Un documento potencialmente explosivo sobre la 'estrategia mediática' del Ministerio de Defensa para abordar el problema del profesor Kelly apareció de modo misterioso en una bolsa de basura lista para ir al incinerador. El Gobierno Blair ha argumentado que se trata de un 'error sin importancia'.
Los grandes escándalos políticos no suelen responder al pecado original, sino al intento de encubrirlo, y la revelación de que el Ministerio de Defensa trató de incinerar un documento sobre la 'estrategia mediática' en el caso Kelly -el suicidio de un experto en armas de destrucción masiva- ha puesto los pelos de punta a Tony Blair. El primer ministro acaba de batir el récord laborista de permanencia continuada en el poder, pero en los últimos tiempos nada le sale bien.
La alerta roja sonó en la oficina del ministro de Defensa, Geoof Hoon -uno de los principales implicados en la investigación sobre la muerte de David Kelly-, en cuanto el diario conservador 'The Daily Telegraph' salió de la imprenta con la última noticia bomba: papeles relativos a la crisis habían sido encontrados en una bolsa de basura que iba camino del incinerador, y tan sólo se rescataron cuando los guardias de seguridad se percataron de ello y llamaron a la policía.
El Gobierno, ya de por sí entre la espada y la pared en el caso Kelly, tuvo que sacar los cascos, las corazas e incluso el escudo antimisiles para defenderse de lo que considera otro 'ataque injustificado' de la prensa. Su explicación es que no ha habido intento de encubrimiento alguno, sino un 'error tonto', y que los papeles sobre 'estrategia mediática' carecen de mayor importancia.
Pero el juez Lord Hutton, que dirige la investigación sobre el suicidio del profesor, pidió enseguida la entrega del legajo de documentos en cuestión. Y es que la 'estrategia mediática' es precisamente el meollo del 'affaire': por un lado la guerra entre Downing Street y la BBC, y por otro la filtración a la prensa del nombre de David Kelly como el topo que denunció la exageración gubernamental de la amenaza de Saddam Hussein.
El primer ministro Tony Blair y todos los implicados en la muerte del profesor serán convocados a declarar en el transcurso de unas pesquisas que durarán por lo menos hasta Navidad, y de cuyas conclusiones depende la supervivencia -o cuando menos la autoridad moral- del actual Gobierno, el prestigio de la BBC y la naturaleza misma del periodismo en Gran Bretaña.
Es el procedimiento judicial que más interés despierta en este país desde el proceso de extradición de Augusto Pinochet. Un centenar de periodistas se han acreditado para seguir in situ las sesiones en la sala 73 de la High Court del Strand londinense, y muchos otros serán habilitados en una sala adyacente con cámaras en circuito cerrado. El juez, un veterano de setenta años con experiencia en Irlanda del Norte y el escabroso mundo de la inteligencia y el espionaje, ha prometido llegar al fondo de las razones que impulsaron al suicidio a David Kelly, un experto en armas químicas y biológicas que trabajaba para el Ministerio de Defensa británico y había visitado Iraq en innumerables ocasiones.
Entre los llamados a declarar a partir del 11 de agosto figuran el primer ministro Tony Blair, Geoff Hoon (ministro de Defensa), Alastair Campbell (director de comunicaciones de Downing Street), Andrew Gilligan (el reportero de la BBC que habló más explícitamente de la exageración por parte del Gobierno de la amenaza que constituía Saddam), otros periodistas y funcionarios, la viuda, familiares y amigos del fallecido, incluso feligreses de la secta Bathai a la que pertenecía.
David Kelly apareció muerto unos días después de ser identificado con la ayuda del Gobierno -especialmente el Ministerio de Defensa- como el topo que habló con Gilligan y la BBC sobre las exageraciones de la amenaza de Irak para justificar la guerra.
Quizás el Ministerio de Defensa tenga razón y los documentos que iban a ser incinerados carecían de mayor importancia, pero la palabra encubrimiento ha aparecido por primera vez en el caso Kelly. Encubrimiento como el del Watergate, que obligó a Nixon a irse humillado de la Casa Blanca. Y encubrimiento como el del caso Lewinsky, que estuvo a punto de provocar el 'impeachment' de Clinton. Blair confía en que sus funcionarios digan la verdad y la sangre no llegue al río.