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A la memoria de Higinio Rivero.
Aquel pícaro nuestro, muerto de pura solidaridad.
El libro de Quintín y el enigma psíquico.
De los muchos aspectos deslumbrantes que contiene el libro inédito de Quintín Cortés, ya tantas veces citado por nosotros, resalta la manera como hilvanó lo mas destacado del itinerario vital de Didalco Bolívar desde su penosa llegada, calamitosa y huesuda deberíamos añadir, a la ciudad de Maracay a mediados de la década de los setenta como inicial estudiante de Ciencias Sociales del para entonces Pedagógico, hasta su envidiable actualidad de opulencia, turgencia y molicie con la cual no cesa de regocijarse. Por otra parte hay que subrayar que desde el punto de vista documental estos aspectos del texto constituyen un portento de pulcra selección de hechos probadamente acaecidos; algunos ya olvidados, otros desconocidos, otros brumosos, que en conjunto posibilitan una crónica excepcional en la que invariablemente no cesa el autor de aportar luces sobre los distintos momentos que condicionaron el evolucionar de esa confusa figura, contradictoria y pletórica de increíbles aconteceres, que es Didalco Bolívar.
Sobre la cualidad artística del texto, que en anteriores relatos ya publicados omitimos inexcusablemente, podemos afirmar sumariamente que, desde la perspectiva literaria, ya no es común encontrar un texto tan animado e interesante flanqueado de una estilística tan bien lograda y redonda en la que se puede avistar sin mayores sobresaltos, como un collage fascinante, ecos de la concienzuda y escrutadora disección psicológica de Stefan Zweig, reverberaciones de la filigrana puntillosa de la descriptiva de Marcel Proust y, paradójicamente, reminiscencias de la concisión pasmosa y rotunda de la letra de Borges. Características forjadas por una fuerza sintética que las equilibra y dinamiza y que no es otra que la devenida del admirable talento del autor para no extraviarse en excesos y vacuidades, muy en concordancia con una considerable economía de la inteligencia que le permite sentar una discriminación de temas ajustados a los mas elevados requerimientos de la jerarquización narrativa.
Pero seriamos muy mezquinos si solo advirtiéramos en la taumaturgia del escritor y en su innegable ingenio lo sobresaliente de la obra. Creemos que la presencia de los personajes y sus cualidades es de tal índole que una hipotética prescindencia de estos, como referentes históricos, tal vez nos hubiese dispuesto de una obra muy distinta, una que solo sería bien valorable a los meros fines formales de la literatura, dándonos como resultado un despropósito significante carente de todo vigor vital. A este respecto es preciso destacar, sobre todo, la acertada inclusión de la sorprendente personalidad de Didalco Bolívar, quien con sus improntas psíquicas y con sus mayúsculos giros existenciales le permite, al desarrollo de la obra en general, la presentación de un destino de hartas extravagancias que nunca deja de asombrar al lector y despertar en él las mas curiosas perplejidades.
Quienes hemos tenido la oportunidad de haber sido cercanos a Didalco Bolívar, sabemos que sus rasgos personales constituyen un prodigio de equívocos que nunca deja de turbarnos. Por ejemplo, algunas veces puede estar ante nosotros maravillándonos con una dulzura empalagosa, una tan intensa que es capaz de hacernos figurar el estar en compañía del más afectuoso e indulgente de los seres. Oportunidad en la que igualmente no cesa de brindarnos de unos momentos excepcionales en los cuales una inopinada largueza espiritual y material suya, la mas de las veces, da en concedernos insospechados obsequios que van desde inauditos y audaces halagos hasta estrambóticos bienes de valor. Pero en otras circunstancias, que son más recurrentes, nos podemos topar con un Didalco feroz y agrio, uno que no repara, al encontrarnos, en endilgarnos los peores adjetivos y en levantarnos acusaciones de toda índole que solo es probable suponerlas para con nosotros de nuestros más enconados detractores, obligándonos, a todo evento, a deponer cualquier intento de comunicación con él para salir lo mas rápido posible del ámbito riesgoso de su presencia. Mas en otras ocasiones, que son menos frecuentes, lo podemos encontrar ensimismado y desvalido, ausente de toda perspectiva externa e incapaz de conceder algún tipo de importancia a nuestra presencia; momentos en la que resulta inevitable concedernos en silencio una lejana y piadosa opinión sobre su patética condición, para luego, supinamente, tratar de obviarlo.
