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Lisha, la maga bolivariana
Por: Juventud Rebelde
Fecha de publicación: 17/01/05
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Foto: Jorge Luis Baños
Los alumnos en el aula estaban ansiosos. Era evidente la felicidad ilimitada de aquellas personas mayores que al fin habían logrado el sueño prohibido en muchos años. Se miraban con curiosidad. Todos querían saber qué número de magia se había reservado la maestra para el día de graduación.

Ella, como lo hizo en los 35 encuentros anteriores, se asomó al aula con aquella sonrisa amiga que alegraba al más apesadumbrado de sus 16 participantes. “Traje algo fascinante para ustedes, pero lo dejaremos para el final”, les adelantó para suscitar la motivación.

Elizabeth González Veitía es una educadora venezolana de vocación y de alma. Invitada permanente al Congreso Internacional de magia Ánfora, con sede cada año en Las Tunas. Una mujer tierna que se conduce de manera fácil y permite respirar a gusto en su entorno. Ha trabajado en todos los niveles de enseñanza. Hace no mucho tiempo pensó en jubilarse de la docencia para dedicarse al arte de la magia. En medio de esa incertidumbre estaba cuando escuchó la convocatoria del presidente Hugo Chávez, quien solicitaba la contribución de muchos venezolanos para alfabetizar a cientos de miles de compatriotas.

“Respondí al llamado y organicé el ambiente (el aula), primero en mi casa y luego en la unidad ecológica Santísima Trinidad. Pocos días después comencé a trabajar como facilitadora de la parroquia San José.

“En mi vida he tenido dos misiones: educar y ser artista. Estudié danza, teatro, pintura, y luego magia, considerada la reina de las artes. Pero creo que la ciencia de enseñar es el más noble y bello de todos los oficios”.

—¿No crees que esta experiencia haya modificado tu decisión de jubilarte?

—Bueno, de hecho lo logró. Creo que es apasionante eso de enseñar a escribir y leer a personas que ya habían desistido de aprender. Después de todo, como dice Silvio Rodríguez, saber no puede ser lujo. ¡Hay que ver cómo se sienten! Es mucha la alegría. Son adultos que cambiaron para siempre.

—Eso de poner la magia en función del aprendizaje, ¿es método pedagógico, manía o superstición?

—Creo que se trata de una práctica utilitaria que ayuda al desarrollo de habilidades y capacidades intelectuales. Contribuye además a eliminar los rasgos de timidez, ayuda a relajar. Ellos llegan al aula con muchos problemas a cuestas. A esa edad la gente tiene diversas preocupaciones de las que no pueden sustraerse. Les pongo música de fondo, los invito a cerrar los ojos, a concebir cosas con las manos. Al final quedan nuevecitos y empezamos a trabajar.

“Hubo una chica de 26 años que había dejado de estudiar porque en tercer grado una maestra la regañaba y hasta le pegó. El día que vino al aula lo hizo acompañada de su mamá. Ciertamente estaba renuente. Vienes el primer día y si te gusta, te quedas. Aquí sobra amor, le dije. Fue de las mejores alumnas”.

—Cuénteme más sobre ese método tan novedoso de enseñanza, y de los efectos mágicos.

—Surgió porque en las clases notaba que a algunos les costaba trabajo retener las cosas. Era algo como para preocuparse. Entonces pensé en adaptar los distintos efectos mágicos a las clases. Más que una maestra propiamente dicho, quería ser una animadora.

“Por ejemplo, para enseñar la letra número 6 (se refiere a la letra L), lección en que la palabra clave es ala y la frase es ‘el ala de la paloma’, inventé unas cintas tricolores, con un show como fondo musical. Muevo las cintas y aparece una paloma blanca.

“Aprovecho ese efecto para referirme al color de la bandera venezolana y hablar de la paloma. Eso los motiva a participar. Al principio llegan mudos pero luego no hay quien los calle”.

—¿Cuál es tu número mágico favorito?

—Precisamente el de la Cintas Palomas. Me ha traído muchas cosas buenas y varios premios internacionales. Aunque a decir verdad, lo mejor que me ha sucedido en el arte de la magia es haber podido contribuir a alfabetizar a decenas de compatriotas. Ya no me llaman por mi nombre artístico: Lisha, la Dama de la Magia. Ahora me dicen la Maga bolivariana.

—¿Y por fin qué pasó el día de la graduación?

—La sorpresa residía en un cuaderno gigante en cuya portada aparece la efigie de Simón Rodríguez. Al abrirlo, todas sus páginas se muestran en blanco, en recordación de cómo estaban ellos al entrar por vez primera al aula. Después los invito a recordar los primeros trazos aprendidos y desde sus asientos dibujan en el aire (líneas, círculos, las vocales con sus números) y escriben la frase “Yo sí puedo”.

“Les pido entonces hacer unos pases mágicos, y a continuación les muestro de nuevo el cuaderno, pero ahora con las páginas impregnadas de lo realizado por ellos a lo largo del curso, hasta lograr la letra cursiva.

“Por último cierro el libro, hago un toque mágico y pueden leer: ‘Todo esto fue posible gracias a la Misión Robinson’, y se ven de nuevo las páginas con momentos muy gratos y la frase ‘Todo el poder es para el pueblo’. En la contraportada emergen las fotos de Chávez y Fidel, quienes son los verdaderos magos de esta gran batalla que los venezolanos hemos librado contra la ignorancia”.


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