Cuidado con esa fulana amnistía, déjense de vaina y piénsenlo mejor

 Cuando se habla de amnistía en la Venezuela Bolivariana, se nos pone chiquitica la cosa y enseguida nos ocupamos de pensar en las víctimas de los actos terroristas que han generado las políticas opositoras de la derecha, actuando contra el pueblo en general, sus instituciones y su gobierno; no escapando la frialdad con que se mueven los degenerados, todo sin un sentimientos que no sea el odio y la venganza al sentir, muchas veces incierto, que sus mezquinos intereses están en peligro.

Ellos no han tenido un ápice de reflexión que les permita dudar a cerca del daño causado y sin importar a quién se lo hacen. Han golpeado, quemado, parado, dejado sin alimento, transporte, energía; han asesinado, apresado, hostigado, manipulado sin miramientos y lo seguirán haciendo.

Entonces, de qué fibra están hechos y con qué mezcla está ligada la sangre de los funcionarios que le hacen odas a las aspiraciones derechistas para que piensen y sientan en la libertad de los bien justos presos y regreso de los fugados en la impunidad de sus delitos. De allí que, sea lo que fuere, todos y todas quienes no estamos definitivamente de acuerdo con que esa mencionada amnistía se concrete, tenemos la obligación de exigirle al gobierno, empezando por el propio Comandante Chávez, que no se equivoque de nuevo creyendo que en libertad, esos delincuentes empezarían a ser la tan anhelada oposición sería que se solicita desde altos funcionarios  gubernamentales.

Para ello tenemos que dirigirnos por todos los medios, incluidos los de las movilizaciones y tomas de instituciones legislativas y ejecutivas para alertar y persuadir a quienes tienen planes de amnistía, para que no les aprueben la libertad a esos terroristas. Ya basta de pura quejadera y reclamos de oficina o salón ante los errores del gobierno nuestros. Hagamos llamados y plantones, vayamos a VTV, a VIVE y a las radios; convoquemos, gritemos, pataleemos, en fin, formemos peos para que no reaparezca el Chávez pendejo y con Cristo en la mano, que creemos, o creímos como él mismo lo afirma, se quedó, atrás.

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Abogado           

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