Esta apreciable inconsistencia, que no cesa de tipificar al personaje ante propios y extraños, es característica altamente estimada a lo largo del desarrollo del libro de Quintín, con la que abunda en detalles y en circunstancias que hacen de las delicias del lector por lo contrastante de los estados de animo de la personalidad de Didalco y por las curiosidades que esboza. Este peliagudo asunto, exponencialmente propalado, ha sido motivo de no pocas murmuraciones en los mentideros políticos de Aragua, por lo que algunos fatuos enemigos suyos y otros maledicientes de oficio han querido sobreinterpretar tal situación caracterizándola, sin mas, como un síntoma que verifica la reconocible grieta que atraviesa a toda su ascendencia familiar y que los menos discretos no dudan públicamente en conjeturar como del tipo demencial. Pero afortunadamente el texto de Quintín no queda atrapado en tan pedestre observación y prefiere, más allá de las variaciones de la personalidad de Didalco o de sus reconocibles oscilaciones maniaco-depresivas, encontrar aquellos rasgos que se repiten y que lo singularizan, para así concedernos una detallada y reconocible semblanza de su temperamento.
En esta dirección el texto de Quintín Cortés sabe presentar a un Didalco pleno de relevantes peculiaridades. Habla, verbigracia, del insistente agente político que es incapaz de sustraerse a los designios de ese destino y para lo cual la gran mayoría de sus actos diarios se encuentran a ello vinculado. Resalta y detalla, casi de manera microscópica, el desarrollo en él de una notable inteligencia para la conspiración y para la manipulación certera y eficaz, cuyos orígenes psíquicos eventualmente pudieran localizarse en un secreto impío e indecoroso, aún por indagar. Se extiende, no sin elegancia, en describir la infatigable magnitud de su voluntad para lidiar y lograr el triunfo ante las condiciones mas adversas. Escudriña, con avidez, en los recovecos pocos conocidos de sus afecciones espirituales y carnales, reseñando sus presuntas preferencias amatorias, sin amilanarse ante la interferencia de prejuicios o falaces pudores. Recrea, con destacada exactitud y patetismo, esa tendencia de Didalco a desfallecer ante los dictados de un leal alcoholismo que jamás cesa de disimular pero que interiormente lo devasta y atenta contra sus mas caros objetivos.
Pero sobre todo el trabajo de Quintín sabe auscultar ese recorrido personal de Didalco en la que las convicciones políticas e intelectuales del personaje se van, de a poco y constantemente, permeando a las exigencias cada vez mayores de una pragmática para la sobrevivencia y el dominio, en la que termina, como todos sabemos, cautivo de una codicia extrema que es ciega a los requerimientos de cualquier moderación, incluso, tal vez, la que le garantiza su estatus político.
Todos estos aspectos son desarrollados con un esmero y entereza metódica encantadora, ofreciéndonos una óptima semblanza del personaje que solo se ve superada al momento de desarrollar los alcances del atributo más oscuro de la personalidad de Didalco. Atributo que se expresa a propósito de una insaciable e inextinguible sed de venganza que fatalmente aparece una vez que ha determinado a alguien como adversario, y que en el caso de Didalco se convierte invariablemente en una ardua persecución, en un infatigable acecho, cuyo final solo depende de las expectativas que el propio personaje se ha propuesto. Sobre este asunto baste para ejemplificar de manera general tres destacados casos que también son tocados extensamente en el texto de Quintín y que son sobradamente conocidos por la opinión publica aragüeña:
Carlos Tablante: El fraterno benefactor.
Desde que Didalco llegó a Maracay proveniente del Coro natal, por allá a mediados de la década de los setenta, se puso en contacto con la Juventud del MAS, que a la sazón era el partido que ostentaba el mayor atractivo para los jóvenes universitarios. En esos afanes militantes conoció a Carlos Tablante quien fungía como jefe juvenil en Aragua muy a pesar de que no era estudiante de superior. Entre ambos una estrecha amistad pudo desarrollarse a un ritmo acelerado, toda vez que pudieron establecer espontáneamente vínculos de afinidad, tanto por la impetuosidad que los caracterizaba como por la inteligencia que los marcaba. Así juntos y estrechamente comprometidos pudieron desandar lo mejor y más auspicioso de sus inexpertas vidas políticas dentro del MAS.
