No pocas personas han visto la designación del ciudadano Balbi Cañas —Presidente del Instituto Merideño de Cultura. IMC— como una seña de total desinterés de su parte hacia la cultura. En otras palabras: a nadie —absolutamente a nadie— del medio cultural (entiéndase artistas plásticos, poetas, cineastas, escritores, teatreros, artesanos, músicos, etc.) le he escuchado palabra de satisfacción alguna por dicha designación. A nadie —en estos dos meses desde el nombramiento como Presidente del IMC del señor Balbi Cañas—le he escuchado sentir complacencia ante las primeras actuaciones en el desempeño de su cargo.
Muchas de las personas, entre las que me incluyo, que hoy cuestionan dicha designación, son simpatizantes y seguidores de los más nobles y trascendentales sueños e ideales del proceso bolivariano y han dado apoyo a su gestión de gobierno cuando las circunstancias propias de la vida política lo han ameritado. En particular advierto no tener ningún tipo de tirria, antipatía ni enemistad con el señor Cañas, a quien considero y reconozco su trabajo en la consumación del proyecto político de la revolución en el estado Mérida.
No obstante, siento tener derecho y autoridad al cuestionar como muchos, la capacidad que pueda tener Balbi Cañas para llevar a cabo la exigente y rigurosa labor cultural que anhelamos. Desconozco, señor Gobernador, que lo motivó ni bajo que criterios se decidió confiar las riendas de la cultura al ciudadano Balbi Cañas. La cultura es un asunto de estado y cualquier error en la ejecución de su política significaría un revés irremediable para el proceso revolucionario.
Siendo nuestro estado un reservorio cultural por excelencia, donde conviven algunos de lo más notables escritores, músicos, artesanos, artistas plásticos... del país, no podemos darnos el lujo de experimentar al colocar al frente del Instituto Merideño de Cultura a una persona que —entre otras muchas cosas— hace alarde de su total y absoluto desconocimiento y dominio del quehacer cultural, y que —a decir de muchas personas—ha elegido la arrogancia, la mezquindad y la insolencia para cubrir sus carencias e inocultables limitaciones.
La actitud que ha asumido el ciudadano Balbi Cañas riñe con la razón, la probidad revolucionaria y la inteligencia; como dice una de esas tantas frases atribuidas a Jorge Luis Borges: «Ha obrado con la autoridad que solo la ignorancia confiere». La idea de cultura debe ser entendida tal cual amplia es, y nunca puede encasillarse en la sospecha de sus implicaciones. Entre tantas definiciones formales o huecas de cultura, Kant sostiene que «es la totalidad de los actos y pensamientos del hombre, es el afán cotidiano de dar un sentido a la existencia…», el acervo de lo que el hombre realiza, el conjunto de creaciones valiosas que en el transcurso de los siglos ha realizado y acumulado para satisfacer las necesidades espirituales que tiene, constituyen la cultura. Asumir la cultura con una visión miope de su trascendencia, con un entendimiento enano de su importancia y una profundidad de epidermis, significa confinarla a la indefensión y al fracaso. No puede una persona «gerenciar la cultura» de acuerdo a un entendimiento falaz de lo que es, o pueda creer que es, la cultura. Nada más diré. Advertiré sí, haber sido eco de un gran número de personas que a diario —en las plazas, cafés, librearías, bares y bulevares— disertan sobre el infortunio, en espera de corregir la situación que hoy nos ocupa y preocupa... Y en eso señor Gobernador usted tiene la última palabra.
(*) escritor