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Madrid, 07 de julio de 2005, GABINETE DE PRENSA EMBAJADA.- Con un discurso que enfatizaba la nueva emancipación que vive Venezuela, la Embajadora Gladys Gutiérrez Alvarado dio inicio a las actividades culturales en Madrid con motivo de la celebración del 194 Aniversario de la Independencia de Venezuela, incluyendo el tradicional homenaje ante la estatua del Libertador Simón Bolívar, en un acto que contó con la presencia de representantes diplomáticos y del Ayuntamiento madrileño.
Adicionalmente, se realizó la Recepción Oficial a la que asistieron connotados miembros del mundo político, académico, diplomático, económico, cultural, sindical y del desarrollo social de España, destacando la presencia de personalidades tales como la Vicepresidenta del Congreso de los Diputados; el Presidente de la Comisión de Asuntos Iberoamericanos del Senado; los presidentes de las comisiones de Política Exterior; de Industria, Comercio y Turismo, y de Justicia del Congreso de los Diputados; el Secretario de Estado de Turismo; el Secretario Federal de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG del PSOE; el Coordinador General de Izquierda Unida, el Secretario General de la Organización Mundial de Turismo y el Delegado de Gobierno de Madrid, junto a un significativo número de embajadores, al igual que una nutrida representación de los colectivos sociales de este país. Con el fin de promocionar los productos venezolanos y el talento nacional, en el evento varias empresas criollas ofrecieron sus muestras gastronómicas y se presentó un conjunto de música llanera que fue el deleite de todos los presentes.
Posteriormente, el 06 de julio se proyectó en la prestigiosa institución cultural Casa de América el largometraje venezolano “Punto y Raya”, ganador en 2004 de los premios Especial del Jurado del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y el Rita a la Mejor Película del Festival Internacional de Cine Latino de Los Ángeles, finalizando las celebraciones el próximo 10 de julio con un evento cultural a realizarse en el Parque Ferial Juan Carlos I, y que contempla, entre otras actividades, la fabricación de instrumentos de juegos tradicionales, así como carreras de sacos, degustación de platos típicos y escenificación de bailes.
A continuación el discurso de la Embajadora Gladys Gutiérrez:
Señoras y Señores:
Quiero agradecer a todos su presencia en este solemne acto, en el que celebramos la aprobación del Acta memorable de nuestra independencia, ocurrida el 05 de julio de 1811.
Hace 194 años, la Capitanía General de Venezuela dio un primer paso que tardó más de 10 años en concretarse, a la manera de la zancada de un gigante.
De ese movimiento forjador, que se alimentó de las luchas inicialmente llevadas a cabo siglos antes de 1811, en los palenques de esclavos y en las tierras interiores venezolanas menos pobladas, auténticos fogonazos de libertad en medio del periodo colonial, y que luego prendieron en el pueblo venezolano tras la proclamación formal que hoy conmemoramos, surgió una noción panamericana más amplia, de unión con otros pueblos, que posteriormente también se transformaron en repúblicas hermanas.
Desde entonces, y como lo hemos demostrado en los últimos 200 años, seguimos siendo un pueblo generoso, desprendido, obstinado una vez tomada una decisión, añorante de sueños, joven de espíritu y lleno de esperanzas, aunque lamentablemente nuestras huellas demuestren que no hemos tenido la oportunidad de ver cumplidos todos nuestros anhelos.
Esta construcción soñada se ha visto interrumpida a lo largo de nuestro devenir por pasiones mezquinas (recordemos a Miranda, traicionado y vilipendiado; a Bolívar desengañado debido al surgimiento de múltiples facciones en las repúblicas recién liberadas; y a Sucre, la joven promesa, el eficiente e incorruptible gerente de la emancipación americana, asesinado en Berruecos a traición por rivales mediocres y sin su estatura moral), es al parecer, tributo de la condición humana: el progreso no se realiza sino a costa de que personas excepcionales rompan los moldes petrificados de la cultura, esa obsesa resistencia a cambiar lo heredado como si de dogmas se tratara. Luego, están los que, al frente de esa cultura, figuran como custodios y beneficiarios de la misma. Han sido siempre, se trate del sector que se trate, los que han defendido su medro, vanidad e impotencia personales dándose a actuar como crucificadores de los pioneros en la emancipación humana.