Muy a pesar de que entre ellos no existía una apreciable diferencia de edad, Carlos Tablante asumió un liderazgo que paternalizó la relación, estableciéndose así una estrecha vinculación de dependencia por parte de Didalco; relación que con mucha astucia pudo aprovechar para sus personales y ulteriores objetivos. De esta manera, mientras la figura política de Carlos Tablante se iba desarrollando a un ritmo acelerado en el Estado Aragua gracias a una inteligente aparición en los medios de comunicación regionales, un taimado Didalco supo elaborar las mejores argucias para beneficiarse del lazo, asunto que llevó a cabo con endiablada perspicacia, pero compelido, insólitamente, por una mortificación que lo devoraba, nacida de sus mas profundas miserias y remotos resentimientos. Así, en la misma medida que sobresalía la figura publica de Tablante, Didalco vislumbraba con nitidez su crecimiento personal, pero sin poder desprenderse de una suerte de envidia genética que lo superaba y que lo obligaba a hurtadillas a ir armando las condiciones para un perentorio advenimiento suyo que tuviera como condición el desmoronamiento de Tablante.
Quintín Cortés, en su libro, logra soberbiamente exponer la ocasión en que Didalco se juró tal despropósito, situándola en aquella liminar ocasión en la que Tablante acudía a departir y llegar a acuerdos en casa de sus futuros mentores mediáticos, por allá en el año 1985 y que el propio Didalco le confesó: “… no podía creérselo Didalco. Era un atroz delirio. Había llegado al colmo de la abyección al obligarse la función de chofer de Tablante en condiciones de estarle vedado su ingreso al sitio de reunión. Ya tenía más de cuatro horas de espera a la puerta de la casa familiar de los Cápriles en El Limón y la noche se adentraba en pura expectación y en creciente bochorno. Al fondo, provenientes de una casona de dimensiones no acordes con las circundantes y que delataba la poca discreción de la familia Cápriles, podía oír Didalco difusamente una cascada de gritos y carcajadas, un raudal de efusiones verbales de exaltación y jolgorio, que se mezclaban abruptamente con tenues melodías de distinto genero que no podía disfrutar y que solo acudían para incrementar su sopor e indignación. Una plaga reiterativa y maligna en conjunción con la espesura húmeda de la calida noche le construyó el infierno suficiente que lo obligó a jurarse, para nunca retractarse, el propiciar la caída estrepitosa de Tablante en pos de su definitiva reivindicación…”
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En verdad que a la luz del presente resulta exagerado lo que Tablante le concedió a Didalco por años enteros, mientras estuvo al frente de la Gobernación; por una parte apreciables recursos para su pleno disfrute y goce, y por otra, las intangibles enseñanzas que en el orden de las ejecutorias políticas le legó. Resulta pues, que Tablante le transmitió los secretos de un preceptor idóneo, unos que trazaban las líneas generales de mayor recurrencia en la política, y cuya fiel observancia le garantizaría, en el peor de los casos, una muy bien proporcionada sobrevivencia en el mundo avieso y escabroso del poder. Le clarificó, cartesianamente, la importancia de tener la anuencia de los sectores poderosos para lograr avanzar en la política. Lo instruyó sobre el papel relevante de los medios de comunicación para posicionarse ante la opinión pública y hacerse de un original capital político. Le vislumbró la nueva manera de hacer política; una ya no fundamentada en las máximas revolucionarias y en la ideología que tanto restringían, sino en una pragmática asentada en las técnicas provenientes de la vanguardia de los saberes sociales. Lo inició en el provecto y siempre valioso arte de la dramatización in extremis, tan particularmente necesario para abrirse paso en la lucha por el poder en la cual el engaño es la única verdad apreciable. Le reveló, acaso en una noche de dilatados y reflexivos alcoholes, la cifra profunda del destino del político, el grado treinta y tres de este, el secreto que a todo político autentica, el cual no era otro que la posesión milagrosa de la fuerza institucional para atesorar al máximo riquezas. Le concedió, incluso, la potestad mayor de estructurar y dominar a sus anchas la organización partidista del MAS Aragua. En fin, Didalco se convirtió en su verdadero lugarteniente y en el aparentemente más leal y eficiente de sus hombres, para lo cual la cuestión perturbadora de quien le sucedería en la Gobernación se encontraba resuelta con él.
