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PENINSULA DE PARAGUANA, Venezuela, Ene 8 (AFP) - Cuatro años después de su jubilación, Iván Hernández de León volvió a encontrar su sillón y los muebles de su oficina de director del más grande centro de refinación de petróleo del mundo, en la península de Paraguaná, a 600 km al oeste de Caracas.
Alí Rodríguez, el presidente de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), la principal empresa del país, "me telefoneó" cuando decidieron despedir a los directivos de la empresa que lanzaron la huelga contra el presidente Hugo Chávez el 2 de diciembre. Treinta y cinco ejecutivos fueron despedidos en Paraguaná, precisó.
Después de reflexionar, "acepté, porque tengo un amor muy fuerte por esta empresa, porque vengo de un medio desfavorecido y por principio moral", dijo Hernández de León durante una entrevista. Tiene la sonrisa en los labios, como si su retiro el 1 de diciembre de 1998 lo hubiera llevado al aburrimiento después de 42 años de servicio en la industria petrolera.
A los 62 años, con seis hijos y 14 nietos, es un personaje emblemático en PDVSA. Consagró su vida a la empresa.
Iván Hernández entró en 1957 como obrero en la refinería de Amuay que, con la de Cardon, constituye el centro de refinación. Escaló uno a uno los peldaños con estudios pagados por la empresa, asumiendo también funciones en Estados Unidos, hasta su nombramiento como director general en 1997.
Con su retorno, su tranquilidad familiar también fue perturbada. "Ya tuve 21 conciertos de cacerolas delante de mi casa", dice.
No es el único que regresó. Otros 50 jubilados, básicamente especialistas, volvieron a trabajar en Paraguaná. Están allí para intentar reanudar las operaciones del centro y reemplazar a los técnicos que no vienen a trabajar.
Según Jesús, un empleado de la refinería, únicamente 350 de los 900 ejecutivos y especialistas concurren a trabajar actualmente.
Con sus 2.000 empleados, el centro es capaz de producir más de 900.000 barriles diarios. Hoy no produce nada, constata su director, pero por razones técnicas que se reducen a una palabra: el gas, necesario para el funcionamiento, no llega.
A la espera del precioso combustible, Iván Hernández, quiere dedicarse a restablecer la confianza a través del diálogo en una empresa en la que el personal está violentamente dividido, a imagen y semejanza de Venezuela.
"Eramos una gran familia", sostiene. La atmósfera está "podrida", comenta por su parte un técnico, que informa de las amenazas telefónicas que recibe.
El único reproche que le hace a los huelguistas es el de haber detenido la empresa sin aplicar las normas técnicas y los procedimientos de seguridad, lo que determinó la solidificación de azufre y asfalto en los ductos y las cisternas.
"No debe haber impunidad en este país", dice, pero si hubo delitos corresponderá a los tribunales hacer su trabajo sobre la base de informes precisos para no cometer ninguna injusticia, explica.
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