Caracas 10 de Marzo de 2003-03-09
Ciudadano
Prof. Giuseppe Giannetto
Rector Presidente y demás Miembros del
Consejo Universitario
Universidad Central de Venezuela
Presente.
Tengo a bien dirigirme a ustedes, en la oportunidad de presentar por escrito y a partir de la presente fecha, mi renuncia formal al cargo de Vicerrector Administrativo de la Universidad Central de Venezuela, cargo del cual tomé posesión en fecha 16 de Junio de 2000, según consta en Acta de la misma fecha de Proclamación de las Autoridades electas por el Claustro Universitario en las elecciones realizadas los días 31 de Marzo y 7 de Abril del mismo año.
Casi tres años al frente del Vicerrectorado han significado un extraordinario aprendizaje. Si al comienzo deseaba ver una universidad transformada, ahora estoy convencido de que, más que transformarla, es necesario reinventarla. La búsqueda de un nuevo paradigma para la difusión del saber desde la universidad debe aprovechar la apertura de las puertas que hoy la nueva Constitución de la República Bolivariana nos brinda para la creación de una nueva institucionalidad.
Creo que el futuro de la nación, en ésta hora de cambios y dificultades, dependerá de la capacidad de difusión de un saber que, desde el ámbito universitario, sea capaz de impulsar y consolidar el desarrollo de una verdadera revolución que sacuda las bases estructurales del País.
Sin embargo, el curso que han tomado los últimos acontecimientos nacionales en el seno de las discusiones que se vienen dando a lo interno de nuestra universidad y en especial de su máximo ente de dirección como lo es el Consejo Universitario, ha generado un posicionamiento institucional que, en mi opinión, marcha en dirección contraria al objetivo señalado. Las sesiones ordinarias y extraordinarias del Consejo a menudo se agotan en constantes pronunciamientos e interminables debates que me han obligado a la disidencia permanente y a salvar mi voto en cada comunicado. Mi opinión, casi solitaria, no logra cambiar el curso de la desbocada tendencia a un enfrentamiento institucional que, basado en la falacia de la violación de la autonomía o en el mullido argumento de la intervención, pretende dibujar los acontecimientos que se avecinan.
En el Consejo Universitario, la importante discusión sobre la necesaria transformación que hoy requiere el Alma Mater ha cedido el paso a una acción colegiada que se asemeja más a un partido político de oposición que a la elevada conducta de uno de los más altos Cuerpos universitarios del País. La avalancha de acusaciones, reclamos y comunicados, cada vez más violentos, que se dirigen al Gobierno Nacional, se ha entronizado en el foro de la dirección de la institución. La ira y el sectarismo desatado parece que ya no acepta la disidencia en el seno de ese importante Foro. Aquello de que la Universidad no profesa ni acepta credo social, político o religioso determinado, sino que los estudia todos para ofrecerlos a la libre interpretación del individuo, es un precepto no apreciable en el devenir de esas agotadoras sesiones del Consejo Universitario.
Tampoco la discusión profunda se hace presente. Un Artículo de innegable repercusión en la concepción de la universidad del futuro, como lo es el 103 de la Constitución, jamás tendrá espacio en la vocinglería política en la cual ha se ha transformado nuestro Consejo Universitario. El reto que subyace en lo establecido en ese Artículo 103 de la Constitución, por ejemplo, supera toda nuestra actual capacidad de respuesta en el intento de cumplir con excelencia a lo allí exigido cuando se señala: “Toda persona tiene derecho a una educación integral de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades, sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocaciones y aspiraciones” Hacer que este Artículo responda, cabalmente, a los deseos y aspiraciones de millones de venezolanos, es dar el gran paso para alcanzar la transformación del País. Sin embargo, después de más de 200 años de difusión elitesca y restringida del saber, hoy, en la UCV, no tenemos ni la voluntad política ni la capacidad instalada para responder a este gran reto.
Nunca en nuestra agenda de discusión nos hemos planteado si es necesario reinventarnos para hacer de éste Artículo una verdadera esperanza o si en nuestras manos se perdería la gran oportunidad histórica de la verdadera transformación de la República.
Ni siquiera discutimos si lograr éste objetivo es factible, ya que, después de tantos años de existencia de la UCV, nuestro sistema de educación superior continua basado en un paradigma que en la práctica convierte la generación y difusión del saber y a los profesionales que salen de nuestras aulas en bienes transables en el mercado o en franquicias necesarias para el posicionamiento financiero del egresado en una sociedad donde tener más es más importante que saber más.
Aún cuando la Constitución establece una nueva exigencia en término de los derechos educativos del venezolano, nosotros continuamos operando con una connotación del saber como un producto y no como un medio para potenciar el desarrollo o para el logro de una igualdad y fraternidad humana capaz enriquecer el espíritu y la calidad de la vida.
Tampoco nos ha interesado analizar el impacto que, para el sistema de educación superior, significan los elevados costos de la difusión del saber y, en consecuencia, calidad de finito que ello implica para la prestación del servicio educativo. Todos sabemos que al ser la oferta de un servicio menor a su demanda, surgen las limitaciones a quienes desean accederlo.
