L¹Humanité
Traducido por
Caty R.
Sudáfrica. El
abuelo del «país del arco iris» celebra hoy (18 de julio) su
nonagésimo cumpleaños. Felicitaciones para quien encarnó la
resistencia y la lucha de todo un pueblo frente a la opresión del
régimen racista y el sueño de un país libre y
democrático.
Después de
veintisiete años, seis meses y seis días, un hombre dejó tras de
sí la prisión del Cabo. Avanzaba lentamente. Era el 11 de febrero
de 1990. Nelson Mandela levantó el puño. Era un hombre libre. El
mundo tenía los ojos clavados en el acontecimiento, que permanece
como una de las imágenes más hermosas de la resistencia y la
solidaridad compartidas en todos los rincones del
planeta.
El presidiario
indomable, el infatigable combatiente contra el régimen racista
sudafricano, celebra hoy sus noventa años en la intimidad, con su
familia, en su pueblo nativo de Qunu (Transkei). Los homenajes llueven
sobre «Madiba» (su nombre en la lengua de su etnia, xhosa),
después de tantos años consagrados a la paz y la libertad en
Sudáfrica, de cuya fragilidad dan prueba las últimas imágenes de
muchedumbres que linchan a los zimbabuenses.
Si los
«¡vivas!» sudafricanos y los reconocimientos internacionales fluyen,
sinceros o calculados, es porque este hombre encarna e inspira, como
pocos, la rectitud, la humildad, la abnegación y la valentía. En
primer lugar por haberse enfrentado, sin rendirse jamás, a un
sistema injusto y abominable. «La segregación practicada
aleatoriamente durante los tres últimos siglos iba a consolidarse en
un sistema monolítico, diabólicamente detallado, con un objetivo
insoslayable y un poder aplastante» escribió en sus memorias.
Porque ser negro era «un crimen» castigado con humillaciones
peores que la muerte.
Nelson Mandela
es un héroe. Un mito, incluso, se podría proclamar. La figura de
un hombre que nunca renunció. Jamás. «Sólo los hombres libres
pueden negociar», respondió en 1984 al siniestro presidente Botha
que le propuso recobrar la «libertad» a cambio de su silencio.
Trabajo perdido. «Ya que vivir libre no es sólo liberarnos de
nuestras propias cadenas, sino vivir de tal forma que se respete y
refuerce la libertad de los demás», asegura.
En ese sueño
de libertad para todos trabajó con sus compañeros de lucha en el
Congreso Nacional Africano (CNA) que fundaron en 1943. Veinte años
después Rolihlahla, «el que crea problemas» (su nombre de pila),
fue detenido por alta traición. Ante sus jueces racistas en el
proceso de Rivonia, lanzó entonces un apasionado argumento
político: «Toda mi vida he luchado por la causa del pueblo africano.
He combatido la tiranía blanca y la tiranía negra. Adopté como
ideal una sociedad democrática y libre donde todo el mundo vivirá
unido en la paz y disfrutará de las mismas
oportunidades».
Lo encarcelaron
en el presidio de Robben Island, con el número de preso 466-64.
Incluso tras los barrotes sigue presentando batalla junto a sus
hermanos a quienes masacran en los guetos. Mandela se convirtió en
el emblema del sufrimiento, pero también de la resistencia de todo
un pueblo. Adquirió una dimensión internacional que promovió un
vivificante impulso de solidaridad a finales del siglo XX. El lema
«Libertad para Mandela» resumía en sí mismo la condena al
régimen racista y la llamada al boicot. Su imagen florecía por todas
partes. Las peticiones no dejaban de circular. Las manifestaciones y
otros movimientos de apoyo se multiplicaron en Francia, con el impulso
del Movimiento jóvenes comunistas, el PCF y l¹Humanité, y en el
mundo entero. Mandela, el preso político más antiguo, y sus
hermanos, ya no estaban solos. Una prueba más de que la lucha da sus
frutos.
«El futuro de
nuestro país sólo puede venir determinado por representantes
elegidos democráticamente y sobre una base no racial», declaró
cuando recobró la libertad, a los setenta y dos años, antes de
recibir el Premio Nobel de la Paz en 1993. Un año después, a pesar
de los peligros reales de guerra, fue la llave maestra de las primeras
elecciones libres en su país: «One man, one vote» (un hombre, un
voto) y se convirtió en el primer presidente negro del que llamaba
en su sueño «el país del arco iris».
Desde 1999,
Nelson Mandela se retiró oficialmente de la vida política.
Demasiado pronto para el gusto de algunos y de sus propias filas.
«Después de mí, la vida sigue», respondió. Pero a los noventa
años, «Tata» (el abuelo) sigue en la lucha. Lo ha demostrado con
su violenta diatriba dirigida al presidente George Bush y «su guerra
del petróleo» en Iraq. Su lucha por la paz, ahora y siempre, en
África y en el mundo. La lucha contra el SIDA es su otro caballo de
batalla después de la pérdida de sus hijos y en el momento en que
la pandemia devasta su país. Las industrias farmacéuticas, que
quieren limitar los medicamentos genéricos, a pesar de todo más
accesibles para su pueblo, están en su punto de mira: «Es una
guerra», declara.
Tiene los
cabellos grises. Su larga silueta se ha arqueado un poco, pero Nelson
Mandela sigue en pie. Alerta. Con motivo de los diez años de su
liberación, en 2000, declaraba: «Nadie podrá dormir en paz
mientras haya gente aplastada por el hambre, las enfermedades o la
falta de educación, y haya millones de personas por todo el mundo
que convivan con la inseguridad y el miedo
cotidiano».
Original en
francés:
http://www.humanite.fr/2008-07-18_International_Viva-Nelson-Mandela-viva
Cathy Ceibe es
periodista del diario francés l¹Humanité.
Caty R.
pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta
traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar
su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la
fuente.