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Un revolucionario no se aparenta

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Recientemente veía una entrevista que daba La Chiche Manaure en un programa de televisión nacional, en el que compartía con los usuarios parte de lo que fue la experiencia y el honor de haber sido compañera de batalla y de trinchera, del padre cantor del pueblo venezolano Alí Primera, ser humano definitivamente destacado y que al mismo tiempo se volvía parte del paisaje al que pertenecía, hombre del que tuvo la oportunidad, entre tantas cosas maravillosas, de aprender a ser la voz y la expresión de un pueblo, ese hombre que también le hiciera el llamado a saber diferenciar, entre un verdadero revolucionario y un popular revolucionero.

Y es que resulta necesario dedicarle una gran cuota de atención, a el análisis característico de cada uno de estos dos términos que no solo pueden llegar a ser confundidos fonéticamente.

Es probable que el revolucionero esté consciente del rol que en su intento de auténtico revolucionario debe asumir, habiéndolo aprendido teóricamente, aunque su conducta y espíritu conspiren contra el modelo que su pensamiento pudiera de manera acertada estar planteando.

El estar consciente, sumado a una dosis de astucia demagoga y alguna oportunidad fortuita o no, podrían situar a un revolucionero en estratégicas posiciones de poder, donde sería de fácil proceder no hacer más de lo que es estrictamente obligatorio en su función, o quizá menos.

Un revolucionero está altamente contaminado por el sistema de alienación capitalista aunque no termine de asumirlo, dándole con esto un carácter más acentuado a su condición de revolucionero, pues queda claro que con escasas excepciones, todos hemos sido tocados en nuestras subjetividades por el impuesto sistema que ha dominado.

Sin embargo, aquellos que perteneciendo al grupo de la mayoría alienada, pretenden venir a dar lecciones de cómo conducirnos para ser considerados revolucionarios reales, no son más que COMÚNES CHARLATANES que en vez de apegarse a la acción moral que estos tiempos de cambio exigen, lo que prefieren es condenar a todo aquel que sea capaz de hacer una autocrítica (necesaria a lo interno) o planteamiento distinto al suyo, calificándolo como contrarrevolucionario o peor aún como escuálido, situándolo de inmediato en el sillón de los culpables, negándole toda posibilidad a la defensa, adelantándose a los acontecimientos que aún no se generan para dar un veredicto que los haga favorecidos, creyéndose poseedores absolutos de la verdad y la razón, menospreciando las facultades ajenas, limitándose nada más que a delegar responsabilidades y no a dar el ejemplo, tomando en cuenta sólo a quienes consideran puedan serles útiles, en resumidas cuentas, se comportan como tribunal eclesiástico en época de inquisición.

Por eso es de necesario comprender que el verdadero revolucionario para serlo, citando al Ché “Aún a riesgo de parecer ridículo debe estar guiado por los más altos sentimientos de amor” a lo que yo atrevidamente adicionaré una infinita dosis de romántico y humilde sueño de gloria universal, pues, quien revolucionario es, hasta en el más mínimo detalle se entrega al pueblo al que debe su esencia.

(*)Periodista


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