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Carlos Mejía, objetor de conciencia de la guerra contra Irak, acaba de salir de la cárcel. En uno de sus primeros encuentros con la prensa, asegura que la reclusión le sirvió para fortalecer sus convicciones. Ahora piensa concluir su carrera de sicología y seguir colaborando con el movimiento para frenar la guerra: "Oponerme a la política imperialista y aportar mi poquito a la gran comunidad que está en contra de la guerra"
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La resistencia contra la guerra de Irak acaba de dar un nuevo paso con la reciente excarcelación de Camilo Mejía, el cabo de origen nicaragüense que se convirtió el año pasado en el primer objetor de conciencia de la guerra contra Irak.
Pero el conflicto continúa y parece distenderse: mil 500 bajas de este país y otro tanto de soldados amputados, decenas de miles de muertos iraquíes, y una cantidad siempre difícil de medir en los estadunidenses con padecimientos mentales postraumáticos al volver de la guerra.
El soldado, hijo del cantante de izquierda Carlos Mejía Godoy, fue puesto en libertad el pasado 15 de febrero. Eran las cinco de la mañana y hacía frío afuera de la base militar Fort Sill, en Oklahoma, donde Mejía estuvo recluido casi nueve meses. Su madre, Maritza Castillo lo buscaba esa mañana, ansiosa por ver libre a su hijo.
"Fue muy emotivo… No fue una salida normal", declaró Mejía al programa Línea Abierta, de Radio Bilingüe, el pasado 22 de febrero, en relación al encuentro con su madre. "Ellos (el ejército) tomaron medidas para que no fuera muy pública (la salida)", con lo que lograron evadir a la prensa.
"Aprendí muchas cosas", añadió, al referirse al tiempo que pasó recluido. "Fue una lección muy grande, de humildad. Me fui feliz, claro, por salir…, pero también con un poco de tristeza".
"Al principio nadie se me quería acercar", explicó. Lo veían como una celebridad debido a la cobertura que la prensa le dio cuando se declaró como el primer objetor de conciencia en la guerra contra Irak.
Hasta que los demás reos se acostumbraron: "Se dieron cuenta de que era una persona normal y me empezaron a tratar como a un reo común y corriente. Empecé a hacer amistades".
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En el ejército, contó Mejía, encontró "muchas personas en desacuerdo con la guerra", pero no se atrevían a externar su posición por miedo a estropear su carrera, o a ir presos.
"En términos morales (la guerra) me parecía un crimen: ir a atacar a un pueblo inocente, realmente por petróleo", declaró en su oportunidad el ex militar a Masiosare (16 y 30 de mayo de 2004).
La situación se puso peligrosa en Irak mientras peleaba en el frente, "y el cuestionamiento moral cedió paso a la supervivencia. Nos atacaban diario y era muy difícil preocuparse por algo que no fuera sobrevivir".
"Una oposición a una guerra en particular se convierte en una oposición a toda guerra", explica.
Y en las aciagas noches de la prisión, Mejía sostuvo haber pensado mucho sobre la experiencia, "que me ha cambiado de muchas maneras".
"Me dio una lección de humildad… Y en términos de mis convicciones, creo que estas se han fortalecido por haber estado preso".
Sin embargo afirmó que no se sintió preso durante su estancia en Fort Sill. "Estaba en una cárcel, pero con el apoyo de todas las personas. Me sentí muy conectado con la humanidad, que era parte de algo muy grande. Me sentí una persona libre".
Mejía dijo no tener muchos planes de largo plazo. Ahora quiere estar con su hija, Samanta, y prefiere mantener un bajo perfil ante la prensa. "Tengo como dos años de no vivir con ella, ¡la mitad de su vida!".
Además también piensa contactar a los compañeros de su antiguo pelotón.
También quiere concluir su carrera en sicología y seguir colaborando con el movimiento para frenar la guerra: "oponerme a la política imperialista y aportar mi poquito a la gran comunidad que está en contra de la guerra".
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