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Alguien, probablemente, escribió sobre la borrachera mediática… Sé que existe un texto sobre la borrachera democrática. ¡Tremendo! ¡Pero bueno¡, yo sostengo la tesis del despecho de los medios. Un perenne despecho, lamento, afán… por y para el poder que, en muchos casos, funge como primer poder, y no como el cuarto. Poder que desplazó a la iglesia, a la familia, al sistema educativo, al legislativo, al económico… En muchos países ha desplazado al poder Ejecutivo: recordemos la salida de Richard Nixon luego que unos periodistas, Woodward y Bernstein, siguieron la pista hasta llegar a determinar el pecado de Nixon: el espionaje político. Este es el famoso caso watergate, que he dado como ejemplo a mis estudiantes habida cuenta de la larga historia de despropósitos, errores, manipulaciones cometidas por los medios de difusión.
Los medios se han manejado de una forma tan y, en ocasiones, más destructiva que un armamento bélico o que la misma energía nuclear. Nosotros no necesitamos ese tipo de arsenal, pues tenemos unos que son tan letales como aquellos: nuestros medios. Así es. Medios que han matado reputaciones, han violado la moral de muchos, han sacrificado sueños, han castrado el camino posible de lograr un mundo distinto.
Y están enratonados. Cualquiera que trabaja con “ratón” lo hace, en una palabra, mal. Las cosas salen lentas, y para dar cuenta del objetivo que se debe lograr “ya” “para ayer”, ya que así “me lo pautó mi coordinador, jefe de información o redacción”; es decir, “el capitán” –a decir de la periodista Miriam Morillo- se hacen las cosas a la carrera, porque el objetivo es obtener la nota al cierre de la edición. Y si el reportero tiene que lograr ese objetivo, cual Raskolnikov, personaje emblemático de Fiodor Dostoievski en su obra Crimen y Castigo, mata, mutila, castra, ofende, vilipendia. Esto, en el peor de los casos. Pero en el mejor de los casos, se hace eco de seudo realidades y seudo fuentes.
El “ratón” tampoco permite reflexionar sobre lo hecho. Impide la autocrítica. Se incurre en lo hecho y no hay vuelta atrás. Cómo ver hacia atrás si no es posible recordar lo ocurrido. Y como Poncio Pilatos, buscan la pila para lavarse las manos. Total, el poder del medio es tan avasallante, que eso -el medio- es el respaldo. Esa es la defensa.
¿Quién hace algo? La respuesta exige el paso por el siguiente camino: a partir de la forma en que se ha tratado el caso de la ex rectora de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), Orietta Caponi, se puede realizar un análisis sobre el poder de los medios, de los periodistas y, probablemente, otros poderes que no menciono porque no tengo pruebas sobre estos últimos.
Pues bien, lo primero que debo expresar es que esto no es una defensa a la ex rectora. No. Y la explicación es sencilla: Caponi no necesita defensa alguna. Ya lo veremos. En todo caso, defiendo plenamente el ejercicio ético de la profesión. Defiendo la práctica cónsona con los valores irrenunciables de lo que Gabo una vez llamó el mejor oficio del mundo. Lo que quiero y debo manifestar es que me he remitido a las ¿fuentes? ¿pruebas? para corroborar –o no- lo que sobre la profesora Caponi se ha dejado deslizar. Y me encontré con lo siguiente: las irregularidades que se le imputan no son tales. Garrafal error de los periodistas que cubren la fuente educativa y que no pueden apelar a aquella lastimosa sentencia del “yo no sé con qué se come eso”.
Porque señores, si yo pido parte de mis prestaciones sociales en cualquier empresa, eso no es irregular. Es un derecho. Si alquilo un automóvil para garantizar el trabajo de la institución en la que estoy desarrollando mi función ¿es eso irregular? entonces mi vida y la de muchos periodistas, ingenieros, arquitectos, ministros, estudiantes, alcaldes y pare de contar, está plagada de irregularidades. Ojo, no estamos hablando de una oscura licitación para la compra de una flota de carros.
Por otra parte, una directora solicitó, amparada en su derecho de empleada de la UBV, recursos para comprar su vivienda. ¡Qué irregularidad! En este sentido, los invito a leer el artículo 86 del librito azul, norma que en alguna ocasión, debo admitirlo, me pareció demasiado idealista. Léanlo, por favor.
Pues bien, además de dejar claro que esto es una defensa a un ético ejercicio de el mejor oficio del mundo, debo añadir que es una frontal defensa a la Casa de Los Saberes, a mis estudiantes que sueñan con ser como cualquiera de nosotros, o de los que están en algunos medios de difusión masiva. Es una defensa a la tesis según la cual sólo con educación los pueblos pueden lograr el desarrollo. Para muestra, mil botones. (Este tema lo desarrollaré en otro artículo)
Colonización y más colonización
Lo que acontece lo interpreto como una irrefutable colonización de muchas mentes, como diría Armand Mattelart. Están tan fuertemente colonizadas que no pueden ver al verdadero enemigo. Y los medios de difusión –no de comunicación, insisto- están prestos, las veinticuatro horas, para fungir de plataforma a otros intereses. No a la oposición, pues en cierta forma es legítimo que algunos medios apoyen al sector que se opone a la gestión del Gobierno. Aquí lo que se ha criticado es una especie de agabillamiento, cerco mediático, amarillismo, sensacionalismo, omisión, mentira descarada y descarnada, la tergiversación -que se ha monopolizado en el imperio de los medios. Y que en todo esto ha contribuido, muchísimo, la oposición. En ello radica la crítica, no en otra cosa.
Ahora bien, para afirmar que en Venezuela sí se ejerce la democracia podemos echar mano a la relación Gobierno-Medios de Difusión. Eso es una muestra para ratificar que en Venezuela se ejerce la democracia. Lo que preocupa aquí es que se está colocando la plataforma para servir a los intereses del imperio.
Finalmente, el despecho de los medios radica en que los mismos han pervertido las funciones esenciales a las que se deben: Informar, educar, entretener, difundir valores (tales como el amor a la patria, a la familia, la solidaridad, responsabilidad…), contribuir a la formación de ciudadanía y del hombre defensor de la soberanía que, debo decirlo, no se negocia, ni cede, ni alquila, ni se enajena, ni vende, ni podrá aplicarse alguna otra forma jurídica, o invento surrealista o de cualquier otra naturaleza que se le ocurra a cualquier cerebro desquiciado, pues la soberanía, a mi parecer, es como la ética: nos acompaña como el zumbido al moscardón, tal como lo diría Gabriel García Márquez.
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