En las elecciones para Gobernadores y Alcaldes del año 1995 Didalco obtuvo con facilidad la Gobernación del Estado Aragua y una nueva historia comenzó para muchos. El primero en percibirlo fue el propio Carlos Tablante quien anonadado observó caer, como un castillo de naipes, toda la estructura de poder que le rodeaba y sobre la cual había edificado y sostenido su brillante y fogoso liderazgo regional y nacional. Pudo entonces observar con estupor como sus más serviciales y abnegados funcionarios y colaboradores dejaron de atender sus requerimientos. Pudo percibir impávido como cada día le era más difícil ser escuchado en el partido, perdiendo, aceleradamente, su proverbial capacidad de convocatoria. Pudo apreciar, descorazonado, como sus iniciativas eran permanentemente arruinadas y obstaculizadas por quienes otrora no habían sido sino pura mansedumbre y acatamiento de su voluntad. Con desconcierto vio como su querido, preferido y muy privilegiado subordinado, lideraba la aplicación de tales acciones y decretaba una guerra sin cuartel contra su jefatura e influencias.
Realmente para Didalco no fue del todo difícil derruir el liderazgo partidista de Tablante toda vez que solo utilizó como receta lo que el anterior Gobernador había indiscriminada y neciamente inoculado, y que no era otra cosa que la extensiva y abusada practica clientelar. Un partido como el MAS de Aragua que se constituyó, una vez en el poder, sobre la base de la dación de variopintas prebendas y del crecimiento de una atropellada corrupción, proporcionaba a quien ostentara el poder de la Gobernación una ventaja siempre definitiva para su ascendencia. De esta manera y a una velocidad insólita, que devela la categoría con la que se había conformado la dirigencia partidista del MAS Aragua en los últimos años, un éxodo tumultuoso y unánime fue a parar del lado del nuevo Gobernador, dejando a Tablante en una orfandad partidista que jamás en sus años de euforia gubernamental hubiese podido sospechar.
Pero no le bastó a Didalco tan desproporcionada vileza. Instintivamente reconocía que Tablante podía conferirle una venganza en tiempo mejores, para lo cual actuó con rapidez, desatando con mayor vigor una persecución exhaustiva y sin término que nunca le permitiría a Tablante resurgir. Así Didalco se valió de las más variadas prácticas imaginables; Le infiltró sistemáticamente su ya menguado grupo de leales causando todo tipo de situaciones enojosas. Auspició la delación entre ellos al imponer la deleznable práctica del canje de información por considerables sumas de dinero o contratos, creando simultáneamente un ambiente de desasosiego y apatía en el grupo. Sembró, a través de la cizaña, con inusual presteza, la gratuita tirria y la improcedente sospecha para desarticular aún más la debilitada organización. Propagó, a través de sus agentes tarifados, el miedo y la desazón desolando ampliamente la moral grupal. Inculpó y acobardó a los más fieles con mendaces acusaciones por intermedio de una sometida justicia regional obligándolos a una traición por plazos, etc. Finalmente le infundió a Tablante una serie de derrotas políticas de mediana envergadura que obligaron a este a una rauda y atropellada huida de Aragua, admitiendo con ello su absoluta derrota y auto expulsión.
En la actualidad es del dominio público la desdichada situación de Tablante. Carcomido e infamado por la insistencia de una diabetes ha perdido el entusiasmo que lo caracterizaba y ha devenido mayormente postración. Irreconocible y amnésico alienta formulas políticas que en otros tiempos abominó, por lo que no repara en cortapisas éticas ni ideológicas para arremeter contra la revolución. Habitado de felices recuerdos de cuando ostentaba poder, no depone la idea de volver a ser Gobernador, aún a costa de tener que llegar a reprobables acuerdos con Didalco como ha hecho saber a sus más íntimos.
