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Reconocer las faltas humanas conduce hacia la enmienda de las causas de las conductas equivocadas. Pedir perdón públicamente y expresar pesar y vergüenza por las faltas cometidas no asegura la recaída ulterior. Las manifestaciones explícitas del Papa Benedicto XVI en Australia suscitan alivio dentro de la iglesia católica y entre todas las sociedades del mundo, expectantes, porque empiezan a discutirse uno de los tabúes imposibles de ocultar por más tiempo. Sin embargo, no son suficientes las declaraciones para suprimir, reparar y prevenir el daño inmensurable que ocasionan estos asaltos a la inocencia de niños y niñas, amparados quienes los perpetran en la posición institucional que les fue conferida.
El tema de este escrito no se refiere a la religión católica como creencia, ni a la Iglesia Católica como institución. Se refiere exclusivamente a los daños ocasionados por la pederastia inveterada dentro la iglesia católica por parte de algunos curas y monjas con desviaciones sexuales, quienes validos de su autoridad, conferida por la sociedad, abusan de la inocencia de niños y niñas. Pero también ocurre entre maestros, maestras e instructores con la diferencia de que ocasionan menos escándalos periodísticos por el simple hecho de que son perpetrados por laicos quienes no están disfrazados con votos de castidad.
En cualquier caso la pederastia deja de ser un asunto de competencia de la educación o de la profesión religiosa para convertirse en una de las más despreciables bellaquerías que puede cometer el ser humano. Afectan, estos actos miserables, a la víctima en primer lugar quien queda marcada para toda la vida; a la institución a la cual pertenece el delincuente; a la sociedad en general como organización y a la condición humana. Induce estados de frustración y culpabilidad en las familias de los niños ultrajados por haber confiado la inocencia en manos de asaltantes de la fe pública. Abundan historias recientes de reclamos y aceptación vergonzosa de indemnizaciones por actos de pederastia en víctimas que arrastran su dolor y sus lesiones aún en la edad adulta, luego de muchos años de haber padecido la ignominia.
De manera que no se trata de atacar a religión alguna. Se trata de colocar en el sitio que le corresponde, uno de los vicios más abyectos de la conducta humana, meritorios de ser considerado entre los crímenes de lesa humanidad. Las expresiones de pesar y de vergüenza del Papa tienen que ir acompañados de sanciones ejemplarizantes. Todo religioso o religiosa incursos en este crimen tienen que ser expulsados de su profesión por parte de la Iglesia, sin perjuicio de las sanciones previstas en la ley. Pero más allá, los aspirantes a religiosos o religiosas o instructores e institutrices deben ser sometidos a pruebas sicológicas de equilibrio en sus conductas sexuales como requisito vinculante. Porque de existir alguna inclinación hacia la pederastia están impedidos de ejercer alguna actividad que los coloque en la posibilidad de ocasionar tanto daño en nombre de la educación o de una religión.
La pederastia deja a las familias de las víctimas con la sensación de impotencia más extrema. Cuando ocurre una de estas desgracias por asalto de un rufián o de un desviado sexual no ocasiona tanto daño como cuando ocurre por el envilecimiento de la profesión de la educación o de la práctica religiosa. Porque en estos últimos casos el hampón aprovechado se disfraza de religioso o de educador para burlar y aprovecharse de una profesión u oficio.
Mención aparte merece el oprobioso encubrimiento por parte de la Iglesia Católica estadounidense y mexicana, para mencionar solo dos ejemplos, cómplices de pederastas redomados con fechorías impunes. Esta es una traición a las necesidades espirituales de la humanidad confiadas a las creencias de la religión católica.
Solo con estas previsiones de prevención y corrección real de la maldición de la pedofilia, tienen validez las recientes expresiones del Papa en Australia. En caso contrario son sólo palabras sin contenido de enmienda.
mavet456@cantv.net
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