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    Por los Derechos Humanos, Contra la Impunidad

Entendiendo a Lina Ron

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Comenzaré por decir que Lina Ron es una mujer excepcional y apasionada. Quienes le ven desde la perspectiva de la revolución perciben a una acérrima defensora de ese proceso, con empuje y arrojo, tal vez valentía; pero para la oposición ella resulta ser un mal necesario, una suerte de catalizador de los argumentos que necesitan para colocar al Estado venezolano, especialmente al gobierno del Presidente Chávez, en la categoría de fuerzas del mal que buscan desterrar o enterrar la disidencia en Venezuela.

Lo segundo es lo más cierto y, a su edad con todo el respeto que se merece, no pareciera que la señora Lina Ron fuera ignorante de las consecuencias que generan sus actitudes infantiles de jugar a la guerra y la anarquía en una revolución que se ha caracterizado por el pacifismo que le ha impuesto el actual gobernante.

Que el Presidente tenga un verbo encendido, eso es muy característico del venezolano, pero también lo es nuestra tradición de paz y, aun cuando el pasado nos recordara cierta añejas y contemporáneas batallas, nuestra gente ha ido aprendiendo con el tiempo que estas se ganan por medios menos violentos y menos traumáticos para un pueblo calificado como el más feliz del mundo por el libro Guinnes en su edición 2008.

No sabemos si en el futuro alguna batalla se ha de librar, con piedras, palos, bombas, eso se desconoce, pero bien es cierto que en la actualidad la guerra es comunicacional -la llaman de cuarta generación- y la señora Lina al parecer no lo comprende o, por el contrario, lo sabe y estaría apostando a favor del equipo contrario.

En ciertas parejas cuando se inicia una separación ocurre un juego de manipulación: la mujer o el hombre inician ejecutan ciertas acciones para llamar la atención del otro, como una enfermedad repentina o una caída por las escaleras que generan sentimientos de lástima o culpa y pudiera ayudar a que el uno decida suspender sus intenciones de dejar al otro.

En nuestro caso pudiéramos hablar de situaciones similares con Globovisión, un canal venido a menos por el mismo rechazo que genera en partidarios de oposición como consecuencia de su programación enfermiza; o con Alberto Federico Ravel, dejado a un lado y hasta despreciado por los mismos empleados de la planta televisiva por haberse convertido un déspota y una especie de tirano dentro de su propio mundo.

¿Qué necesitaba Globovisión en momentos en que hasta una amenaza de retiro de la concesión no generaba el mismo impacto que tuvo la no renovación de la otorgada a RCTV? Pues nada más y nada menos que un ataque agresivo de la señora Lina Ron y sus amigos. Fue esa manera como Globovisión logró atraer de nuevo los ojos de sus seguidores y del mundo, al ser atacada por supuestos “revolucionarios, seguidores del gobierno dictatorial y comunista de Hugo Chávez”, así en comillas porque así se habla del Gobierno en los medios del exterior.

Tanto el llamado grupo La Piedrita como la señora Ron se han convertido en factores que impulsan una anarquía tan necesaria para los enemigos del Estado venezolano, especialmente los externos, que buscan, como en Chile con los supuestos grupos de izquierda extrema financiados por la CIA, el mínimo justificativo para intervenir en Venezuela bajo el argumento de salvar a los venezolanos de una “cruel dictadura”.

No sabemos de miedo a lo que puedan pensar en el exterior o internamente, pero tampoco la idea sería echar un proceso por la borda con actitudes torpes e infantiles y supuestamente estratégicas, sacando cartas debajo de la manga realmente innecesarias en momentos en que las controversias actuales están discurriendo en un ambiente de paz.

Que la señora Ron considere que la revolución y el Presidente están en peligro, eso lo deben saber en el mismísimo corazón del gobierno y muy seguramente tendrán sus estrategias y, en el momento adecuado, y de ser en extremo necesario, se necesitara de luchadores que salgan a defender, en un futuro que no deseamos, la revolución con sangre y fuego. La cuestión estaría en saber si quienes juegan a los GI Joe criollos, con sus botas, trajes militares y unas pinzawer que sabrá Dios quién se las suministra, saldrán a dar la cara en esa batalla en nombre del Presidente Chávez.

La señora Ron dice estar ungida por la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, reclama para sí un Estado de Derecho el cual desconoce constantemente cuando busca resolver las controversias por sus propias manos y, no conforme con ello, es capaz de calificar a personalidades del Estado de hacerle el juego a Globovisión, con tal descaro que es ella quien, de seguro, logra con sus acciones sacar una sonrisa a Ravel cuando lo levanta de su hundimiento atacando la referida planta de televisión.

Pero ¿quién es Lina Ron y a quién obedece realmente? Es complicado comerse el cuento de que está a la orden del Gobierno o de algún personaje prominente, porque difícilmente en momentos en que se logra poner orden en la anarquía de las concesiones radiales, alguien va a botar la bola atacando plantas de TV o de radio. No conozco gente tan torpe y, como lo he referido, dudo que sea una torpeza de la señora Lina Ron.

¿Acaso no es contradictorio su extremismo revolucionario con el espacio que le da un medio como el Nuevo País en sus páginas para que escriba semanalmente, cual mercenaria, y ataque a personalidades del Estado? No es de gratis esto tampoco, como de gratis no deben ser las pinzawer de Lina y La Piedrita.

No es secreto que la ha llevado dura en los últimos días la señora Lina y tampoco debería ser la reacción nuestra hacer leña del árbol caído, pero sí vale que se reflexione, se analice sin solidaridades automáticas ni fanatismo, quién realmente le hace daño al proceso revolucionario y quién estaría detrás de las acciones de grupos que dicen defenderlo.

Ojalá la señora Lina sólo esté desorientada y haya entendido mal sobre cómo se deben librar estas batallas, ojalá así sea porque permitiría que se puedan reorientar sus acciones. De verdad, sería mejor para muchos escuchar que Lina perdió la noción del equilibrio, a que se descubra que tan sólo se trataba de una ficha financiada por la extrema derecha. Qué triste sería.


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