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    Educación y Movimiento Estudiantil
El rol de la academia en la conformación de la patria grande
Política y politiquería en el sector universitario
Por: Lilia M. Ramírez Lasso
Fecha de publicación: 21/11/09
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Tal y como le ha ocurrido a un importante sector de la población venezolana, y particularmente a buen número de los jóvenes de nuestra nación, hasta bien conformado el proyecto de Socialismo del Siglo XXI -impulsado por nuestro comandante presidente Hugo Chávez Frías- no fui nunca una militante política activa. No hice parte de ningún movimiento político estudiantil durante mis estudios de pregrado, aunque manifesté algunas vez mi simpatía con algunos de ellos; más ingenuamente guiada por amistades particulares, que por un criterio propio acerca de la realidad política estudiantil de la Universidad de Los Andes – una universidad con una ciudad por dentro, donde por cierto la política interna interactúa, en todos los gremios, de una forma bastante evidente con la política local y nacional-. La verdad es que más bien enfoqué la mayor parte de mi tiempo y esfuerzos en esos años a mis actividades académicas, tal y como siempre he creído debe ser la prioridad de cualquier estudiante.

Al igual que muchos jóvenes, y otros no tanto, fue a partir del fenómeno de la Revolución Bolivariana, los hechos de abril del 2002, y en mayor medida, del paro petrolero golpista –en medio del cual recibí con sentimientos encontrados mi título de Licenciada en Idiomas Modernos- que definí claramente que si esa era la manera de hacer política que concebía la derecha, yo definitivamente debía ser de la otra orilla de ese río de gente que marchaba de un lado a otro. Ahí fue que entendí la importancia de no pecar de ingenua, en un país en el que la clase media había sido eficazmente manipulada por un grupo de gente chévere, preñados de buenas intenciones, que pretendían hacernos creer que para tener un país bonito, como sacado de vitrina del Sambil, la manera más sencilla era eliminar lo feo, lo tuqui, lo del barrio, lo que no oliera a victoria’s secrets, no tuviera glitter y no sonara en Mtv. A la par de ese despertar, vino entonces la sensibilización social y el reencuentro con eso que nos hace humanos, con la verdadera esencia revolucionaria: el amor por el prójimo.

Empecé a comprender así que la política debe ser en realidad una herramienta para conseguir la mayor suma de felicidad posible para el colectivo. Y de ahí la importancia de asumir el rol protagónico de todos y cada uno de los individuos en la conformación de un sistema político al servicio del bienestar social; a diferencia de aquellos que entienden la política como un medio de control para poner la sociedad al servicio de la producción y el consumo, y la satisfacción de los egos de unos pocos que entienden las reglas del juego.

Ahora bien, actualmente, como profesora universitaria de la UNESUR, concibo la política como un rol irrenunciable del individuo, y por ende entiendo que ella tiene un papel preponderante en la realidad de las universidades, como espacios de discusión, puntos de convergencia de criterios divergentes, en los que precisamente estamos llamados a ofrecer soluciones a una serie de necesidades tangibles de nuestras sociedades, en función de ese compartir y debatir de ideas y visiones. Las universidades deben ser verdaderos espacios de sensibilización política, a través de una praxis académica orientada a contribuir a la conformación de la patria grande que todos queremos, y que cada vez vemos más factible.

Creo que asumir nuestro rol político dentro de las universidades implica ser conscientes de la profunda responsabilidad social que ello involucra, y debe estar necesariamente precedido por una madurez del individuo respecto a esa responsabilidad, especialmente cuando se comparten roles dentro de una misma institución. El gobierno universitario -autoridades rectorales- está conformado normalmente por profesores universitarios, pues la naturaleza misma de nuestra función nos obliga a anteponer la academia por encima de cualquier otro interés, con pertinencia y sensibilidad social; por ello las políticas universitarias de inclusión y municipalización, que buscan garantizar el derecho a la educación con equidad y respeto por el individuo. Sin embargo, esto hace que los profesores que cumplen con ese rol fundamental dentro de la sociedad estén llamados a ser particularmente conscientes de la importancia de identificar sus diversos roles; en principio, como gobierno, que debe velar por la consecución del bienestar de la nación y la comunidad universitaria; luego, como actores gremiales, que encarnan la figura de patrono, garante siempre de los intereses de la institución, pues ella es el recinto al servicio de la sociedad; y además, como actores políticos, pues ya sea que los elija una mayoría de la comunidad universitaria, o los designe el Ministerio del poder popular para la Educación Universitaria –como ocurre en la UNESUR, por ejemplo- su rol circunstancial de autoridades es producto de una conjunción de factores políticos internos y externos, y por ello son la imagen pública de un determinado sector político y a él deben también responder con sus actuaciones.

No obstante, más allá de las investiduras: gubernamental, gremial, o política, es la investidura académica -la que en algún momento nos motivó a todos a ser profesores y a atravesar por un proceso de calificación para ello- la que nunca se debe abandonar en el ejercicio de los demás roles. Somos todos profesores todo el tiempo. Algunos serán autoridades en algún momento, otros ocuparán alguna función operativa, administrativa, o gerencial, otros serán representantes gremiales, pero todos seguiremos siendo profesores –docentes, investigadores y extensionistas-. Y ese es el rol que nos debe llevar a comprometernos, ya en un plano político, a ser buenos profesores, pues de ello dependerá la pertinencia y competencia de los futuros constructores de la sociedad.

Creo que entender la política de otra manera, apostando a la división de la comunidad universitaria, al enfrentamiento violento, al descrédito, al egoísmo, y a la búsqueda de la satisfacción de los antojos de unos pocos, mediante la manipulación y el engaño mediático, es mera politiquería. De ello, lamentablemente, abundan muestras en nuestras universidades. Y más tristemente, ese es el factor que ha ayudado, en muchos casos, a socavar el verdadero compromiso social de nuestras instituciones y de su aporte a la formación del hombre nuevo: el motor primigenio de cambio revolucionario, socialista de criterio, convicción y corazón, y no de etiqueta, afianzado en un sentido crítico y una consciencia histórica de su realidad. Este es el perfil de los egresados que creo debemos comprometernos todos a formar en nuestras universidades venezolanas.

Lamentablemente, mientras permitamos que la politiquería crezca como maleza dentro de nuestros campus universitarios, el verdadero aporte político, que en ellas estamos llamados a dar, se verá empañado por mediocres espectáculos de batallas entre grupúsculos académicos o políticos, en función de obtener cuotas de poder que les permita asirse y perpetuarse en uno u otro cargo.


liliamarga@gmail.com
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Lilia M. Ramírez Lasso


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