Sobre las omisiones que generan ese "extra de inseguridad" y el pecado capital de la envidia

Lo acepto; he Pecado, no cumplí el décimo mandamiento de la Santa Iglesia Católica "No codiciarás lo ajeno", tampoco logré evitar uno de los pecados capitales "La envidia". Busqué en vano algún eufemismo para no sonar tan grotesco: ¿Tirria? Muy rebuscado, ¿Celos? Muy ridículo, no hay forma de evitar la recriminación.

Yo, habitante de la parroquia Candelaria, tengo un amplio contacto con varios sectores de la parroquia Sucre; Catia, como llamamos por antonomasia a este municipio. Cuando niño, antes de la Revolución Bolivariana, buena parte de mi familia vivía en uno de los bloques cercanos a la estación de Gato Negro, subiendo por el Fortín  un poquito más allá de la cancha. Recuerdo que todas las noches que decidía quedarme, desde la ventana del cuarto en el que dormía se podía apreciar la oscuridad en la que se vivía en el barrio, en los bloques. Era una oscuridad como aprendida, aceptada y malquerida. Catia era la abandonada, la sin amigos, en la que el día solo tenía 12 horas y se llevaba corriendo, antes de que el breaker solar acabará con la posibilidad de continuar. Aun así, había quienes se resistían al ghetto y en horas de la noche visitaban la muy famosa casa familiar, llena de aparatos, juegos y equipos de sonido. En esas reuniones se notaba que el barrio y su gente eran como un pueblo contaminado por la urbe, como Macondo al instalarse la Compañía de Plátanos. Las caras humildes y bonachonas que en la calle podían generar miedo, en la casa provocaban risas. Puede sonar absurdo, pero la risa sana y sincera siempre refleja una esperanza, incluso en quienes ya creen no tenerla.

                Pero bien, recuerden que el artículo es un Mea Culpa, es mi aceptación de que no soy digno de la Eucaristía y el perdón de los pecados.

                Hace unas pocas semanas me encontré con Catia de nuevo, circunstancias familiares me hicieron volver al municipio al que hacia un buen tiempo no regresaba. Mi primera parada fue la Plaza Sucre, repleta de personas a las 9 de la noche, economía informal, mototaxistas, abastos, y comercios abiertos de par en par. En la esquina una doña cantaba unas rimas al señor Jesús, su voz era horriblemente desafinada, pero se hacia corear con un séquito que no permitía la burla ni mucho menos grabaciones con el celular.

Allí comenzó mi envidia, al dirigirme a la carnicería de la esquina, 5 policías nacionales se hacían señas en los cuatro costados de la calle, la carnicería sin lugar a dudas parecía el Banco del Tesoro. Nunca compré carne con tanta tranquilidad, hasta saque el celular para llamar y preguntar si "solomo" o "lomito". Al salir fuimos a la parada de buses, teníamos que visitar a un familiar en los Magallanes de Catia. En la plaza me extrañó ver una camioneta policial: ¿Se habrá accidentado? No, me respondieron de inmediato, -esa esta ahí mañana tarde y noche-. Medio incauto seguí caminando, aparentando normalidad -les recuerdo que vivo en la Parroquia Candelaria, no es fácil disimular normalidad al ver 5 policías y una patrulla el mismo día-. En los Magallanes, al bajarnos del autobús nos encontramos con una mega redada, sin exagerar la fila de personas contra la pared llegaba justo hasta la puerta de la casa que visitaríamos. Me pidieron la cédula y me preguntaron con solvencia - hacia donde se dirige-; hacia la puerta donde comienza mi envidia -perdón- la fila, respondí.

                El familiar que visitamos estaba enfermo, por lo que teníamos que volver a la farmacia de Plaza Sucre por unas medicinas, lo hicimos en autobús -disimular normalidad-. Al llegar, la cola en la farmacia era de aproximadamente 6 personas, mientras nos ubicábamos me llamó la atención la vista a lo lejos de uno de los edificios entregados a las familias damnificadas, tenía muchas luces en sus pasillos; de lejos parece un hotel, ojala de cerca también, expresé. A los minutos pasó una patrulla policial, cinco minutos después esa misma patrulla volvió a pasar, esta vez a menor velocidad. Inmediatamente intuí que algún personaje sospechoso se encontraba en la fila o sus alrededores, No es normal que una patrulla pase dos veces por la misma zona. Cateando la cola descubrí que había una mujer embarazada con un bebe en sus brazos, dos jóvenes bastante tranquilos hablando entre risas, y una familia adulta mayor bastante estresada esperando sus medicinas. Cinco minutos después volvió a pasar la patrulla, que resultó ser la encargada de la guardia del sector, ¿Cómo no sentir envidia?

                Para colmo de males, al regresar había un policía vigilante en la cola de los autobuses, allí no tuve otra opción que sonreír, sí, esa sonrisa sarcástica de quien acepta la envidia en su vida como un mal que no podrá dejar en ningún momento.

                Luego de quedarnos en aquella humilde casa, en la que reafirme mi niñez, entendiendo que aún el barrio esta lleno de humildad y sonrisas esperanzadoras, me tocó regresar a mi Parroquia, esa misma de clase media y restaurantes españoles. En plena noche nos fuimos en un taxi que nos espero hasta que lográramos entrar al edificio en el que vivimos. Mi parroquia ese día, con aquella espesa sensación de abandono, me recordó aquella oscuridad malquerida y aceptada de aquel cuarto de mi niñez. Luego de meditación y Reiki para eliminar mi codicia de justicia y envidia de legalidad, reflexioné sobre lo sencillo que sería mantener todas estas parroquias caraqueñas con un margen de seguridad adecuado. Mientras Catia es como una ciudad dentro de la ciudad, muchas de las parroquias pequeñas son sin exagerar, excesivamente manejables en el ámbito de la seguridad ciudadana. Mientras Catia es un entramado urbano en el que muchas veces el ingreso a ciertas zonas es imposible, muchas parroquias podrían recorrerse completamente en minutos. Con algo de tristeza sentí que aquella soledad sólo había cambiado de lugar.

                A la Candelaria, San Bernardino, Altagracia y otras parroquias, arriban en los próximos años, por lo menos miles de nuevos parroquianos, entre los que se cuentan muchos nuevos habitantes de los edificios que se construyen para las personas que perdieron todo en las tragedias recientes. Es un buen momento para tomar en cuenta planes de seguridad que aúpen a la clase media a unirse a nuestras alternativas para un mejor país y para lograr, además, que aquellos que jamás se unirán, no tengan excusas para criticar el proceso bolivariano. El tema de la seguridad y sus planes esta atado indivisiblemente, tanto a la acción del Estado y los entes municipales, como a la organización popular. Por ello, el Poder Comunal debe implosionar las clases medias venezolanas, reacias desde siempre a todo aire de comunión social. Como parroquiano de La Candelaria asumo parte de la culpa por la carencia de organización popular, pero a la vez hago un llamado para que la organización efectiva dentro de estas parroquias obtenga apoyo y clarificación estratégica por parte de las entidades municipales. Ayuden a los que no quieren voltear, a entender que el futuro de la patria es un común denominador.

La inseguridad, si bien es un mal que aqueja a toda las sociedades del mundo, de difícil comprensión y resolución al corto plazo, es a su vez también promovida en algunos casos por la omisión de acciones concretas, que acabarían eficazmente con ese extra de inseguridad en el que viven algunas comunidades actualmente. Enumerar las acciones que pueden disminuir dicha inseguridad en una parroquia caraqueña, es tema de otro artículo, sin duda necesario y que sin duda escribiré.

@moiseijas

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