José Leonardo Chirinos o la insurgencia a golpe de tambor

La historiografía tradicional venezolana, desde su perspectiva excluyente, ha planteado que las insurrecciones de la población negra, indígena y mestiza durante la época colonial no tenían un carácter político ni abogaban por la reivindicación de los derechos de toda la población, sino que sus luchas se circunscribían a los problemas puntuales que afectaban a su grupo más cercano, es decir, no tenían un proyecto de nación. Por el contrario, el movimiento independentista liderado por los mantuanos en el siglo XIX, es percibido por esa misma historiografía como un movimiento que buscaba la emancipación de todas las clases sociales.

No obstante, la decisión de emancipar a la Provincia de Venezuela del yugo español, fue una medida pensada por los blancos criollos con el fin de salvaguardar un orden social en donde ellos, como clase privilegiada, detentaban un poder que estaba en peligro a raíz de la invasión de España por las tropas de Napoleón y la consecuente imposición de las ideas de la revolución francesa de igualdad, libertad y fraternidad. De modo que, la élite, también actuaba en función de sus intereses como clase.

La rebelión de José Leonardo Chirino en la Serranía de Coro en el año de 1795, constituye uno de los movimientos de esclavizados que se dieron en los años previos a la independencia, en donde se refleja claramente el carácter político de la insurrección. Aunque no es el único de este tipo, sus características lo hacen destacar entre otros movimientos que se produjeron en el contexto de la sociedad colonial donde los negros esclavizados ocupaban la base de la pirámide social y como tal, además de estar privados de su libertad, vivían sometidos a explotación y toda clase de vejámenes, por parte de sus amos. Por lo que era frecuente que se produjeran rebeliones, fugas y escaparan a los montes conformando cumbes o cimarroneras.

Chirino, moreno libre hijo de un esclavizado y una indígena, trabajaba para don José Tellería, comerciante poseedor de la hacienda El Socorro ubicada en el pueblo de Curimagua quien, además, ejercía el cargo de Síndico Procurador de Coro. El líder de la rebelión que se produjo en la serranía de Coro, vivía con su mujer e hijos en la mencionada hacienda, y solía acompañar a su patrón en sus viajes a las islas de Haití y Curazao. Chirino, como descendiente de esclavo, había sido testigo toda su vida de los malos tratos y vejaciones infligidos a los de su clase. Esta situación y otros factores circunstanciales, que a continuación mencionaremos, fueron los que lo motivaron a planificar la insurrección.

En medio de los conflictos producidos por el régimen de esclavitud y opresión que padecía la mayor parte de la población negra de la Provincia de Venezuela, se aprueba la Real Cédula del 31 de mayo de 1789. Allí se establecían ciertas consideraciones y beneficios dirigidos a este grupo social con la intención de remediar la crítica situación en que vivían y, sobre todo, evitar que a causa de su descontento emprendieran fugas y rebeliones que iban en detrimento de la producción y el desarrollo económico del sistema colonial. Sin embargo, la información acerca del contenido de esta Real Cédula fue tergiversado entre la población negra, dentro de la cual se corrió el rumor de que el Rey, a través de ella, había decretado la libertad para todos los esclavos y que las autoridades locales se negaban a darle cumplimiento a este mandato. Situación que generó mayor conflictividad y resentimiento entre la masa esclavizada.

Para el año de 1789 también ocurre un importante acontecimiento en Europa: la Revolución Francesa. Las embarcaciones que llegaban a las costas falconianas procedentes de La Guaira y Curazao llevaban las noticias de lo que acontecía en Francia, y de los importantes cambios sociales y políticos que allí tenían lugar. Pero Chirino, aparte de estas informaciones de segunda mano, había sido testigo presencial en sus viajes a Haití de los cambios ocurridos tras la sublevación de los negros esclavos en esa isla en el año de 1791, hechos que evidenciaban la posibilidad de transformar la oprobiosa realidad que padecían los esclavos, los negros libres y la población mestiza en general que habitaban la Provincia de Venezuela.

En medio de este panorama local e internacional, José Leonardo Chirino comienza a urdir su plan de insurrección en marzo de 1895, contando con el apoyo del negro loango José Caridad González, quien llegó a figurar como líder de su grupo y se destacó por el conocimiento de tres idiomas: español, patuá y francés. José Caridad, además, viajaba constantemente a España, Curazao, Martinica, Santo Domingo y Haití trayendo noticias de los cambios revolucionarios que acontecían para la época.

Durante dos meses Chirino y sus aliados, los negros Cristóbal Acosta y Juan Bernardo Chiquito, fraguaron la conspiración que se concretó en la noche del 10 de mayo de 1795. La insurrección se anunció a través de un toque de tambor organizado en la hacienda de Macanillas, y esa misma noche se fue extendiendo a otras haciendas vecinas como El Socorro –propiedad de José Tellería, quien durante el asalto resultó muerto- Varón, Sabana y La Magdalena. Algunos blancos fueron asesinados, otros huyeron aterrorizados: el fantasma de Haití rondaba en la mente de muchos.

La rebelión se extendió en los días subsiguientes a otros pueblos y haciendas de la región coriana. El objetivo de los insurrectos era llegar a la ciudad de Coro, pero tenían dos factores en contra: la mala organización y la calidad de las armas que influyeron en la derrota sufrida al llegar a esa ciudad, en donde ya sus habitantes se habían preparado para hacerles frente. En este ataque murieron veinticinco negros y veinticuatro resultaron heridos, los cuales fueron decapitados junto con los prisioneros.

José Leonardo Chirino logró escapar, pero fue capturado tres meses después y llevado a prisión. Luego, fue trasladado a Caracas para ser juzgado por la Real Audiencia, se le abrió un juicio y en diciembre de 1796 fue condenado a muerte por el delito de insurrección. El cadáver fue decapitado y su cabeza expuesta en una jaula para que sirviera de escarmiento a aquellos que comulgaran con estos ideales. De esta manera, Chirino y quienes le siguieron pagaron con su vida la osadía que significaba para la época, pensar en la posibilidad de trastocar el orden establecido a favor de la clase más depauperada de la sociedad colonial.


[email protected]

Esta nota ha sido leída aproximadamente 9421 veces.