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    Por los Derechos Humanos, Contra la Impunidad

Oscar Arnulfo Romero pagó con su vida el amor a los salvadoreños

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Ciudad Barrios, municipio salvadoreño, cercano al océano Pacífico, fue el escenario donde nació Oscar Arnulfo Romero Galdámez el 15 de agosto de 1917. En un hogar sencillo aprendió a estudiar, trabajar y amar al prójimo. Su padre era un telegrafista que deseaba que Oscar desempeñara el oficio de carpintero. Mientras el adolescente hacía ejercicios con la garlopa, crecía su vocación religiosa y en su patria gobernaba la dinastía Meléndez Quiñonez, integrada por familias acaudaladas de la ciudad de Santa Ana.

Santos Romero y Guadalupe Galdámez, padres de Oscar Arnulfo, le enseñaron desde niño a ser responsable y esforzarse por cumplir los compromisos que adquiría. En el seminario católico se distinguió como buen estudiante y apasionado lector. Admiró a tres personajes de su iglesia:

Agustìn, Juan de la Cruz y Teresa de Ávila.

Gracias a su esfuerzo y dedicación, Oscar Arnulfo fue un sacerdote que se mantuvo en ascenso. Al comienzo era tradicionalista y los temas sociales no eran prioritarios en su vida pública. Sin embargo no aceptaba el lujo. Prefería la vida sencilla porque era un creyente convencido de que además de la vida pasajera y a veces frívola, existe una nueva vida luego de la muerte.

“Todo sacrificio supone un homenaje de adoración, un reconocimiento de nuestra miseria en el confronte con el Ser infinito”, escribió Arnulfo Romero en 1940 mientras continuaba su preparación intelectual y pastoral en Roma. A su regreso a la patria de Farabundo Martí, el sacerdote Romero fue nombrado párroco en San Miguel donde obtuvo gran popularidad.

Transcurrían los años sesenta del siglo XX cuando Romero fue nombrado monseñor en reconocimiento a sus 25 años de sacerdocio. Luego fue designado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. El 2 de septiembre de 1967 se trasladó hacia San Salvador, la capital. Dejó muchos amigos en San Miguel y prometió hacer cuanto pudiera por los sanmigueleños.

En 1970 fue designado obispo auxiliar en San Salvador por la Santa Sede.

Trabajó junto con Arturo Rivera Damas en apoyo a monseñor Luis Chávez González. Se notaban las diferencias de pensamiento entre Rivera Damas y Arnulfo Romero. Los sacerdotes, monjas y laicos simpatizantes de la Teología de Liberación, encontraban apoyo en Rivera Damas, mientras Romero permanecía fiel a la oficialidad eclesiástica salvadoreña y romana.

Las contradicciones en la sociedad salvadoreña aumentaban. Los gobiernos reprimían cualquier intento de cambio y acusaban de comunistas a los opositores, independientemente de que éstos fueran socialistas, socialdemócratas o demócratas-cristianos. En los años setenta salvadoreños despuntaba una gran figura comprometida con las luchas populares: Rutilio Grande, sacerdote que cuestionaba al sistema capitalista y coincidía con el teólogo catalán Jon Sobrino en la siguiente apreciación: “fuera de los pobres no hay salvación”.

El 12 de marzo de 1977 fue asesinado el sacerdote Rutilio Grande. Un grupo de sicarios, vinculados al gobierno y a la extrema derecha lo emboscó en la carretera. Aumentaron entonces las protestas en los departamentos de Ahuachapán, Cabañas, Chalatenango, Morazán y Usulután. A partir de ese día monseñor Oscar Arnulfo Romero aceleró su distanciamiento de la oficialidad y se convirtió en un crítico político desde su fe absoluta en Dios y su amor por los pobres salvadoreños en particular, y por los salvadoreños en general.

Asesinatos, desapariciones, intimidaciones y represión, sobresalían en las noticias cotidianas de El Salvador en los años 1978, 1979 y 1980. Comités de solidaridad con el pueblo salvadoreño, surgían en nuestra América. La consigna entonada por estudiantes y trabajadores de Bogotá, Caracas, Lima, Panamá y Quito, era: “Si Nicaragua venció, ¡El Salvador vencerá!”. Monseñor Romero dirigió una carta el 17 de febrero de 1980 a Jimmy Carter, entonces presidente de Estados Unidos, donde le expresaba: “En los últimos días ha aparecido en la prensa nacional una noticia que me ha preocupado bastante. Según ella su gobierno está estudiando la posibilidad de apoyar y ayudar económica y militarmente a la actual Junta de Gobierno”.

Un mes y siete días después de escrita dicha misiva, precisamente el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba una misa vespertina en el hospital “Divina Providencia”, monseñor Oscar Romero, recibió disparos con bala calibre 22, los cuales le quitaron la vida casi instantáneamente. El arzobispo había pedido públicamente, durante sus últimas homilías, a los soldados que desobedecieran las órdenes de los superiores y cesaran la represión contra el pueblo.

Treinta años después del asesinato contra Oscar Arnulfo Romero, en marzo de 2010, el gobierno presidido por Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, se suma a los homenajes que en diferentes ciudades salvadoreñas se realizan para recordar a quien fuera un promotor de los derechos humanos, la paz y la justicia social.

“Monseñor Oscar Arnulfo Romero nos mostró que el camino de la justicia, la verdad y la solidaridad con los pobres y los débiles, es la ruta ineludible para superar nuestra histórica situación de violencia e inequidad”, expresó Mauricio Funes, al comenzar marzo y luego de que Vanda Pignato, su esposa y Secretaria de Inclusión Social, anunció que las autoridades se unirían a la campaña de reflexión y recuerdo del arzobispo mártir.

Gustavo Gutiérrez, teólogo peruano y su colega español Jon Sobrino participan con la conferencia titulada: “La iglesia de los pobres”. En las ciudades de Cojutepeque, La Unión, Nueva San Salvador, Santa Ana, San Salvador, Usulután y todo El Salvador se imprimen y divulgan folletos con palabras de monseñor Romero, expresadas en 1980, como éstas: “Muchas cosas han cambiado en la iglesia en los últimos años. Pero el cambio fundamental, el que explica los otros cambios, es la nueva relación de la iglesia Católica con el mundo. Cuestionar a los gobiernos o sociedades en lo que tienen de pecado, como también dejarse cuestionar por el pueblo y las sociedades en lo que la iglesia pueda tener de pecado”.

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Fernando Acosta Riveros

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