El 6 de enero del año pasado, los 70 soldados que llegaron a esta población
a instalarse fueron recibidos con carteles, con discursos calurosos,
pañuelos blancos y con una verbena popular.
El júbilo pueblerino no era tanto por volver a contar con presencia militar,
luego de casi cuatro años de no tenerla, tras un ataque de las Farc que
arrasó con la base de la marina en el 2000.
La alegría en Iscuandé era sobre todo porque en el pelotón recién llegado
había 36 hombres nacidos allí. Eso explicaba la pancarta: 'Bienbenidos
muchachos a su pueblo' (sic) que ondeaba en la plaza principal.
Meses antes, los 36 y otros jóvenes lugareños se habían inscrito en el
programa de soldados campesinos, el proyecto del presidente Uribe para
llevar Fuerza Pública a todos los rincones del país, utilizando gente de la
misma zona en labores de patrullaje e inteligencia, con la ayuda invaluable
de trabajar entre primos, tíos, papás, amigos y conocidos.
En los cuatro meses previos a la llegada, los muchachos tuvieron un intenso
entrenamiento en Coveñas y en Tumaco. No todos aprobaron el curso y más de
uno se tuvo que devolver al pueblo antes. Fue el caso de Didier Zamora,
rechazado por un problema ocular.
Didier no vivió la gloria de ese 6 de enero luminoso de llegada a su pueblo
con uniforme y marcialidad recién estrenada. Sin embargo, también se salvó
de morir ayer en la madrugada en el ataque de las Farc que costó la vida a
14 de sus compañeros.
"Esto ya es en serio -había dicho el teniente Fabián Hernández, comandante
del grupo, a sus nuevos soldados campesinos, cuando el pueblo culminó el
festejo de bienvenida-. Esto ya no es Coveñas ni Tumaco. Aquí el enemigo es
de verdad y está a media hora".
Hernández siempre estuvo preocupado por la seguridad de su comando, que en
realidad era una vieja escuela abandonada de Iscuandé que él y sus hombres
adecuaron como sede de la estación fluvial. Del sitio no quedó casi nada.
Las pipetas de gas de las Farc entraron por el techo de eternit y
destrozaron todo. Allí, uno de los primeros en morir fue el teniente Robert
Prada, quien reemplazó a Hernández hace unos meses, luego de que este fue
enviado a hacer curso para capitán.
Estos dos hombres fueron quienes les enseñaron a los 36 jóvenes campesinos
no solo a disparar, sino también a comer con cubiertos, a bañarse todos los
días y a no chicanear con el fusil y el uniforme delante de las ex novias
del pueblo y de los viejos amigos de la escuela.
También eran quienes mantenían a raya a las mamás de sus soldados que vivían
intentando colarse en el comando a llevarles almuerzo, a preguntar si la
gripa de alguno iba mejor, o a pedirles que dejara ir a los muchachos a
dormir a la casa los días de cumpleaños.