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Venezuela vive la peor época de descomposición moral y social de toda su historia.
Cuarenta años de desorden, corrupción y la política “educativa” de la democracia adeco-copeyana, dirigida a mantener el pueblo ignorante para poder manipularlo a conveniencia, acabaron con las virtudes, valores morales y buenas costumbres de los venezolanos. Aquí se perdieron la lealtad, solidaridad, consideración, honestidad, el respeto por todo, en particular las normas y las leyes; y por todos: hombres, mujeres (madres), niños, ancianos, etc. Y ni hablar de la caballerosidad y la amabilidad. El venezolano cambió sus buenas maneras por la viveza, el abuso, la desconsideración, el irrespeto y la deshonestidad. Este cambio fue el producto de la ignorancia, el mal ejemplo de la dirigencia corrupta, la impunidad y la “transestupidización” mediática, entre otros factores.
El venezolano de hoy cree en los derechos humanos, pero solo en los suyos. Exige el respeto a sus derechos pero pisotea alegremente los de sus semejantes y cuando se les reclama y se les exige que respondan por sus actos, esgrimen sus derechos como licencia para abusar y delinquir. Todo venezolano se siente una excepción ante el cumplimiento de la ley y se argumentan las más estúpidas razones para justificar su derecho a no cumplirla. Cualquier cosa, como el ser policía o soldado, empleado público de cualquier nivel, el ser pobre o doctor adinerado, el ser joven o el ser viejo, el ser diputado a la Asamblea Nacional o militar de alto rango, el ser sacerdote o profesor universitario, pertenecer a un partido político, mejor si es el del gobierno, todo sirve para que nos sintamos con derecho a no cumplir la ley. Eso nos convierte a todos en abusadores y al país en un absoluto caos.
Un hecho que nos afecta a todos diariamente es el irrespeto del cual somos víctimas todas las personas decentes de todas las maneras imaginables. Todos los días, somos ofendidos, insultados, atropellados, y todo por el pecado de ser educados y decentes. Una de las formas en que se nos ofende a cada rato es a través del lenguaje obsceno y soez con el que los venezolanos contemporáneos se “expresan”. No hay experiencia más desagradable que verse obligado a oír una conversación de un grupo de señores, señoras, muchachas o muchachos y hasta niños y niñas, de cualquier estrato social y grado de instrucción, sobre todo si se está en compañía de una dama, esposa, madre o amiga. Una cosa tan simple como el poner a otra persona a “hacer la cola” por nosotros en el banco o en la oficina pública, se ha convertido en un costumbre aceptada por todos, cuando en realidad es un abuso contra quien se ve obligado a ir solo a estos sitios.
Hace falta educar para el conocimiento de las leyes y su respeto. No tenemos la costumbre de informarnos de las leyes, ni siquiera aquellas que más nos atañen. En todos los aspectos y a todos los niveles de la vida nacional se observan ejemplos del desconocimiento y la violación de las leyes. Desde los legisladores hasta los motorizados y los peatones, todos violamos las leyes. Es importante el conocimiento de la ley pero también del castigo que involucra su incumplimiento y es necesaria la aplicación de este último, sin excepciones. El castigo, previsto por la ley, mantiene civilizados a los pueblos. Hace falta educar para la honestidad. Los venezolanos vivimos quejándonos de la corrupción de todos los gobiernos; pero no son los gobiernos los que son corruptos, somos los venezolanos, al menos, un gran porcentaje de ellos. Los demás somos cómplices por acción u omisión. Esta corrupción se expresa como la tendencia de muchos a apoderarse de lo ajeno. Muchos grupos importantes de venezolanos roban y tratan de justificar su latrocinio en razones y explicaciones tan variadas como absurdas. Roban los necesitados pero también los banqueros, los empresarios, los comerciantes, los abogados, los médicos en sus clínicas privadas, los empleados públicos de cualquier nivel, pero lo mas grave es que roban aquellos investidos de algún tipo de autoridad, muchas veces usando el arma que se les dio para proteger a los ciudadanos decentes. Una de las peores desgracias para los ciudadanos de un país es no poder confiar en sus autoridades. Pero la deshonestidad no es tan solo el acto de robar. Son también deshonestos quienes no hacen bien su trabajo (un gran porcentaje de los trabajadores venezolanos), los profesores que no enseñan y mucho menos educan, quienes descuidan las instituciones a su cargo, quienes se aprovechan de su poder, por pequeño que éste sea, para obtener beneficios de cualquier tipo.
