Se sabe que Muciato Francés, aquel rico mercader de la “Novela Primera” de Giovanni Boccaccio en el Decamerón, apurado por compromisos de fuerza Real Imperial superior, tuvo que recurrir a Ser Ciapelleto, un hombre de incuestionable solvencia inmoral, para que se encargara de cobrar unos créditos pendientes con algunos borgoñeses de espuelas afiladas. Y tan habilidoso resultó el truhán que, en una época tan profundamente marcada por el culto y la practica de los valores morales de la Santa Iglesia, pudo engañar a los mismísimos representantes de lo divino en lo terreno, hasta conseguir no sólo el pasaporte del perdón sino también el de adoración de los santos después de muerto. Un “santo malvado” que ni siquiera la peste negra pudo borrar de la memoria histórica de las falsas apariencias; un santo cuya longevidad moralistoide le viene más por los milagros de sus modernos discípulos que por méritos propios en un tiempo que ya no es el suyo…; quizá amoral, que no es lo mismo que decir inmoral aunque de sus muletas se siga valiendo el imaginario político-cultural.
En estos días de efervescencia electoral la retórica moralista invade los espacios de la querella política. Los mercaderes Muciatos se confunden con los Ciapelletos en la fetidez de una jerigonza que, por las coordenadas de su orientación semántica, intenta aromatizar la carroña para arrancarle al elector-destinatario la confianza necesaria y la estupidez suficiente para seguir adorando a Ser Ciapelleto. Los roles que alguna vez suponíamos bien claros y delimitados se han visto trastocados por la avaricia de los Muciato y la gula de los Ciapelletos. Ya no hace falta engañar a los representantes de Dios en la tierra para tener la oportunidad de apostarle a la inmoralidad que se esconde detrás del premoderno discurso moralizante. No se debate como se supone que deberían hacerlo los políticos de un tiempo que no muy pocos intelectuales de prestigio se atreven a desnudar como postmoderno, se predica y se disputa el cambur en la administración publica como si se disputara un titulo religioso en la edad media.
“Vengo del pasado”- nos dice Ser Ciapalleto hoy- “voy hacia el futuro y nada tengo que me vincule con el presente; soy la salvación”. Y el discurso sigue su curso adornado de clisés que dan cuenta de los pecados capitales en los que nunca incurrió y que ni siquiera por descuido se atrevería a cometer en las lunas por venir. Y no cesa en el empeño; acaba de enseñarnos una encuesta-requerimiento en la que su popularidad supera al Muciatos ese que alguna vez fue su amigo-protector; convertido ahora, por obra y gracia de una traición, en su más desleal competidor… Confieso, mis amigos lectores, que he pensado mucho en las patrias antes de concluir, finalmente, en la imposibilidad de su existencia sin el concurso de estos hombres de inmaculadas virtudes religiosas; un candidato debe ser algo más que un candidato y el hombre que tiene ese algo más del que ninguno de los mortales podemos hacer gala es Ser Ciapelleto…; es un extraordinario candidato.
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