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—¿En qué está la OEA actualmente, cuál es su futuro?
—La OEA es una organización que se está convirtiendo en irrelevante, no tiene poder político, no está en capacidad de resolver problemas, hay una práctica de consensos que hace difícil llegar a acuerdos por la vía más democrática, que es la del voto, si se practicara el voto, que puede suceder en cualquier momento, hay muchos países bajo influencias superiores que podrían inclinar su voto hacia causas que no creo sean las de la OEA, en todo caso el organismo responde a un panamericanismo que es “monroista” y no es bolivariano.
—En ese escenario, al margen de las críticas del Gobierno venezolano, podrían asomar el retiro de Venezuela de la OEA como una opción?
—Eso no está planteado por los momentos. La manera como evolucione dependerá mucho de la propia OEA. En todo caso, en la medida que se torne más irrelevante, también será más irrelevante la presencia de algunos países en la organización, pero, tiene su parte útil, es caja de resonancia y es un lugar en el que podemos debatir con una influencia bien importante.
—¿ Y cómo anda la Unsaur?, que ha terminado resolviendo problemas generados en la misma OEA
—Está en una etapa de crecimiento, de éxito, de vigorización, de fortalecimiento, de apuntalamiento y, además, de acumulación de soluciones de casos y de hechos de utilidad comprobada.
El tema, por ejemplo, de la crisis entre Venezuela y Colombia, es un buen ejemplo de cómo puede funcionar una organización donde, al principio el Gobierno de Uribe se sentía muy incómodo y ahora parece que el Gobierno de Santos, que se está comportando como un estadista, puede considerarlo como un buen espacio de diálogo.
Más allá de los temas bilaterales que estamos arreglando directamente, lo de Santa Marta, fue algo espectacular, desde el punto de vista diplomático, eso fue un espectáculo diplomático. Allí se derrumbaron todas las expectativas negativas, los uribistas salieron entristecidos cuando no derrotados, porque de la noche a la mañana, en tres días para ser concretos, la crisis provocada por el Gobierno de Uribe se revirtió por un acuerdo con el nuevo Presidente que, evidentemente, no tiene intención de ser fotocopia de nadie y el presidente Chávez que tiene inmensa capacidad, no solamente como estadista, sino para no dejarse llevar por elementos subjetivos como el rencor porque eso no se aplica en diplomacia.
—En todo caso, ¿alcanza el cambio de formas con Colombia para encausar la relación?
—Creo que se están produciendo cambios de fondo. Comenzamos por las formas, pero la solución de Santa Marta no fue de forma, fue de fondo, porque no hay nada más sustancioso que una reconciliación entre dos países que habían roto relaciones diplomáticas, allí las motivaciones fueron de fondo: Los intereses comunes, que van desde lo político, la materia de seguridad, hasta lo comercial.
—Tras haber sido embajador ante Colombia, ¿se anima usted a darle algún consejo al nuevo embajador, Iván Rincón?
—Iván Rincón es un veterano, además tiene la condición de maracucho que eso ayuda mucho (...) Eso le permite una sensibilidad especial, es un jurista de primer orden en una país donde los juristas, los legalistas y los leguleyos están en primera línea de combate en muchas ocasiones. Aparte es un hombre con un sentido de equilibrio, moderado, de frontera, personalmente creo que es una gran designación.
Además, tiene una experiencia acumulada en el lugar de la más refinada, sutil y cuidadosa diplomacia, bimilenaria, como es El Vaticano. La Santa Sede es una academia diplomática.
—¿Entonces después de El Vaticano, Bogotá será un paseo para el doctor Rincón?
—Bogotá jamás será un paseo. La verdad es que Colombia como destino es extraordinario. Le hago una confesión personal, la única vez en mi vida que solicité una embajada fue la de Bogotá. Me parece que un diplomático venezolano tiene que pasar por Bogotá.
—Hablando de diplomáticos, ¿qué le pasó a Larry Palmer?
—Lo que hizo no lo hace un diplomático (...) La publicación de la interpelación hecha al señor Palmer debió haber sido guardada en estricto secreto porque esas cosas se pueden decir con garantía de secreto.
—Pero fue un republicano el que le hizo la entrevista (...)
—Sí, un republicano, pero el más moderado de todos, supuestamente progresista como el senador Richard Lugar y la publicación de eso es una provocación tanto al Gobierno de Venezuela como al de EE UU, lo que no sé es cuánto tendrá el Departamento de Estado metidas sus manos en este asunto y ahora esperan y presionan, le dimos el beneplácito, pero las opiniones que dio, repito, no las da un diplomático.
—Lo cierto es que en la página del mismo Lugar (Richard, senador) aparecieron las declaraciones de Palmer, ¿pareciera que hubo una intención en todo?
—Tiene toda la razón. El Departamento de Estado todavía está funcionando con la política exterior de Bush. Hablo tanto de lineamiento de política, como de personal, allí ha habido pocos cambios, el sentimiento antivenezolano y antichavista es muy fuerte. (...) Estamos preparados para muchos años de enfrentamiento con el imperio, siguiendo la política de Bush a lo largo de la gestión demócrata.
—Al margen del escenario internacional, ¿el 26-S qué está en juego?
—La continuación de un proceso democrático que lleva a la justicia social, con la inclusión permanente de los excluidos gozando de los beneficios y de todos los derechos que concede un Estado social de derecho como es el venezolano.
Además hay otra cosa, una vez más estamos enfrentado a una oposición que siempre tiene un plan B, pero son muy incompetentes y son cortoplacistas (...).
Para nosotros es muy difícil una oposición de este tipo, no han salido del plan B, por ahí anda Ramos Allup amenazando con castigar al Presidente de la República, de aplicarle su merecido y el señor Hermán Escarrá habla de la marcha sin retorno, volvemos a lo mismo, no juegan a la política, entonces nos causan dificultades, pero también nos ayudan con sus inmensos errores, a parte de nuestros aciertos, los errores de ellos ayudan mucho.
—Más allá de esas desconfianzas, ¿hay un país que le está pidiendo, tanto a la oposición y al Gobierno, un punto de encuentro, de diálogo?
—Eso es lo ideal, lo deseable, pero personalmente desconfío absolutamente de ellos, aunque en mi casa me enseñaron que uno no debe usar la palabra enemigo político, sino adversario, que es quien se opone a uno y hará todo lo que sea ética y legalmente posible por sustituirlo a uno de una posición de poder, enemigo es el que pretende destruirlo a uno a toda costa (...).
La verdad es que a nosotros nos conviene una oposición racional, democrática, yo no les creo nada, de pronto la oposición critica algo y puede que tengan razón, pero con los antecedentes que tienen no se les cree, se puede ser inducido al error por la conducta de la oposición.
—Usted se mueve en escenarios internacionales dominados por el capitalismo, ¿qué tan difícil es ondear las banderas del socialismo?
—Difícil desde el punto de vista de objetivo político, pero remontable. Cuando uno nada contra la corriente tiene dos opciones, la primera ahogarse; la segunda fortalecer la musculatura, nosotros estamos fortaleciéndola. Desde el punto de vista personal, gozo de una libertad de expresión de la que nunca gocé como diplomático, digo lo que pienso.