Todo ese lamentable comportamiento es sin duda atribuible a nuestra falta de educación. El gobierno del Presidente Chavez ha comenzado a dar pasos dirigidos a revertir esta descomposición y para ello ha creado las Misiones Robinson, Rivas y Sucre. Sin embargo, estas misiones están dirigidas a “instruir” más que a “educar”. De acuerdo con el diccionario de la RAE, la instrucción es “el caudal de conocimientos adquiridos” y esto es fundamentalmente lo que se logra mediante la alfabetización y la obtención de los títulos de bachiller y universitario. La “educación” podría definirse como la capacidad para reaccionar y comportarse adecuadamente ante cualquier situación, o sea, haciendo uso de los valores morales, virtudes y buenas costumbres y con respeto hacia las personas y las leyes. No es cierto que el hecho de tener un gran cúmulo de conocimientos implica el ser educado; esto es algo que puede constatarse diariamente, observando el comportamiento de un gran porcentaje de las personas “instruidas” de nuestro país. Basta con recordar la actitud de esa gente en el pasado reciente. Si definimos la educación de la manera citada, puede afirmarse con certeza que todo venezolano, desde una edad muy corta, es un maleducado. Y no puede ser de otra manera si sus padres, maestros y profesores lo mal-educan.
Cambiar esta situación requiere un esfuerzo sostenido de unas tres décadas o más. Este esfuerzo debe ser masivo e intensivo y más que una misión debe ser una campaña mediante microprogramas de radio y televisión, espacios en la prensa, folletos, talleres, charlas, etc. Debe ser una campaña constante y duradera, no un operativo de unas semanas como suele hacerse todo. Debe ser flexible en cuanto a sus contenidos que deben abarcar, educación moral y cívica, dirigida a divulgar el conocimiento de las leyes y la conveniencia de aprender a respetarlas; enseñar el respeto a las personas y sus pertenencias; impulsar el regreso a las que fueron nuestras buenas costumbres en aseo e higiene, cortesía, trato amable, etc. Se debe educar para el cuidado de los espacios comunes en nuestras ciudades y comunidades, para el respeto a la naturaleza y el medio ambiente en general, para la recolección y el reciclaje de los desechos. Son muchas las cosas que podrían ser incluidas en esta lista. El país no puede seguir gastando cantidades enormes de dinero en el arreglo de plazas, parques, escuelas, iluminación de espacios públicos, limpieza de quebradas, calles y aceras, etc.; y tener que repetir ese gasto seis meses después, porque los maleducados se ocupan de destrozar y ensuciar todo. Esta campaña requiere de la participación de todos en una especie de voluntariado obligatorio.
La empresa privada debería colaborar con pequeños porcentajes de sus ganancias para la elaboración de volantes, trípticos, folletos, etc., con mensajes educativos redactados por personas de reconocida calidad moral y con conocimientos de los diferentes aspectos, algunos de los cuales fueron mencionados arriba. Los medios de comunicación deben ceder tiempo y espacio para micros, debe organizarse charlas en los barrios y en las plazas y todo aquel que tenga un conocimiento que pueda ser útil para educar en algún aspecto de la vida, debe ofrecer su participación en este esfuerzo para tratar de convertirnos en un país educado y civilizado. Si no nos empeñamos en esto y lo logramos, nuestra falta de educación seguirá siendo un lastre que continuará manteniendo a Venezuela sin poder despegar del tercermundismo hacia el verdadero desarrollo. Lo que aquí he escrito, seguramente no será del agrado de algunos, pero tenemos que comenzar a aceptar lo que somos si queremos cambiar.
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