Ciertos gobernadores y alcaldes echándose aire, y Chávez partiéndose los lomos, ¡qué arrechera!

Ayer Chávez partió al oriente del país y pudo palpar con dolor, una vez más, su querida tierra, de cerca, ahí frente a los males que le aquejan en medio de la tristeza terrible todavía de tantos barrios y comunidades, que parecieran vivir todavía petrificados en la misma miseria de hace décadas.

Cuando el Presidente en su discurso decía que él no entiende por qué  gobernadores o alcaldes no se dedican a crear comunas, mi teléfono comenzó a chillar, a estremecerse; me llamaban de El Vigía, del Valle de Mocotíes, del barrio El Arenal, de Ejido, de los Pueblos del Sur, del páramo de San Rafael de Mucuchíes, y todos eran dirigentes comunales que me rogaban escribiera algo sobre el abandono en que alcaldes y gobernadores tienen a tantas comunidades.

Ante estas revelaciones el pueblo se levanta y toma aliento, y yo vi a la multitud en Barcelona clamar, exigir, rogar porque realmente se le atendiera tantas peticiones que imagino son de larga data, quién sabe ante cuántos clamores mil veces planteados.

En verdad que no hay perdón de Dios de lo que en su momento debió hacerse, y venir ahora uno a darse cuenta, tan tarde, de tantos desquicios que en modo alguno se atendieron.

A uno le indigna esa desidia porque evidentemente vas contra el Presidente Chávez y está claro que si un funcionario, si un individuo que dice llamarse chavista descuidó su función revolucionaria durante cuatro años, es porque nunca ha tenido conciencia de patria. En el fondo es un escuálido.

Y uno siente una profunda arrechera, se nos subleva la sangre cuando vemos a ciertos gobernadores recorrer los poblados en caravanas con carros de lujos (último modelo, Hilux, Burbujas, Four Runners,…) con una nube de guardaespaldas y motos, como en los viejos tiempos adecos o copeyanos. Muchos de esos acompañantes uno los ve con boinas y chalecos rojos, y haciendo el aguaje de que atienden el pueblo cuando lo que hacen es pararse a hablar pendejadas con el pobre ciudadano, prometerles de todo para después (reírse, burlarse) darles las espaldas.

Eso es lo que pasa cuando el Presidente sale de Caracas y choca con esa realidad tan escabrosa, y entonces aparecen sus terribles confesiones, y me viene a la memoria aquel año terrible de 1826 en que Bolívar regresa del Sur y se detiene en Guayaquil, la ciudad aquella que estaban ardiendo con las famosas Actas en las que se pedía se derogara de una buena vez la Constitución de Cúcuta.  Y descubría terriblemente Bolívar que el gobierno que él a fin de cuentas presidía no había hecho nada por la salud del pueblo más que nombrar funcionarios incapaces.

Decía el Libertador:

No veo por todas partes sino disgustos y miseria.

“El Sur de Colombia me ha recibido con ostentación y con júbilo, pero sus arengas son llantos; sus palabras, suspiros; todos se quejan de todo: parece que es un coro de lamentaciones como pudiera haberlo en el Purgatorio. Me aseguran estos habitantes que la contribución directa los arruina, porque no es general sino parcial y porque los indios ya no trabajan, no teniendo contribución que pagar. Mientras tanto la tropa y los empleados están miserables y a la desesperación. No sé cómo no se han levantado todos estos pueblos y soldados al considerar que sus males no vienen de la guerra, sino de las leyes absurdas.

Todos (seguirá diciendo) piden una reforma de empleados inútiles y aún perjudiciales.”

Esto se lo escribía a Francisco de Paula Santander, el vicepresidente sinvergüenza quien como gran burócrata se daba la gran vida en Bogotá, el que se decía bolivariano pero al año siguiente traicionaría al Padre de la Patria.

¡Ay querido Presidente Chávez!, si usted se paseara por los Andes, si usted viera a sus queridos hijos que le idolatran y que están a la buena de Dios por estos montes y estas montañas, cuántas lágrimas derramaría. Por aquí nadie ni milésimamente se parece a usted. Porque aquí muy pocos se conmueven ante la incuria, el abandono y el caos. Por aquí en verdad que no se ve ningún socialismo querido Comandante, sino el vivo que juega garrote, el infiltrado que da miedo.

La indolencia parece que se adueña de todo, los valores del consumismo y del capitalismo son los que se cultivan en muchas Gobernaciones y Alcaldías.

Da al mismo tiempo arrechera y miedo, porque se da uno cuenta de que se ha perdido tanto tiempo, y venir ahora a tratar de remendar el capote es casi imposible.

La purita verdad.

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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