SOBRE SERGIO DAHBAR
En la edición de hoy de ese pasquín político que, tiempo atrás, fue un buen periódico, Sergio Dahbar me llama comisario
Me agrada verlo así, a Sergio, asumiendo por una vez su responsabilidad y dando la cara. No es lo común en él. Generalmente suele actuar a través de un sicariato intelectual bajo sus órdenes. De modo que saludo su aparición en escena. Ese extraño gesto, esos tres pasos fuera del burladero, alivian un poco la imagen de degradación que arrastra consigo. Pero no la desdicen.
Él habla de mi evolución de joven poeta a funcionario gris. ¡Válgame el cielo! El mundo al revés.
¿Será que el hombre no tiene un espejo a la mano? ¿Será que, cuando se levanta cada día, carece de la oportunidad de observarse a sí mismo con atención y constatar la depreciación de su propia mirada? ¿Adónde quedó aquel muchacho que era promesa en una escuela de la UCV junto a otros tres o cuatro compañeros? ¿Qué se hizo de sus andanzas juveniles? ¿Fueron sino devaneos, qué fueron sino verduras de las eras?
El Sergio de hoy, fundamentalista, manipulador, conspirador y funcionario, no de un pueblo, de una gestión, de un proyecto, sino de un grupo, de unos intereses empresariales particularmente sombríos, ¿de qué puede dar lecciones a nadie?
Quienes lo conocimos alguna vez y alguna vez lo respetamos, lo vemos ahora, lamentablemente, como un personaje triste, solitario y final.
Farruco Sesto
Caracas, 3 de febrero de 2004
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