ALAI-AMLATINA, 05/03/2003, Buenos Aires.- Todo el año 2002 estuvo
atravesado por las negociaciones del gobierno argentino con el FMI. Las
motivaciones apuntaban a evitar la cesación de pagos de Argentina con los
organismos financieros internacionales y crear las condiciones para normalizar
los pagos con los tenedores de títulos de la deuda externa pública, que habían
entrado en default desde fines de 2001. Se trató de "restablecer la confianza de
los inversores nacionales y extranjeros", tal como destaca finalmente el acuerdo
firmado en Enero del 2003. Los objetivos del acuerdo apuntan a "garantizar
la solidez fiscal, monetaria y bancaria", "restablecer confianza..." y proteger
"derechos contractuales". Está claro que el privilegio de la política
económica legitima el ajuste permanente del presupuesto público, la restricción
monetaria y la defensa del derecho de propiedad para favorecer los negocios de
los inversores. Esto queda enfáticamente establecido al señalar los
componentes principales del programa de transición, es decir, hasta agosto del
2003. Esos componentes se concentran en "mantener el déficit fiscal
federal bajo control"; implementar "pactos bilaterales entre gobierno nacional y
los gobiernos provinciales"; establecer un programa monetario para controlar la
inflación; la preparación de una reforma fiscal de mediano plazo; reestructurar
la deuda; sanear el sistema bancario y asegurar "los derechos de los acreedores,
restableciendo la seguridad jurídica".
Ni una sola palabra con relación a la pobreza, el desempleo, el mercado
interno o la recuperación económica. Todos temas que se agravaron durante
el 2002. El achicamiento del PBI superó el 11% durante el 2002 y abrió el
camino del quinto año de recesión profunda. Las mediciones de la pobreza
(ingresos menores a $716 por mes) alcanzaron el máximo de 57% de la población
con más de 21 millones de personas, de los cuales casi 10 millones son
considerados indigentes (ingresos menores a $220 por mes). Esta última
cifra de indigentes es casi el doble de la existente un año antes. El
desempleo alcanzó el 21,5% de la población económicamente activa y no se
incrementa más por el efecto del Plan Jefes/as de Hogar desempleados que asigna
150 pesos (lejos del índice de indigencia) para casi 2 millones de
personas. De ellos son muy pocos los que realizan prestaciones laborales y
sin embargo impactan disminuyendo los indicadores oficiales de desempleo.
La suma del subempleo proyecta a más del 40% la población económicamente activa
con problemas de empleo. Son indicadores que revelan la crudeza de la
crisis en los sectores sociales subordinados y que explican el porqué de la
continuidad de una recesión que afecta a pequeños y medianos productores y
empresarios, a las economías regionales y a la mayoría de la población
argentina. Pero este no es el problema del FMI, ni de los acreedores externos,
ni de los capitales en el poder.
Objetivos y medidas sugeridas
El objetivo de estabilización económica condena a postergar las cuestiones de
fondo, tales como la reactivación productiva y la distribución del ingreso y la
riqueza. Es más, el acuerdo apuntala las formas de acumulación definidas
en los últimos años y por eso resaltan los esfuerzos para normalizar la
situación de pagos con el exterior. En ese sentido se establece la
renovación de los vencimientos con los organismos financieros internacionales
mientras dure el acuerdo y las condiciones para resolver la reestructuración de
la deuda pública en manos de acreedores privados. Para este fin se ha
designado (con costo) a un banco francés como asesor externo y se mantienen
reuniones con acreedores tendientes a confeccionar un listado de tenedores de
títulos y abriendo camino para una negociación que flexibilice las exigencias en
materia de tasas, garantía y plazos. Un verdadero plan de pago que
compromete las posibilidades presupuestarias de abordar las demandas crecientes
de la sociedad perjudicada por las políticas favorecedoras de la concentración
capitalista.