Casi delirante de tanta ignominia recibida de su antiguo predilecto, actualmente no quiere comprender, o afecta no comprenderlo, que su destino, desde hace muchos años, ya no le pertenece, que este se encuentra a buen resguardo en territorios particulares del Gobernador de Aragua. Muy probablemente en una bóveda inexpugnable de un banco caribeño, o de uno suizo, o sencillamente del nacional BNC, e irónicamente a nombre de alguien que alguna vez sirvió de testaferro suyo.
Así, de manera siniestra y retorcida como le complace a Didalco, es que tiene cautivo al destino de Tablante.
Tulio Cápriles: El señor de los valles.
Si Didalco Bolívar pudo aprender la gran mayoría de sus conocimientos de política a partir de su constante cooperación con Tablante y el permanente roce que ambos mantenían, sus mejores discernimientos sobre los negocios desde el poder no hay duda que le fueron transferidos por los furibundos manejos que a este propósito no ocultaba Tulio Cápriles.
Tulio Cápriles, como todos saben en Aragua, fue un empresario de paterna ascendencia judía quien a principio de la década de los ochenta pudo establecer y posicionar un medio escrito de comunicación regional llamado El Siglo “El matutino de los valles de Aragua”. Diario que pudo copar la escena periodística y pública del Estado y que termino constituyéndose en una herramienta de primer orden para el control y dominio político en la región.
La propiedad de un argumento de tal calibre como este le permitió a Tulio Cápriles desarrollar un ambicioso plan económico fundado en la obtención de múltiples negocios vinculados con el Estado. La aprobación de la Ley que obligaba a la elección directa de Gobernadores y que incrementaba la cantidad de recursos para ser, casi a total discreción, manejados por estos, llamó a tal punto la atención al empresario que se abocó a auspiciar a un candidato estrechamente vinculado a sus intereses y que debía reunir la condición de ser íntegramente controlado a partir de la información emanada desde El Siglo. Como históricamente se conoce este candidato fue Carlos Tablante, quien venía precedido de un inesperado empuje mediático nacional que inmejorablemente lo situaba ante el electorado de la región, y que por añadidura tenía la ventaja de no pertenecer a las ya establecidas mafias de la corrupción de los partidos tradicionales AD Y Copey, lo que no le causaría a Tulio Cápriles tener que competir y tranzarse en negociaciones con otros factores similares.
En esas condiciones y una vez obtenida la Gobernación de Aragua por Carlos Tablante, Tulio Cápriles se dedicó a constituir una ubicua maquinaria de aprovechamiento de fondos públicos de dimensiones nunca antes sospechadas en el Estado, instalando un inédito monopolio encubierto a través de una variedad de empresas que cubrían las más diversas necesidades de la institución. De esta manera se apoderó de los mayores porcentajes de las contrataciones de obras públicas, del total de los suministros, la mayoría de las pólizas, las colocaciones bancarias, el control de los juegos, y cualquier otra actividad que proporcionara fáciles dividendos sin mayores riesgos, creando en poco tiempo una fortuna de dimensiones fenomenales.
Este excepcional poder económico logrado, que tenía un claro origen en la extorsión mediática de El Siglo, se traducía igualmente en una elevada influencia que la familia Cápriles sostenía en el ambiente de la política aragüeña, siendo que no ocurría nada de importancia en el Estado sin antes ser sometido al escrutinio insidioso y gástrico de esta. Didalco pudo entender y asimilar el formidable poder que estos habían acumulado y sin resistencia alguna se dedicó con ahínco a un arduo plan de zalamerías, requiebros y expresiones patéticas de subordinación, que terminaron convenciendo a Tulio y su hermano sobre la procedencia de que fuese él el que continuara la labor iniciada por Tablante al frente de la Gobernación. (Santa palabra de Tulio que hizo que El Siglo se convirtiera, nuevamente, en el factor que decidió el triunfo en la Gobernación, amén, claro está, de la armazón de unas contranaturales alianzas que el propio candidato había logrado, a cambio de relevantes posiciones legislativas, para mayor seguridad.)