La UCV, como el resto de la universidades públicas del País al sufrir las consecuencias de costos crecientes cada vez más difíciles de soportar por el presupuesto educacional público se ve forzada a limitar su oferta (cupos) por la vía de pruebas de actitud académica y promedios de calificaciones cada vez más elevados. Esta circunstancia ha significado el marginamiento y la exclusión de aquellos sectores de la población, conformada mayoritariamente por jóvenes de escasos recursos a quienes, precisamente, el sistema de selección los convierte en víctimas permanentes de esos cupos y promedios.
Esta paradoja que, como sabemos, no puede ser resuelta bajo el esquema actual, ni siquiera eliminando las limitaciones existentes, es una muestra del tipo de discusión que no se está dando en el seno del Consejo Universitario y, desde luego las tímidas discusiones sobre transformación difícilmente concluirán en que un nuevo sistema deberá ser montado con urgencia si realmente queremos una universidad que sea capaz de enfrentar el rumbo creciente de la inequidad educacional y de su impacto sobre la marginalidad social del País.
Como miembro del Consejo Universitario he mantenido y defendido los principios que he considerado más convenientes para la universidad y para el País. La defensa de esos principios en el seno de ese Cuerpo me ha llevado muchas veces a actuar a contracorriente.
Siempre he creído en la necesidad imperiosa de la búsqueda de una nueva universidad. Una universidad capaz de colocar la docencia, la investigación y la extensión al servicio de la promoción del bienestar social, con un saber disponible en forma continua y de por vida, para cualquier nivel de la educación, sin costos ni alcabalas, en condiciones de responder a las necesidades curriculares de cada quien e impulsora de una ética universitaria potenciada con nuevas modalidades de difusión del saber.
La lucha por esta nueva universidad la considero ahora, y más que nunca, imprescindible, pero el sofocante y obcecado ambiente de oposición política que hoy impera en el máximo ente de conducción de nuestra universidad hace imposible que prosperen las nuevas ideas, de manera que la concepción del saber como un recurso de primera necesidad que, como el agua o el oxígeno debe estar disponible para quien sea, donde sea y como sea y sin ninguna limitación distinta al deseo de accederlo, constituye una concepción que difícilmente podrá figurar, como el objetivo fundamental para el desarrollo de una nueva universidad, en las propuestas de un Consejo Universitario que se ha convertido en un ente extraño e indiferente a las verdaderas necesidades de la realidad social del País.
Mi identificación con el proceso de transformaciones nacionales en progreso, ha devenido en constantes confrontaciones durante mi gestión como Vicerrector Administrativo. Cuando en Marzo del 2001 me identifiqué con las exigencias de los estudiantes que usaron la rebelión y la toma como forma de lucha para promover la transformación universitaria, asumí mi responsabilidad ante la avalancha de los votos de censura y pronunciamientos de reclamo incoados en mi contra por varias Facultades. A casi dos años de ésos hechos y ante mi solicitud de amnistía para los bachilleres expulsados por participar en dichas acciones, solo he recibido críticas de quienes solicitando amnistía para militares golpistas y también tomistas de la plaza de Altamira, aún continúan persiguiendo y negándose a discutir el perdón para los estudiantes.
También, había aceptado el bloqueo al esfuerzo realizado durante mi primer año de gestión, en la búsqueda y conformación de un proyecto para el desarrollo de una plataforma tecnológica orientada a la modernización de los sistemas administrativos y docentes de la institución. La incomprensible falta de apoyo para un proyecto de esa naturaleza que, incluso, contaba con el respaldo gubernamental y el financiamiento del Gobierno Chino, finalmente dió al traste con los esfuerzos y los objetivos que, para el logro de la eficacia administrativa me había trazado en ese primer año de gestión.
Igualmente acepté la incomodidad y los riesgos político-administrativos provenientes de la decisión del Rector que, haciendo uso de sus atribuciones legales, procedió en forma autoritaria, a nombrar mis directores y delegar en ellos prerrogativas y atribuciones que corresponden al Vicerrector Administrativo. Con esta acción se inició la configuración de un plan de intervención del Vicerrectorado Administrativo.
Todas las dificultades señaladas las asimilé con estoicismo y bajo la sola intención de perseverar en una infructuosa defensa en el seno del Consejo Universitario, de los proyectos y los principios en los cuales creo, pero lo que no puedo aceptar es convertirme ahora en el foco de ataques e improperios de los que en ese Foro de dirección no han hecho otra cosa que intentar perpetuarse como grupo hegemónico que solo consolida intereses de feudos y que, además, esgrimen la autonomía como si se tratara de un derecho a la inviolabilidad del estatus que usufructúan.
Es ahora, precisamente, convencido como estoy de que nuestra Alma Mater arrecia su enfrentamiento a la dinámica de los cambios en progreso y se orienta en sentido opuesto a los intereses de su pueblo, cuando no puedo continuar cohonestando con mi presencia, el desempeño de una gestión con la cual no es posible avanzar para responder a las urgentes exigencias del ideario social y político que hoy demanda la Nación.
Prof. Manuel Mariña Mûller.
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