Por eso es que el memorándum insiste en fortalecer la recaudación. Se
puede afirmar que el Estado requiere fuerte recaudación para asegurar el
superávit que permita la compra de divisas para cancelar compromisos
externos. Ese es el fundamento de la restitución del 21% como alícuota del
IVA desde mediados de enero de 2002 y de la eliminación de las ventajas fiscales
establecidas en los "planes de competitividad" constituidos a mediados del 2001
para intentar reactivar la producción local. Incluye un paquete de
reformas tributarias que acerquen fondos al fisco y entre otros aspectos incluye
a las cooperativas y fundaciones como sujetos del impuesto a las
ganancias. Es sabido que son organizaciones no lucrativas y por lo tanto
no sujetos al impuesto. Sin embargo, el espíritu recaudador impreso en el
acuerdo reinstala una vieja aspiración del capital lucrativo para afectar los
ingresos del sector solidario de la economía.
Pero también se confirma la política de restricción del gasto público y que
entre otros aspectos niega el "reintegro del recorte salarial y jubilatorio del
13%, ordenado judicialmente e implementado entre julio 2001 y diciembre de
2002", el que "se realizará a través de bonos que no amortizarán durante el
2003." Es interesante resaltar que en materia de gasto, el acuerdo con el FMI
privilegia "recursos suficientes" para pagar la deuda y otros bonos del primer
programa de canje de depósitos bancarios; los bonos compensatorios a la banca
por la pesificación asimétrica y los pagos de los bancos por amparos judiciales
(tema actualmente en discusión y que involucra unos 2.800 millones de dólares) y
las obligaciones con el FMI, BM y BID. Queda claro aquí que una de las
preocupaciones centrales del FMI es restablecer las condiciones de
funcionamiento del sistema financiero, el que se redujo a un 20% del volumen de
negocios a comienzos del 2001. De 90.000 millones de pesos equivalentes a
dólares administrados como depósitos en febrero de 2001, la cifra se redujo a
58.000 millones de pesos, aproximadamente unos 18.000 millones de dólares a
enero de 2003. Esa es la razón de la importancia asignada en el acuerdo
con el FMI a la reestructuración de la banca y que apunta a modificar la ley de
entidades financieras para potenciar su objetivo concentrador instalado en
origen en 1977 durante la gestión de Martínez de Hoz bajo el gobierno militar
genocida.
El acuerdo promueve las facilidades para la transferencia de activos entre
bancos y favorece una legislación de la inmunidad (impunidad) para los
funcionarios del BCRA que intervengan en el proceso de fusiones y
reestructuraciones bancarias. Se prevé "limitar la capacidad del Poder
Judicial para anular decisiones del BCRA sobre transferencias de activos a
terceros". Está previsto que el BCRA redefina los capitales mínimos
necesarios antes del cambio de gobierno en mayo próximo en base a proyecciones
de negocios que los bancos debieron entregar a fines de febrero pasado.
Expresamente alude a que "Se está comenzando con la reforma de los tres bancos
públicos principales", el Banco de la Nación, el de la Provincia de Buenos Aires
y el de la Ciudad de Buenos Aires. En ese sentido se alude al
"mejoramiento del desempeño operativo", el "fortalecimiento de la gestión" y el
futuro estratégico incluyendo "decisiones sobre capitalización a través de la
emisión pública de acciones". Este es el camino de la privatización
parcial que acumule en el sentido de la privatización total de la banca
pública.
Sin dudas que el acuerdo entre el gobierno y el FMI le da sustento a la
pretendida recuperación del ciclo de negocios del poder económico, ya que además
del privilegio a inversores, acreedores externos y bancos, el memorándum
inscribe las reivindicaciones de las empresas privatizadas de servicios públicos
para "reemplazar los controles de precios y tarifas actuales" y facilitar "la
reestructuración de las deudas por parte de las empresas prestadoras". No
debemos olvidar que las privatizadas demandan intervención pública para atender
sus préstamos en el exterior, muchos de los cuales están en cesación de pagos y
reclaman fuertes ajustes tarifarios que el FMI sintetizó en una demanda por el
30% promedio y que hoy están impedidos por imperio de la convergencia de la ley
de emergencia, el accionar de la justicia y la resistencia de los usuarios.
¿Qué queda para el próximo gobierno?