La desproporcionada intensidad de la lisonja con la que Didalco sistemáticamente sofocó a Tulio y que finalmente logró convencerlo para que lo asumiera como candidato, ya una vez en el ejercicio poder se transformó en un creciente deseo de venganza y en instinto de aniquilamiento contra este. Veamos al respecto que nos dice Quintín: “No habiendo pasado mas de una semana de haberse instalado como Gobernador del Estado, la sola mención del nombre de Tulio lo indisponía y le evocaba amargos recuerdos. A los pocos meses no hacia sino causarle total repugnancia y solo despertaba en él deseos de vindicación. No soportaba a esa obesa figura de ademanes toscos, de imperiosos razonamientos y de elementales discernimientos políticos tuteándolo, en franca señal de superioridad. Didalco había descifrado como prescindir de él, debía regresarlo al lugar de donde salió y esto ameritaba de armarse de paciencia para que mordiera el anzuelo como buen pez gordo que era. Solo había que esperar el momento…”
Así como pudo engañar a Tablante y execrarlo del poder por intermedio de un buen concebido plan, el intocable, el sacrosanto, Tulio Cápriles también sería victima de la ciclópea codicia de Didalco y su retorcida inteligencia. Su plan no sería expedito pero si irrebatiblemente eficaz. Primero se prepararía para no debilitarse ante la opinión pública, para lo cual se dedicaría a garantizar un aparato comunicacional paralelo que de manera silenciosa iría consolidando y sería capaz de resistir la robusta fuerza de El Siglo para el momento en que la inevitable guerra mediática se iniciara, ello en concordancia con el establecimiento de una estrecha alianza con el victorioso gobierno revolucionario de Chávez. En segundo término se aprovecharía de la anormal paranoia que afectaba a Tulio en cuanto a su seguridad personal para convencerlo de hacerse jefe del instituto policial de Aragua y por tanto funcionario publico, con lo cual podría prepararle la tan ansiada trapisonda final que lo llevaría a tener que enfrentarse, en condiciones totalmente desguarnecidas, con tribunales preparados, acusándolo de haberse beneficiado de dineros del erario regional. En tercer lugar desmantelaría todo el entorno de cooperadores y testaferros con los que contaba Tulio en su descomedida y ramificada organización de aprovechamiento de fondos públicos, mediante el ofrecimiento de inmejorables condiciones económicas y continuada participación. Esto último lo dejaría, luego del golpe, en precarias condiciones de recuperación y en un estado de ánimo lamentable que le impediría un certero contraataque.
Los hechos que se sucedieron no pudieron ser más parecidos a lo planeado. Tulio jamás pensó que alguien tan práctico como Didalco se fuese a desprender de El Siglo, nunca imaginó que sus diligentes agentes lo iban a dejar con tanta facilidad y mucho menos que su amigo Didalco intentaría hacerle preso sin importarle las consecuencias de tales actos. Tulio Cápriles agobiado de despecho, abatido de impotencia y atestado de alcohol para invocar irrealidad, murió victima de un infarto al corazón en la ciudad de Miami donde se encontraba escapando de una orden judicial para su confinamiento, urdida a instancias del mismo poder que durante años disfrutó y tuvo a menos compartirlo.
Tal muerte le economizó a Didalco una persecución extraterritorial que le permitió abocarse plenamente a sus nuevas oportunidades en el mundo temerario de los negocios de trastienda. A partir de la muerte de Tulio el Estado Aragua se permitía el ascenso meteórico de un velado magnate, de un sórdido oficiante de faenas de peculado, que alcanzaría lo insospechable. Didalco inauguraría en los próximos años una inédita manera de llevar al límite la política, fusionando el interés publico y el económico. Identificando Estado y capital, para así crear un engendro de poder sin precedentes, capaz de unificar todos los posibles privilegios en uno solo y situarse insuperable.
El partido del silencio.
Habiendo logrado Didalco obtener el liderazgo absoluto en Aragua y el poder manejar toda posibilidad económica del aparato gubernamental para amplificarla de manera privada, solo le faltaba un asunto por resolver y este estaba referido a la garantía de asegurarse políticamente el futuro, lo que equivalía a tener que diseñar y constituir una organización partidista, en realidad una guardia pretoriana, en la cual su voluntad fuese absolutamente reconocida y en donde el espacio para las disidencias y los desencuentros solo tuviesen lugar como sainetes orquestados a determinados fines.
El MAS era un partido repleto de contradicciones y conformado por una urdimbre ociosa de intereses que permanentemente lo hacía incorregible e ineficaz para las acciones políticas y para su control, por lo cual Didalco se propuso desprenderse de él y crear uno que respondiera más a sus urgencias y a los planes de incrementar su ya desquiciado poder económico.
