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El Metro recorrió Sabaneta
Por: Yesenia Rincón Castellano / Panorama
Fecha de publicación: 11/11/06
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Petrificados por la sorpresa, cientos de transeúntes y conductores vieron pasar, el pasado jueves, el Metro de Maracaibo por la avenida Sabaneta. Fueron dos kilómetros de un recorrido —en prueba técnica del Minfra— que dividió la historia de la ciudad en dos. El equipo de reporteros de PANORAMA abordó, en exclusiva, el vehículo. Aplausos, caravanas y un “yo me quiero montar” en la mirada de muchos acompañó este primer viaje, a la espera de la prueba preoperativa con la presencia del presidente Chávez.

Largas colas de vehículos se formaron en Sabaneta para ver las modernas unidades. Los pobladores se apostaron en las aceras para verlo pasar. Dos kilómetros desde la estación Altos de la Vanega hasta El Varillal, transcurren en tres minutos a baja velocidad.

Algunos maracuchos no resistieron la emoción y se estacionaron para aplaudir y tomar fotos con sus celulares.

Desde el pasillo central de la estación Altos de la Vanega, conocida técnicamente como andén, pude ver este jueves las reacciones de todos los que pasaron por la avenida Sabaneta y vieron por primera vez los trenes en movimiento.

Se trataba de una de las pruebas de funcionamiento del sistema, con personas ajenas a la empresa Metro. Entre esos invitados estuvimos los reporteros de PANORAMA para registrar el hecho histórico en la capital zuliana. Junto con nosotros estaban tres ingenieras supervisoras del Ministerio de Infraestructura (Minfra) y dos representantes de la empresa de Energía Eléctrica (Enelven).

La convocatoria fue para abordar el tren a las 5:00 de la tarde, pero el tiempo pasaba y los empleados con casco, botas de seguridad y radios en mano, iban de un lugar a otro con el paso apurado; mientras nosotros mirábamos ansiosos el túnel que viene desde los patios y talleres de la sede principal de la corporación Metro hasta la primera estación —donde estábamos—, pero finalmente llegó a las 7:00 de la tarde.

Del lado oeste y este de la avenida se formaron colas de carros, todos con las ventanas abajo para ver el tren.

Algunos maracuchos no resistieron la emoción y se estacionaron donde pudieron para bajarse, aplaudir y tomar fotos con sus teléfonos celulares. Otros más apurados, pese a no pararse, hacían sonar las cornetas al ritmo de caravana.

Algunas madres con sus niños tomados de la mano, adolescentes que corrían de un lado a otro, y hasta abuelos, se apostaron en las aceras adyacentes a la estación La Vanega a ver aquel espectáculo de los tres vagones verdes, pulidos de tan nuevos.

Un niño casi a punto de llanto decía a su madre: “¡Yo me quiero montar mami!”. “Pronto mijo, pronto nos montaremos”, respondía la madre.

Al embarcarnos, los asientos estaban todavía forrados con bolsas plásticas y los tubos agarraderos envueltos en malla sintética. Las puertas corredizas cerraron suave, y arrancó.

Un zumbido leve me hizo entender que el tren se deslizaba, pero con tanta sutileza que parecía flotar. ¿Cómo evitar compararlo con un bus de Palo Negro, Balmiro León o Ruta 6?

Una de las supervisoras del Minfra, cayendo en la misma tentación de comparar, se paró en el medio del pasillo y dijo: “Imaginate que ahorita entra un buhonero a vendernos una mano de guineos o uno de esos ‘promotores’ que dicen: ‘Señores no queremos alarmarlos con nuestra presencia, pero aquí venimos a venderle por el sólo precio de mil bolívares estas deliciosas galleticas. Mil bolívares no empobrecen ni enriquecen a nadie...”.

El liviano paso de los vagones contrastaba con el movimiento rápido del paisaje marabino, lleno de distribuidores elevados, postes con cables tendidos, edificios y ranchos.

Pero ese escenario se diluía en mi imaginación para evocar lo que serían los ancestros más lejanos de este transporte: un cuarteto de mulas empujando el tranvía por Los Haticos, a finales del siglo XIX. Luego las locomotoras de vapor, las eléctricas y ya para 1935, la llegada de los primeros carros Ford.

Por el ventanal de vidrio transparente, el saludo de los pobladores de zonas las cercanas a la estación El Varillal me devolvió, de los tiempos donde los caminos eran de arena, hasta los de las vías de asfalto que hoy pisamos.

Al bajar un poco la velocidad por la cercanía de la estación El Varillal, otra de las supervisoras del Minfra, evocando de nuevo los autobuses de la ciudad comentaba: “¿Será que nos paró un fiscal de tránsito?” Y se desbocaron las risas.

De regreso a La Vanega, la ciudad oscureció y se llenó de puntos de luces. Los curiosos seguían alrededor.

Dos kilómetros transcurrieron en apenas tres minutos. Al parar de nuevo en el andén, un hombre de apariencia extranjera, director técnico de Siemens, Laurenz Krause, con un castellano atravesado por el alemán, dijo: “bueno, hemos llegado” y propició un aplauso.

“¿Que tal el viaje”, preguntó desde el lado fuera de la cerca de ciclón de la estación, José Guerrero, un curioso como de 46 años, que dijo vivir en el barrio José Gregorio Hernández. “No se sintieron los huecos de la calles. Ni la eternas colas de la feria y la hora pico. Parece que no estábamos en Maracaibo”, dijo uno de los tripulantes.

Y es que desde adentro la ciudad parece otra: La vía férrea y el tren pasando por la mitad de la avenida Sabaneta, con un fondo parecido a un papel tapiz lleno de edificios que a lo lejos dejaba ver las torres petroleras del centro, dibujando así una nueva Maracaibo, una más desarrollada y moderna.




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