Dice el acuerdo que "El programa de transición sentará las bases para un
programa más integral de reformas fundamentales que se desarrollará después de
las elecciones y que es necesario para hacer frente a los profundos problemas
estructurales que enfrenta la Argentina". Es un anticipo de lo que se
viene. Debemos recordar que en la segunda presidencia de Menem (1995-1999)
y en la de De la Rúa (1999- 2001) se hablaba de la "reforma en la reforma"
aludiendo a las reformas de segunda generación que es necesario aplicar en la
Argentina. Es el discurso que instalaron los organismos internacionales
luego de realizadas las reformas de primera generación, en general centradas en
las privatizaciones de empresas públicas. Ahora se trata de abordar
reformas laborales que legalicen la flexibilidad y la reducción salarial y
eliminación de las prácticas jurídicas de protección de los derechos de los
trabajadores. Pero también avanzar en las reformas de salud, educación y
previsión social que consoliden una orientación al mercado de categorías
consagradas como derechos sociales y económicos. Se trata también de
avanzar en una reforma de la justicia para satisfacer la demanda por una mayor
celeridad y seguridad jurídica a favor de los inversores privados.
Es el mensaje que intentan instalar los organismos, incluso ensayando una
autocrítica ante el fracaso de las políticas derivadas del Consenso de
Washington en los años 90 y en toda América Latina y el Caribe. Esa
autocrítica se escuchó en V Encuentro de Economistas sobre la Globalización y
Problemas del Desarrollo que se llevó adelante en La Habana entre el 10 y el 14
de febrero de 2003. Habría habido errores en la aplicación de las
políticas, dicen, y por eso se justifican las reformas en la reforma. Con
ello se manipula un consenso crítico que emerge contra las políticas económicas
hegemónicas y se deja por sentado que la reforma estructural orientada al
mercado es una realidad insoslayable y que ahora se trata de avanzar en otras
áreas a mercantilizar. En ese camino se pretende condicionar al gobierno
emergente de las elecciones de abril y mayo de 2003. El objetivo implícito
parte de naturalizar el ajuste y retomar los pagos a los acreedores externos,
conteniendo la conflictividad social con asistencialismo (plan jefes/as) y al
mismo tiempo generar oportunidades de negocios para el capital dominante
restableciendo la capacidad de tomar créditos externos del Estado
Nacional. Claro que el gran interrogante a formularse es si la sociedad
argentina y especialmente los sectores que protagonizan la resistencia con más
énfasis favorecerán dicho escenario. La historia reciente indica un
probable desarrollo inestable de los acontecimientos con dificultades serias
para hacer gobernable el capitalismo argentino, por lo menos, en el corto
plazo.
En ese sentido es mucho lo que puede pensarse en tanto prácticas sociales,
económicas, culturales y políticas alternativas que habiliten a pensar un futuro
cercano en términos antagónicos a los que suponen las clases dominantes en el
poder, el gobierno, los partidos tradicionales y sus desgajamientos a derecha e
izquierda y el capital transnacional, el FMI y demás organismos multilaterales
de crédito. El interrogante a develar de la multiplicidad de incógnitas
que revela el presente de la Argentina señala dos caminos posibles a
transitar. Uno marca el sendero de la continuidad y profundización de las
regresivas reformas. El otro convoca a pensar creativamente la
construcción de iniciativas y proyectos integrales que sustenten una perspectiva
alternativa, anticapitalista, de soluciones populares e integración
latinoamericana y caribeña que proyecte otra mundialización, que defina una
ofensiva por la nueva sociedad que muchos reivindicamos socialista. Dicho
ello más allá de las múltiples mediaciones culturales y políticas a transitar
para su materialización, pero en la convicción de que nada será posible si la
sociedad no se propone desafíos que superen la frontera estrecha de la coyuntura
y confronte contra el poder de la guerra y la depredación global que en estos
días propone el capital.
Buenos Aires, marzo de 2003
(*) Julio C. Gambina, Profesor Titular de Economía Política de la
Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Presidente de la
Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP (adherida a
CLACSO). Miembro del Consejo Académico de ATTAC-Argentina. Director
del Centro de Estudios de la Federación Judicial Argentina, CEFJA (adherido a la
CTA). Director del Instituto de la Cooperación.