubrir en materia de eficiencia de costos, afirma el economista.
Cada vez PDVSA pagaba menos
Nóbrega explica en sus artículos que la relación entre el aporte fiscal petrolero y las exportaciones petroleras de PDVSA, es decir, la proporción del barril que se da al Fisco Nacional, estuvo, en promedio, muy por debajo de los demás miembros de la Opep entre 1989 y 1999.
Esto demuestra que la presión fiscal sobre las exportaciones del sector petrolero venía disminuyendo en términos relativos y era de las más bajas en economías petroleras comparables.
En promedio fue 65% de 1989 a 1993; 49% entre 1994 y 1998; y 47% en el período 1999-2001. El promedio se ubicó en 52%, muy por debajo del indicador de 70% que exhibían los miembros de la Opep.
Señala el ex ministro, por otro lado, que desde la industria petrolera en los años 90 se habían impulsado reformas tributarias en perjuicio de las finanzas públicas venezolanas.
Por lo anterior, a pesar de que la tasa nominal del Impuesto Sobre la Renta de PDVSA era de 67,7% en el 2000, la realidad es que la tasa efectiva en el país era mucho menor.
De acuerdo con la última información disponible para ese mismo año, el aporte fue de 37,6%. La mayor parte de esa diferencia, cerca de 60%, fue justificada con el ajuste fiscal por inflación y el efecto de la conversión en dólares.
Así se observa que, en 1991, la participación fiscal era equivalente a 16% del Producto Interno Bruto (PIB) que cayó a lo largo de la década hasta 5% en 1998, para luego recuperarse entre 1999-01 hasta colocarse en 8,5% del PIB en promedio; dicha participación fiscal incluye los recursos correspondientes a dividendos, regalías e Impuesto Sobre la Renta.
Es difícil, entonces, demostrar que la empresa había sido sometida a un feroz ataque fiscal, como sostienen los opositores al gobierno.
Grandes empresas como ExxonMobil y Shell están sometidas a una elevada presión tributaria, y reportan pagos de impuestos por explotación, ventas, impuesto sobre la renta y otros que llegaban, en 2001, a 31% de los ingresos brutos, en tanto que ese indicador para Pdvsa, en la misma fecha, se ubicaba en 18% en los resultados consolidados de todas las filiales y subsidiarias.
No obstante, las trasnacionales reflejaban en sus balances beneficios sobre patrimonio de 25%, contra 20% de la Pdvsa que fue al paro en diciembre de 2002.
En otras palabras, mientras la vieja PDVSA apenas pagaba impuestos de 58% de lo que cancelaban las otras grandes trasnacionales, lo que implica que le debía quedar más dinero, ganaba 20% menos de lo que lograban aquellas.
Ineficiencia en costos
En la vieja PDVSA, explica Nóbrega, los costos netos sobre ingresos totales pasaban de 28% a 75%, es decir, en una década, la industria petrolera estadal pasó de aplicar menos de un tercio de su ingreso para cubrir costos a dedicar tres cuartas partes de sus entradas al pago de gastos.
Hay un salto hasta 52% durante 1994-97 que se acentuó, a partir de 1998, cuando arribó a 74% y se mantuvo en 65% de promedio hasta 2001.
De esta manera, cada vez más, la petrolera ganaba menos y no porque el Gobierno Nacional le pidiera más, sino porque gastaba mucho más, apunta el ex ministro de Finanzas.
Una de las teorías usadas para explicar los altos costos de la vieja PDVSA era que la empresa invirtió en una capacidad instalada que aún no se había empleado al máximo, debido a que las cuotas de la Opep no permitían al país producir más barriles de lo que era capaz.
Por tanto, eso explicaría en números brutos el bajo rendimiento del dinero por cada barril extraído. Sin embargo, era lógico esperar que cuando aumentara la producción bajara el costo por barril. Pero eso no fue así.
Los costos unitarios de producción en PDVSA crecieron también en los períodos de expansión de la producción. Esto quiere decir, señala Nóbrega, que la lógica financiera dice que si en un negocio como el petrolero se produce más, los costos deberían mantenerse iguales o disminuir, pero las cifras de la empresa estatal iban en contra de esa lógica.
Así ocurrió entre 1996 y 2000: cada vez que subió la producción total de petróleo crudo, gas licuado de de petróleo (GLP) y gas natural, que es la base de cálculo del costo por barril, también se incrementó el costo unitario de producción y, en 1999, único año en que bajó (-1,1%), la producción descendió 9%.
Es decir, costó menos producir un barril pero la producción no aumentaba sino que más bien caía. Por ello, se preguntaba el ex ministro de finanzas en los artículos de marras: "¿Quién garantizaba que, ante futuros aumentos de la producción, no siguieran creciendo los costos unitarios como en el pasado reciente?".
Finalmente, para Nóbrega queda claro, a través de las cifras, que la vieja PDVSA no era tan eficiente como decía ser. Se imponía, más bien, una discusión a fondo sobre la meritocracia y la supuesta excelencia de la petrolera nacional, criterios básicos que sostenían los gerentes de la empresa y que, además, emplearían como excusas éticas para iniciar los paros de abril y diciembre de 2002.
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