-Observando las imágenes de un decomiso de cerveza, en la mañana del 17-03, recordé las palabras del presidente en el Aló del domingo 14, en contra del nefasto tráfico de licores sin ninguna aparente reglamentación, y me vinieron a la memoria otras batallas, todas perdidas por las "autoridades". Si fuera béisbol dijera: Alcaldes, Gobernadores et al, CERO. Licorerías, 24.Todos los innings los han ganado y por paliza. Estas agrupaciones delictivas (no le hacen caso a nadie) han mandado tradicionalmente más que los mismos presidentes. Recuerdo en una ocasión, cuando la estrella de Vielma Mora estaba en lo más alto, que se dolía de no haber podido hacer nada en contra de ellas. "Se comportan como unas mafias", dijo. Se burlan de cualquier legalidad, vendiendo sus productos tan dañinos a cualquier hora del día y de la noche, exceptuando algunas de la mañana, y eso debido al obligado descanso después del trajín nocturno.
Y cuando dicen ley seca, sorpresa, es cuando más venden, sin exagerar en lo más mínimo. Lo hacen por cajas cuando antes lo hacían por unidades, a través de la consabida ventana. ¡Y que espectáculo el frente de las licorerías¡ Guapetones de barrio se codean con educadores, humildes obreros con gerentes, jóvenes imberbes con veteranos cañeros. ¡Ah, eso si es socialismo¡ El mal ejemplo es para todos. Allí se hacen planes de todo tipo, muchos de ellos no muy santos, mientras los transeúntes sortean las botellas tiradas en la acera, o ya vueltas añicos en la calle. Más allá, un parroquiano orina desvergonzadamente, vuelto hacia la pared. Otro lanza encendidos piropos, reñidos con la LOPNA, a una bella adolescente que va por la otra acera. Un tercero, grita vulgaridades a un amigo que pasa en una moto.
De pronto cunde la alarma, hay zozobra, viene una patrulla. Los vecinos, esperanzados, suspiran. Un agente desciende, ante la hostilidad y el silencio general, y llama al dependiente aparte, conversan en voz baja y unos papelitos verdes cambian de mano. Se va el auto policial y todo vuelve a la "normalidad". Así ha sido siempre. Cuando algún alcalde se empeña demasiado en que las licorerías cumplan su horario o no permitan la bebedera frente a ellas, comienza un mecanismo de palancas, presiones, amenazas, pagos ilegales, visitas, todo tan velozmente que ni Fernando Alonzo. Créalo, amigo lector, no pasa un día antes que el funcionario recule. Y si hay un cierre temporal, el vendedor es feliz: debido al "peligro" que supone vender en esas condiciones (por la ventanita), tiene que cobrar algo más, tú sabes. Y misteriosamente, el comprador nunca protesta.
El presidente Chávez desata el huracán de su verbo en muchas ocasiones, pero cual inmenso rompeolas, la corruptocracia camaleónica va convirtiendo ese vendaval en un soplito mientras más se aleja de Miraflores, y a la orilla apenas llega una olita. Nada que no se pueda arreglar por debajo de cuerda. Los responsables de este atentado contra la moral y las buenas costumbres, leerán la noticia que les atañe en el periódico, y con desdén olímpico lo tirarán al cesto de la basura. Y nada pasará. Por ahora.
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