Londres, 10 dic (EFE).- La libertad de expresión, otrora orgullo
de la democracia británica, se ve ahora amenazada por las leyes
promulgadas por el Gobierno de Tony Blair a la sombra de los
atentados terroristas del pasado julio contra esta capital.
Los incidentes se multiplican de modo inquietante, según
denuncian organizaciones de derechos humanos como "Liberty", que
califica de "draconianos" los nuevos poderes de la policía.
Así, el viernes, un pacifista de 56 años que había montado su
campamento de la paz - su saco de dormir y unos carteles de
protesta- frente a las Casas del Parlamento, fue detenido por los
agentes.
Brian Haw, padre de siete hijos, que llevaba cuatro años apostado
en ese lugar las veinticuatro horas del día, fue despertado por unos
agentes, que le acusaron de atentar contra la paz.
"No estoy atentando contra la paz, sino que lucho por ella",
replicó Haw antes de ser conducido a una comisaría. Era la primera vez que el manifestante era detenido desde que un
juez británico estableció su derecho a protestar.
El pasado abril comenzó a aplicarse una nueva medida legal que
exige un permiso policial a todos los manifestantes que quieran
expresar sus protestas dentro de un radio de una milla en torno al
Parlamento.
El juez determinó, sin embargo, que esa legislación no afectaba a
Haw, porque su protesta comenzó antes de que entrara en vigor la
ley.
La acción policial contra un pacifista molesto es sólo un caso
más entre los registrados desde que el primer ministro, Tony Blair,
advirtiera, tras los atentados londinenses, de que "habían cambiado
las reglas del juego".
Esta misma semana, tres ciudadanos han sido acusados en distintos
juzgados británicos de delitos basados en su oposición a la guerra
de Irak.
Maya Evans, de 25 años, ha sido multada por violar la ley
británica sobre "graves crímenes organizados" por leer en voz alta
los nombres de 97 soldados británicos fallecidos en la guerra de
Irak junto al Cenotafio (monumento a los caídos) en el perímetro
prohibido.
Un empresario jubilado, Douglas Barker, de 72 años, socialista de
toda la vida, puede ser condenado a su vez a la cárcel por retener
un diez por ciento de los impuestos que debía al erario público en
protesta por la guerra de Irak.
Barker calcula que un diez por ciento del gasto público va al
Ejército, afirma que pagar esa cantidad violentaba su conciencia ya
que ese dinero se gastaría "ilegalmente en matar a ciudadanos de un
Estado soberano", y se declara dispuesto a ir a la cárcel si hace
falta.
Dos jóvenes, el estudiante de posgrado Kevin Gillan y la
fotógrafa Pennie Quinton, fueron detenidos bajo la acusación de
terrorismo por protestar junto a centenar y medio de personas contra
una feria internacional de armamento celebrada recientemente en
Londres.
John Catt, un pacifista de ochenta años, fue detenido en Brighton
(sur de Inglaterra) bajo la sospecha de terrorismo por llevar una
camiseta en la que reclamaba que se juzgase a los líderes de Estados
Unidos, Gran Bretaña e Israel por crímenes de guerra.
Durante la última conferencia del Partido Laborista, un viejo
afiliado a ese partido, Walter Wolfgang, de 2 años, fue expulsado
por la fuerza de la sala por calificar en voz alta de "tonterías" la
defensa que desde la tribuna estaba haciendo el ministro de
Exteriores, Jack Straw, de la guerra de Irak.
La policía trató de impedirle luego regresar a la sala echando
mano de la nueva legislación antiterrorista, lo que causó un
escándalo nacional, que obligó a la dirección del partido a pedir
disculpas públicamente.
El diario británico "The Indendent" critica hoy que el primer
ministro británico, Tony Blair, trate de justificar una y otra vez
la invasión de Irak con el argumento de que no se les puede negar a
los iraquíes las libertades de las que disfrutan los británicos
mientras él mismo socava en casa esas libertades.
Alentados por el combate que libran los Jueces Lores, la más alta
instancia judicial del Reino Unido, contra la que perciben como
deriva autoritaria del Gobierno, muchos británicos no aceptan la
afirmación de Blair de que desde los atentados terroristas de julio
en Londres, han cambiado las reglas del juego.
Así, nada más salir de comisaría, el pacifista Brian Haw volvió a
su campamento a poca distancia del célebre Big Ben, el reloj cuyo
sonido muchos asocian precisamente con la democracia británica, para
leer los nombres de los caídos del Reino Unido y de muchos iraquíes
muertos en la cada vez más impopular guerra de Irak.