El hecho de que algunas de nuestras aspiraciones colectivas no se concretasen a lo largo de casi dos siglos nos remite al ejemplo de esos primeros años republicanos. Entonces, como ahora, teníamos el reto de luchar por una nación libre, que, además, fuera próspera.
El posterior devenir de nuestra historia no ha logrado atenuar el sentimiento de proximidad entre nuestras propias vidas y la de nuestros ilustres y rebeldes antepasados, que desde los soldados rasos hasta los próceres son un ejemplo de la lucha ante la adversidad y de persistencia de los sueños, por encima de las circunstanciales dificultades, al haber sido capaces de demostrar, con estoicismo y con tesón la inexorabilidad del éxito de toda empresa colectiva que se base en la unidad de propósitos de todos los integrantes de una nación.
De esta forma, la tarea ulterior, se está construyendo hoy, con el esfuerzo de todas nuestras sangres, de todos nuestros ancestros, de todos nuestros aportes. Los ciudadanos de la República merecemos ganarnos una patria justa y buena, dándole conclusión y recompensa a todas las vidas dedicadas a la causa de la libertad desde hace más de 200 años, ideal que prosigue cabalgando en nuestros sueños colectivos y nuestros anhelos, entonces y ahora.
El desarrollo de la República pasa por ser conscientes de que se requiere de nosotros, como entonces, que la rebeldía se transforme en obras, de tal forma que el espíritu guerrero que llevó la libertad a las más altas cumbres y a las vastedades de América, a las costas y a los rincones recónditos y desolados, olvidados por la autoridad colonial, se transmute en un afán constante de superación, de perfección y de abnegación por el país, aún en la distancia, pues al fin y al cabo se trata de un proyecto imperecedero que habremos de dejarle a los que se queden una vez rebasado nuestro ciclo vital.
Por tanto, el enorme sacrificio que hubo de hacer la población venezolana para independizarse de la metrópolis, esa entrega que según todos los cronistas e historiadores fue la escogencia del ideal antes que la realización de los proyectos vitales que correspondían a la época y al contexto, nos debe motivar para asumir el desafío que representa el desarrollo de nuestra nación, hecho a partes iguales de dignidad y de espíritu de lucha frente a las exigencias que nos plantea la cotidianidad.
Es ése el gran reto de independencia que nos encontramos afrontando hoy día en Venezuela, que requiere pasión, compromiso, trabajo, y ante todo humildad para cumplir los deberes y orgullo al reclamar los derechos. Este reto consiste en hacer viable un proyecto de nación que garantice una igualdad básica e iguales oportunidades a todos los ciudadanos de la República Bolivariana de Venezuela, dejando atrás las carencias sociales y las crónicas inequidades. Se trata de una lucha contra la desesperanza y a favor de la vida, porque sólo así se podrá vencer a la injusticia y a la pobreza.
Así que si los sueños colectivos de inicios del siglo XIX animaron, a través de las ideas de la ilustración, a los espíritus más lúcidos como Bolívar, Miranda y Sucre, a dar un paso iniciático, también es cierto que no se trató de un gesto simbólico y sin consecuencias, sino la primera acción en la lucha por hacer viable un proyecto de nación a partir de lo que entonces era una Capitanía metropolitana, muy importante para la Corona en la medida que se trataba de una jurisdicción exportadora de monocultivos altamente rentables.
Ésta última referencia es de gran importancia para comprender otros aspectos del esfuerzo hacia el desarrollo de nuestra nación que está actualmente en marcha, que constituye en sí mismo nuestra independencia real y objetiva, pues junto al trabajo permanente y constante por el bien común, la meta también es conseguir la autonomía económica, mediante el impulso y asentamiento del aparato productivo. En este sentido, debemos ser conscientes que solamente a través de la diversificación de la economía venezolana, transformando la dinámica monoproductora, mediante una corriente democratizadora de la propiedad y el acceso a los recursos, podremos conseguir una definitiva y real independencia, que refuerce nuestra seguridad y capacidad de decisión en clave nacional y también en el ámbito del concierto de las naciones.