El bosquejo de un nuevo partido al que terminaron llamando PODEMOS se encontraba prefigurado en esa dirección. Vislumbraba Didalco no una estructura abierta, expuesta a las contingencias de la lucha fraterna y la retroalimentación social, sino una estructura ejecutiva y radicalmente jerárquica que su vez estuviese influenciada por los principios de la gerencia corporativa, capaz de dar respuestas concretas al acelerado ritmo de la política actual predominantemente mediática y evanescente. Así dicha estructura debería deponer todo atavismo proveniente de los partidos tradicionales, tales como ideologías, democracia interna, participación militante, decisiones sobre los aspectos de gobierno, etc. que solo podían servir para crear obstáculos y perturbaciones a la lógica de expansión del aparato Político-económico de Didalco y que retrasaban cualquier iniciativa al respecto. Antes que militantes, prefería funcionarios altamente dependientes de su correspondiente estipendio. Antes que dirigentes con especiales cuotas de poder y con inconfesables aspiraciones, ejecutivos de alta capacidad resolutiva inertes al team de la aspiración política. Antes que intelectuales jueces de lo humano y lo divino, profesionales capacitados y leales dispuestos a solucionar las nuevas improntas del quehacer político. Antes que un partido retrasado por la consulta interna y la participación, uno de jerarquía automática capaz de adecuarse a las premuras de los cambios y los intereses particulares.
Tal proyecto de partido suponía una depuración y selección acelerada para que no se transfirieran del antiguo MAS al nuevo PODEMOS aquellas practicas que entraban en contradicción con los turbios objetivos de Didalco Bolívar. Los nuevos miembros y participantes deberían reunir una serie de condiciones sine qua non que tenían que estar en concordancia con la lógica privada del propietario. Dado el excepcional entusiasmo que la figura principal de la revolución, el Presidente Chávez, despertaba en amplios sectores de las bases del MAS, lo primero que adelantó Didalco a través de sus más leales partidarios fue una razzia destinada a dejar por fuera del nuevo partido a los mas radicales defensores del chavismo, en correspondencia con un plan de mediano plazo para crear aversión al proceso revolucionario y a la figura presidencial.
Tal inactiva fue llevada a cabo con firmeza y a bajo perfil, no sin caer en aberrantes excesos, tal vez de signo ejemplarizantes, muy característicos de los extremos odios profesados en silencio por Didalco, tales como la persecución descomedida y sañuda, desatada contra Segismundo Valdés (mundy), ya señalada en otros artículos, en virtud de sus condiciones profanas que la soberbia del Gobernador no toleraba. Persecución que hasta el día de hoy no cesa y que a lo largos de los últimos años fue interpuesta como un acoso exhaustivo que se inicia con el robo planificado de su única propiedad, (vehiculo), prolongándose con la interferencia velada en sus lugares de trabajo para crear situaciones que indistintamente terminaban en despido, hasta la aplicación desmedida de operaciones de vigilancia de movimientos y otras de amedrentamiento psicológico obrado por algunos desconocidos y por viejos amigos suyos que cedieron a la tentación del dinero.
En los actuales momentos Didalco ha logrado estructurar esa organización deseada, es decir un mínimo de incondicionales que en compensación tienen como atributos una alta fidelidad y competencia, con la que acechan en los espacios de guerra mediática y en la que sin escrúpulos no cesan de favorecer al imperio y al gran capital. Igualmente con esta organización pretende Didalco poder salir airoso de la pugna que adelanta contra la revolución, para así mediante incrementar hasta estadios delirantes sus cotos de dominio.
Sin exagerar creemos que mucho bien se haría el proceso de cambios si lograra comprender la magnitud del peligro que representa este personaje y sus maquinaciones, este personaje y el desaforado poder económico que maneja. Bien valdría la pena, por parte de quienes creemos en la actual revolución, reconocer que estamos en presencia de un fenómeno único de alta peligrosidad sobre la cual hay que actuar de manera diligente y a una velocidad que no le permita a este alarmante enemigo las mejores respuestas.
¿A propósito cual será el próximo perseguido de Didalco Bolívar?
ritakasanas@yahoo.es
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