Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la
Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba
un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las
reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en
Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en
la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de
la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge,
y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando
datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una
investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado
de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un
trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del
desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales
que extendieron el
hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe
hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada
república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad
de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y
tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que,
juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado
en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre
ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la
población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones.
No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que
otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el
aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en
el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por
causas distintas, que no
siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde
los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a
los actuales 46 millones, dieciocho años después.
Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de
Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y
Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado
hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y
es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA,
que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre
todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso
el International Herald Tribune (en su edición del 15 de
enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones
de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos,
según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez
millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la
contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales
asesores de la terapia de choque
capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas
estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un
éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba
la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la
década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia
soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei
Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich
Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales
(1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en
esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio
Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una
política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a
millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en
estos últimos años. La
desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una
catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber
mediado ese desastre que celebraban en Berlín.
* * *
Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida
para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica,
vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los
desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por
vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La
privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de
trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una
espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el
aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las
pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por
encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.
El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la
investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el
Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de
entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de
las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por
la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado,
porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder
capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de
los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida,
afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos
las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de
quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la
proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a
millones de personas, el destino de muchos de los
centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron
toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que
fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo.
Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa
oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas
estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio
de personas pasa hambre.
Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por
personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos
norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y
suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y
hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie
Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas
recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente
(el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado
Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran
Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después,
Chirac.
Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la
humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas
europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en
Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que
poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda
Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran
volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se
oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que
tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por
Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida
por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la
emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el
envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres
perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas;
hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.
Esa realidad es conocida por los investigadores y por los
gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos,
aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las
ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa
del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas
socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada
maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue
remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos:
manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente
evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para
terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y
el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y
falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del
capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre
democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de
tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron
con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el
capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y
convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados
expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el
nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida
por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha
adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales
es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del
pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de
historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las
matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se
recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que
no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras
que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está
representado apenas por los países más desarrollados, no por los más
pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es
Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de
la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por
el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el
capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que
permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría
opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la
menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron
derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo
soviético.
Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del
gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la
política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una
tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman.
No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el
“asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada
permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la
ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a
tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles
norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue
desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá
discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas
explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad
política de los medios liberales, pasando
por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata,
trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia
del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro
sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis
crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos.
También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a
la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que
ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.
Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los
símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini),
desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde
los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a
los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su
complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que
persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al
partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la
propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan
tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una
gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y
culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente,
en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía
golpista al capitalismo.
La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los
dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció
tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa
oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron
abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de
negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder.
No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente
(sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen:
una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos
“comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de
la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una
“rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las
manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el
capitalismo: querían reformar el
socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder
comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al
poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin
embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos
todavía buena parte de las complicidades y de la acción que
desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación
liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población
permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania
contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y
nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado
recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a
muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y
norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su
afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo
muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en
Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es
cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un
descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca,
en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría
o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria
o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la
pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos
comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su
origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el
hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer
la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a
disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a
explicar a la población que su
propósito era implantar el capitalismo.
Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las
altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los
tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que
supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a
ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la
producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente
introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se
apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría,
Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con
un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la
acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato
de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en
asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta
alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los
salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente
europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para
explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad
técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas
amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que,
inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo
consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran
empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental,
por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital
extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas
buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores
económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la
especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de
“industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la
pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.
La deuda externa combinada de los países europeos orientales en
2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de
euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de
unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un
mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto
un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un
recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las
estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón
de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros
países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de
rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos
mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población.
Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han
quedado al cuidado de otros familiares. En
Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno
es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria.
Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa,
precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real),
hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo
ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de
muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza
de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e
internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas
europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en
1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El
fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década
final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al
hablar del supuesto “éxito” de la
transición del socialismo al capitalismo.
Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e
instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se
encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más
feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a
la población, recortes sociales, reducción de pensiones,
desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la
pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también
instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la
degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y
la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las
instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción
de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática,
sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido,
definen un amenazador futuro inmediato.
Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso
racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la
rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han
impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además,
juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a
Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las
nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los
Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión
de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por
antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el
checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas
Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias
aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del
atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se
declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y
a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la
influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de
exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin
percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un
completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por
quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la
independencia de sus países.
La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del
socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta
por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en
1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en
Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en
Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción
por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre
en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este
apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la
nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la
mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la
URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.
Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real
han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho
incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el
desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No
obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la
libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa
socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en
los países del socialismo real, como los serios desajustes de su
economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los
años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración
capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa
socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población,
porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de
proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la
mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros,
perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los
gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los
medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza
criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido
en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y
eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes
partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado
un nuevo referente en Alemania.
A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas,
debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los
muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque
fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora
responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones
aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la
privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de
esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el
autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control,
pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar
de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos:
Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.