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Tiempo Único: La generosa luz verdusca que irradia el suntuoso avila, servía de pulpito a las reflexiones de Cristóbal. Sus pies estaban cansados. Los zapatos, higienizados en la postrera madrugada, estaban rancios y mugrientos. Era un aviso fulminante: ‘Ya me falta poco’, pensó. Cristóbal llevaba catorce años como pregonero en varias zonas de la ciudad; hace vente días vende en Altamira y sus periódicos salen como pan caliente. ‘Negro, dame uno que no esté arrugao, ah y te debo cincuenta bolos’ dijo un transeúnte-protestante con una cinta "Fuera Chávez" en la jadeante y dorada frente. ‘Tranquilo, otro día me pagas, yo vengo todos los días’. Cristóbal enumeraba en una pequeña libreta a los deudores. En total eran doce personas, las mismas que había estado viniendo a protestar desde que se declaró Altamira como "Zona Liberada". ‘No comprendo cómo esa gente tiene tremendos carros, tremendas motos y no tienen pa’ comprá un periódico que lo único que hace es hablar de ellos’, rumiaba Cristóbal. Nuevamente miró los zapatos que adquirió en un San en Petare y sintió nostalgia. Con ellos, se levantó a su negra; con ellos bailó full salsa en casa de su pana Melao y con ellos, lleva casi cuatro años arrinconando el hambre de sus dos hijos y de su negra. Cristóbal vende trescientos periódicos en Altamira, pero debe pagar peaje a PoliChacao para que lo dejen trabajar. Sin embargo le alcanza para llevar dignidad a su casa. ‘Esta gente...’ iba a murmurar, pero tres señoritas bien que se le acercaron, no lo dejaron terminar. ‘Señor negro, me vende ...’Dijo una de las señoritas tomando un periódico; leyó en reunión con las otras dos; haciéndose las locas intentaron escabullirse, pero el pregonero Cristóbal se levantó de un salto y dijo con voz azucarada: ‘disculpe señorita, cuesta trescientos bolívares’.
En algunas oportunidades había sido más agresivo, pero dependía de la zona, la calle o la plaza; esta vez, lo pensó mejor y nunca, recordaría después, fue más cordial con la clientela. ‘¿ cómo se atreve a decir que no le vamos a pagar, qué te has creído negro infeliz ?. Vociferó humillada la señorita que había tomado el periódico. Era bonita, catira, sensual; sus jeans raídos le moldeaban la sinuosa silueta; las tres eran bellas y estaban buenísimas; Cristóbal despertó del letargo, pues un brizna de lujuria cruzó por su mente. ‘Srta. con todo respeto, pensé que no me iba a pagar’. Esto fue lo último que atinó a decir. Momentos después vinieron policías, militares, gente catira como turistas europeos y todos al unísono gritaban consignas como esta ‘fuera chavista ladrón’ ; o esta: ‘Vete de aquí jalabola del mono Chávez ’; o esta: ‘no vengas más por aquí, negro’; o esta que decían y repetían en prusiano coro los militares: ‘Negro, cabrón, infiltrado maricón’. Además de estas chiflas que le lanzaban a Cristóbal, las cámaras de televisión, que a ese instante estaban heladas de hastío, lo enfocaban en forma incriminatoria; una periodista le hizo esta pregunta, mientras era golpeado enconadamente por la gente catira: ‘Señor, ¿ quién lo contrató para infiltrarse ?; hizo una pausa mientras esperaba pauta de control central; ¿Cuántos círculos Chavistas están saboteando esta digna concentración?; otra periodista, con indumentaria antichavista -cinta negra en su lubricada cabellera, ojos saltones e irritados y el típico tono de voz falangista- decía a la cámara de su canal: ‘Amigos televidentes, acaba de ser capturado un infiltrado de los círculos Chavistas -las cámaras enfocaban, en cadena nacional, a un hombre con aspecto pobre, de vago, de mendigo- y en pocos minutos será conducido a los calabozos de PoliChacao’. Horas más tarde, Cristóbal yacía sentado en uno de los bancos ubicados en la entrada de la telefónica CANTV, diez kilómetros más al oeste de la plaza Altamira. ‘¿Cómo llegué hasta aquí ?’, se preguntaba mientras se mimaba los moretones que tenía en las piernas, el estomago y demás partes del cuerpo. Ya no tenía periódicos, ni el dinero, menos la libreta de deudores; solo su ultrajada ropa y los zapatos. Se levantó lentamente y con lágrimas en los ojos logró recordar: ‘ah, ya sé ’. Subió trastabillando a la avenida Andrés Bello -dos cuadras al norte- y tomó una colita para Petare. En el asiento de la camioneta "Petare-Carmelitas" evocaba a las catiras. Sintió un estremecimiento -es lo único que pudo recordar- cuando las veía alejarse, en medio de los insultos y acorralamiento de las hordas sifrinas, a la tarima, cada una con un periódico sobre sus lindas y catiras cabelleras a manera de sombrillas.
Lo que no pudo ver Cristóbal, en ese terrible y último trance por la plaza Altamira, era que sus periódicos, sin ser leídos, en ese momento, estaban siendo usados como cómodos asientos que amortiguaran a las duras baldosas, no solo por los lindos fundillos de las catiras, sino por la sociedad civil que allí permanece y que además, las refinadas, perfumadas y cultas damas, pastorean sus perritos y usan los periódicos para que sus mascotas orienten su mierda a esas horas legitimas de la "zona Liberada".
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