Imaginemos pues que nuestro viaje por el altiplano, por las laderas de los páramos, por las vastas y húmedas llanuras interiores de la América meridional, por las costas escarpadas, grises y azules, los pantanos y las marismas cenagosas y en penumbra, la selva húmeda y expectante, el piedemonte andino con sus hondonadas, las planicies, las cumbres solitarias, junto al esplendor étnico y humano ganado a la libertad por la lucha de las masas idealistas y soñadoras, que en términos mayoritarios y en clave económica, no ganaron nada o casi nada por su recorrido desmesurado, es ahora un viaje más de índole interior, de promoción de valores más que de la trashumancia guerrera a través de miles de kilómetros de distancia del calor del hogar: es la reconstrucción de un espíritu en el que los valores morales tienen un impacto en el entorno, que a su vez se traduce en un deseo colectivo de rescate y reconstrucción del país, del continente soñado, a la manera del paraíso, que es lo que todos tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón al evocar al Abya Yala, al continente suramericano, tanto en la lejanía como en primera persona.
Y es que así como la colaboración de los pueblos de América en su obra emancipadora no fue precisamente un hecho convenido, sino un instinto de patria, con cíclica exactitud los pueblos vuelven a agruparse de manera espontánea como lo hicieron en aquella magna epopeya, pues lo que ocurre de patria a patria ocurre dentro de cada patria.
Es penoso observar que cuando en la actualidad, los gobiernos piden la unificación, algunos piensen que los gobiernos hacen demagogia, cuando la realidad es la defensa de una cultura, de una tierra, de una libertad, del dulce continente.
Es imprescindible e impostergable reafirmar pues, diariamente y en ocasiones especiales como la que hoy compartimos, que nuestra identidad de nación, a veces recóndita e inaccesible para observadores externos que miden realidades sorprendentes e inesperadas con el enfoque de sus propias experiencias nacionales y vitales, con una visión ajena y en ocasiones incomprensiva, es una identidad que se basa en el cambio, somos un pueblo que siempre ha intentado superarse, transmutarse e inventarse, y en ese proceso indudablemente nos encontramos, inventando aquí y ahora las fórmulas para arribar hacia la estabilidad, la felicidad y el bienestar.
Estamos además, por encima de cualquier diferencia, de acuerdo en que el camino es largo, y se hace andando: la enseña es no parar, proseguir la lucha por un adecuado desarrollo humano, compatible con la dignidad y con el respeto a todos los sectores que componen nuestro pueblo, de la misma manera que como colectivo y como individuos pertenecientes a una nación, las ciudadanas y los ciudadanos de Venezuela hemos proseguido viviendo y respirando por encima de las adversidades y los espejismos, por encima de los fracasos circunstanciales y el pesimismo histórico que ha anidado en otras épocas en nuestra sociedad.
Ser por tanto conscientes de la importancia del compromiso de trabajo por la promoción de los valores de la venezolanidad, universales en la medida que lo demuestra la historia y la experiencia, es el propósito renovado de este 05 de julio, de nuestro día nacional. Hoy en Venezuela la materialización de los anhelos ciudadanos implica el ejercicio constante del diálogo, del esfuerzo común, de la participación de todos, y especialmente de las grandes mayorías, antes excluidas de los asuntos públicos, a pesar de ser ellas también las forjadoras, a partir de su sangre y de su entrega, de una patria libre.
Sólo desde esta mirada podrá lograrse que la sucesión de los días sean para nuestros compatriotas y también para nuestros amigos, hoy presentes en esta ocasión, en Venezuela o físicamente lejos de ella, una nueva declaración de independencia, en la que se escuche la voz de los forjadores anónimos de la patria y de los próceres, unidos en el canto al honor, a la dignidad y a la justicia. Muchas gracias.
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