Caracas, 19 de marzo de 2010.- Martha Harnecker publicó un nuevo libro titulado: "América Latina y el Socialismo del Siglo XXI. Inventando para no errar".
A continuación le presentamos la introducción del libro y el link para leer el libro completo.
INTRODUCCIÓN
1. Veinte años atrás las fuerzas de izquierda en
América latina y en el mundo pasaban momentos muy difíciles. Caía el
muro de Berlín, la Unión Soviética se precipitaba en el abismo y
terminaba por desaparecer a finales de 1991. Privada de la necesaria
retaguardia, la revolución sandinista era derrotada en las urnas en
febrero de l990 y los movimientos guerrilleros de Centroamérica se veían
forzados a desmovilizarse. El único país que mantenía las banderas de
la revolución en alto era Cuba, a pesar de todos los augurios de que sus
días estaban contados. En aquellas condiciones era difícil imaginar que
dos décadas más tarde la mayor parte de nuestros países iba a ser
gobernado por líderes de izquierda.
2. La derrota del socialismo soviético creó una dura situación para
la izquierda latinoamericana,
especialmente para la izquierda
marxista-leninista. Durante la década de los 80 ésta había aprendido
mucho tanto de las experiencias dictatoriales del cono Sur y las formas
de resistencia que frente a ellas surgieron, como de las experiencias de
lucha de los movimientos guerrilleros de Centroamérica y Colombia,
comenzando a superar una serie de errores y desviaciones cometidos en
las dos décadas anteriores, debido a una aplicación acrítica del modelo
bolchevique de partido. Aquí no puedo extenderme sobre este tema que he
abordado ampliamente en mi libro “Reconstruyendo la izquierda”(1), sólo
me limitaré a una breve mención de ellos: vanguardismo; verticalismo y
autoritarismo; teoricismo y dogmatismo que llevaban al estrategismo;
subjetivismo en el análisis de la realidad que conducía a elaborar
estrategias y tácticas inadecuadas; incapacidad de ver la originalidad
de nuestro sujeto social revolucionario lo que llevaba a desconocer el
potencial de lucha de los movimientos étnico-culturales y del
cristianismo revolucionario comprometido con los pobres; concepción de
la revolución como asalto al poder por una minoría activa, que desde el
estado resolvería los problemas del pueblo; insuficiente valorización de
la democracia hasta el punto de distinguir entre las fuerzas
revolucionarias y las fuerzas democráticas, otorgando a los aliados
socialdemócratas el calificativo de democráticos, como si las fuerzas
revolucionarias no fueran democráticas.
3. Decíamos que estos errores habían comenzado a ser superados
justamente en la década anterior a la derrota del socialismo soviético.
Quisiera mencionar aquí además otros dos factores que influyeron también
en ese proceso de maduración de la izquierda: primero, la visión
pedagógica del brasileño Paulo Freire, que dio origen a un significativo
movimiento de educación popular en varios de nuestros países, que
chocaba con la concepción clásica de los partidos de izquierda de
aquella época, que solían considerarse dueños de la verdad; y segundo,
las ideas feministas que ponían el acento en el respeto a las
diferencias y en el rechazo al autoritarismo.
4. Los primeros en asimilar estas ideas y reflexiones son los
movimientos político-militares de Centroamérica: Una revolución
triunfante, la sandinista, demuestra la frescura de este nuevo enfoque
de las cosas en su conducción política hacia la victoria, en la
presencia de sacerdotes como ministros del nuevo gobierno
revolucionario, en el pluralismo político. Un comandante comunista de la
guerrilla salvadoreña, Jorge Schafik Handal, es el primero en insistir
que el nuevo sujeto revolucionario latinoamericano no puede ser sólo la
clase obrera, que han surgido nuevos sujetos sociales revolucionarios y
que, por lo tanto, la conducción del proceso no puede ser sólo de los
comunistas, sino que tiene que incorporar a todos estos nuevos sujetos.
Una guerrilla guatemalteca, el Ejército Guerrillero de los Pobres, es la
primera organización política que incorpora a los indígenas y los
considera la fuerza motriz fundamental de la revolución.
5. Fue así como se empezó a entender que la nueva organización
política tenía que estar volcada a la sociedad, inmersa en los sectores
populares; tenía que superar la tendencia a homogenizar la base social
en la que se actuaba, practicando la unidad en la diversidad, el respeto
a las diferencias étnicas, culturales, de género, etcétera; y que este
respeto a las diferencias implicaba cambiar el lenguaje adecuándolo a
los diferentes sujetos en cuanto a contenido y variando sus formas,
entendiendo que hoy —en la era de la información y de imagen—el lenguaje
audiovisual es
fundamental.
6. Se comprendió también que había que pasar del
hegemonismo, de la política de aplanadora que impone líneas y acciones
por la fuerza, a entender que de lo que se trata es de ganar la
hegemonía, es decir, que sectores cada vez más amplios de la sociedad
hagan suyas las propuestas de la organización política.
7. La izquierda maduró también en relación al movimiento popular
entendiendo que éste no debe ser tratado como la mera correa de
transmisión de las decisiones del partido, sino que debe tener creciente
autonomía como para tener su propia agenda de lucha y que su papel es
articular las diferentes agendas en lugar de elaborar una agenda desde
arriba. Ha entendido que su papel es orientar, facilitar, acompañar, y
no suplantar; que es necesario eliminar toda actitud verticalista que
anula la iniciativa de la gente; que es necesario aprender a escuchar,
hacer un diagnóstico correcto de su estado de ánimo, poner oído atento a
las soluciones que el propio pueblo gesta. Ha asimilado también la
necesidad de ayudar a que la gente sea y se sienta protagonista y que
para ello hay que pasar de una conducción verticalista de ordeno y
mando, a una actitud de pedagogos populares capaces de potenciar toda la
sabiduría que existe en el pueblo.
8. Ha concluido que es necesario abandonar el enfoque obrerista que
sólo toma en cuenta a la clase obrera y que el nuevo instrumento
político debe respetar la pluralidad del sujeto, asumiendo la defensa de
todos los sectores sociales discriminados (mujeres, indígenas, negros,
jóvenes, niños, jubilados, homosexuales, personas con discapacidad, y
otros).
9. Se ha convencido de que no se trata de reclutar a todo el mundo
para incorporarlo a la organización política. Más que contener en su
seno a los representantes legítimos de todas y todos los que luchan por
la emancipación, ésta debería ser una instancia articuladora de sus
diferentes prácticas en un proyecto único.
10. Por último, ha comprendido que la democracia es una de las
banderas más caras de la izquierda y que la lucha por la democracia es
inseparable de la lucha por el socialismo, porque sólo en este sistema
social se podrá desplegar plenamente la democracia.(2)
11. Teniendo presentes estos antecedentes creo que podemos entender
mejor lo ocurrido en América Latina en esta última década. A éste tema
se referirá la primera parte de este libro y servirá de introducción
para abordar el tema del socialismo del siglo XXI.
Notas
(1) Marta Harnecker, Reconstruyendo la izquierda, Parte
II, 3. Crisis
orgánica, Monte Ávila, Venezuela, El Perro y la Rana, Venezuela, y Siglo
XXI, México, Argentina, España, 2008, párrafos
166 al 221. Ver en: www.rebelion.org/docs/97076.pdf
(2) Un desarrollo más amplio de este tema se encuentra en: Marta
Harnecker, Reconstruyendo la izquierda, Parte III, 1. Características
del nuevo instrumento político, párrafos 333 al 420.