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Me despierto temprano y para evitar cualquier discusión con la asociación de vecinos de Macaracuay decido irme a pie hasta el metro. Salgo de la casa, la mañana está fría, ayer me di cuenta que los vidrios del carro estaban todos empañados, hoy el frío es más evidente, una gruesa capa de neblina bajó hasta la placita frente a la casa, esa especie de tejido blanco se cuela entre las ramas de los árboles y le da a la caminata un aire nostálgico, hacía muchos años que la neblina no se tomaba la molestia de bajar.
Hace unos día mi hermana me dijo que cuando me sintiera cansado por lo tensión del país viera hacia el cielo, es nuevo, es azul como antes me dijo. Quizás ese cielo nuevo trajo la neblina.
Bajo por la fuerte pendiente de la principal, un grupo de personas viene subiendo con dificultad, mis vecinos se sumaron al paro, pero el personal de sus casas, (inclusive en días de trancazo) tienen que ir a trabajar. Mientras ellos hacen sus protestas frente a los televisores las personas que les hacen todo tienen que sumar a su jornada de trabajo la pendiente de la principal.
La tranca es frente a la bomba, hay mas carros que gente. Los carros son de lujo, ni siquiera son tantos y les quedó una calle sin trancar, pagó uno de los árboles. Mientras paso, las ramas en el piso se comienzan a morir, sobre las ramas un par de señoras están molestas por la poca convocatoria, dicen que por las noches salen muchas más personas.
No tengo que llegar hasta el metro, una camioneta por puesto me salva y me ayuda en el final del recorrido, cuando la camioneta se detiene en la parada final, un hombre joven que va sentado en la parte de atrás dice: “el último que se baje es chavista” varios reímos con él y tratamos de quedarnos de últimos, uno solo gana, conforme nos acercamos al metro la presión se va disolviendo, estamos a punto de entrar a las entrañas del país real.
Bajo la escalera mecánica hacia el anden, nunca me alegró verlo repleto, la noche anterior la televisión se regodeaba diciendo que el metro se sumaría al paro. Todos los que estábamos ahí, habíamos vencido la desinformación y el miedo, seguíamos con nuestras vidas normales.
Pasaron dos trenes full. Tuve que irme en sentido contrario hacia Palo Verde y regresarme. Les vi bien las caras a los que estaban conmigo en el vagón, estaba orgulloso de ellos, nuestros nombres no saldrían nunca en ninguna parte pero allí estábamos... sosteniendo.
El metro es un buen lugar para pensar, tenía más de diez años que no me veía forzado a caminar para salir de la casa, la última vez que lo tuve que hacer no fue por decisión de mis vecinos, en aquella oportunidad fue por el toque de queda después del 27 de febrero , mientras en el oeste el ejercito asesinaba más de 4000 personas, en Macaracuay no había transporte. En esa oportunidad salí para poder ver a mi novia de la adolescencia, mis hormonas no entendían de toques de queda.
Más de diez años después caminé la misma ruta bajo un nuevo cielo y sobre una nueva republica, ya yo no soy el mismo... pero la razón si.
La revolución es un acto de amor.
José Antonio Varela
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