Sobre la venezolanidad

¿Qué es ser venezolano? Personalmente creo que todos los habitantes de esta tierra denominada Venezuela debemos abocarnos al problema cultural. Concienciarnos de que la gran polémica de lo que puede ocurrir en América Latina en los próximos años, en distintos órdenes, está relacionada con la idiosincrasia del cambio revolucionario (no hay otro cambio posible) en Venezuela. Estoy convencido que, para conceptualizar el cambio, no pueden haber distintas áreas o zonas de influencia separadas con gente trabajando para desarrollar una eficiencia máxima sin tomar en cuenta que todas las aristas de la revolución deben conducir a un fin último: la suprema felicidad de los pueblos. Y es que este ha sido el problema, sin ánimos de desprestigiar al Libertador Simón Bolívar. El sistema de gobierno perfecto no podemos divinizarlo cada vez más. Este es el nudo de la cuestión a medida que pasan los tiempos. La felicidad es un estado anímico que, hasta individualmente, es imposible alcanzarlo: los gobiernos efectivos y pragmáticos en el mundo lo han entendido así. La felicidad y la perfección se vuelven aún más discursivas y partidistas desde la perspectiva de los mundos subdesarrollados. Sencillamente hay que, de acuerdo con las necesidades y procesos históricos del momento, cumplir las exigencias y el mandato que el pueblo exige.

¿Y este embrollo filosófico? ¿Para qué? Justamente el pragmatismo que explico se refiere a que los pueblos, a través del socialismo, se gobiernen a sí mismo por un Estado comunal, el fin último de la propuesta del s. XXI. Ahora bien, ¿cuáles son las exigencias o metas de aquellos pueblos que se gobiernan a sí mismos? Es que el “gobernarnos a nosotros mismos” no garantiza la suprema felicidad de los pueblos. No hay garantías de que, en la teoría y práctica del socialismo latinoamericano, triunfe la revolución. Pero hay la seguridad de que es la única vía para lograr un desarrollo sustentable. Entonces, el problema está en la vía. El pueblo venezolano lo experimentó otras dos veces. Cuando nos libramos de los españoles, ahora le tocaba a los venezolanos decidir… terminaron siendo los criollos terratenientes, la oligarquía. Cuando Gómez murió, le tocó a los profesionales de la Universidad Central de Venezuela; una cara civil y democrática para el país… vendieron a la nación. ¿Y ahora? ¿Quiénes van a gobernar?

1. ¿Los chavistas neo-oligarcas?

2. ¿Una nueva clase partidista minoritaria que nacerá de las bases?

3. ¿El Estado comunal nacido de la participación de la mayoría de los venezolanos?

La última opción es el fin último de la revolución bolivariana socialista. Pero muchos opinan que terminará siendo alguna de las dos primeras. Y en tal caso que terminara siendo la tercera opción, replanteo: ¿es garantía de un socialismo viable y sustentable para el país y el continente? Todo este parapeto para concluir que las tres opciones están minadas de venezolanos. El problema es cultural. Algo tenemos que no está funcionando.

Mi intención en esta reflexión no es encausarnos en un pesimismo que le ponga barreras a la crítica, evaluaciones, progreso. No podemos tampoco situar a la pequeñísima historia de Venezuela en un largo río de fracasos y opresiones, imperialistas y libertadores, autócratas y demócratas. Porque todas estas concepciones se amasan en nuestra visión sobre la venezolanidad. Mientras haya un mar de gentes difuso, desigualísimo, distinto en tantas perspectivas, no puede existir una venezolanidad que se distinga entre las naciones del mundo. El libre pensamiento no es, tampoco, una garantía de encontrarnos con esa venezolanidad que tanto anhelamos. Yo puedo pensar que el país no sirve, no sirvió y nunca servirá; y ese pensamiento será una pizca de harina más para que esa gran masa multiforme post- moderna de la venezolanidad sea aún más deforme. Tomando teoría de viejos mentalistas, nosotros somos lo que queramos pensar. El libre pensamiento es un valor que los teóricos de aquellas prostitutas democracias nos vendieron para hacer del sistema socio-político cada vez más una “nada”, un vacío desarrollista que nos haga diluir nuestra identidad frente a los modelos perfectos del “Primer mundo”. Efectivamente lo lograron. Opto por un pensamiento crítico, objetivo, moralista, humanista.

Más allá de las baratas propagandas de las Empresas Polar, ¿sabemos lo que es ser venezolanos? No me cabe la menor duda de que tiene que haber esquemas culturales que puedan definirnos de una manera algo menos vaga. Nuestra ubicación geográfica e histórica nos condenó a un debate cultural que puede llevarnos a concluir irreflexivamente que somos multiétnicos y pluriculturales, como nos define la Constitución Bolivariana. ¿Somos llaneros, andinos, amazónicos, caribeños, maracuchos, CARAQUEÑOS? Para los que vivimos en Caracas, la cuna y el centro de cualquier “cosa” venezolana, podemos visualizar que, más allá del caos, esa definición constitucional no nos diferencia de cualquier metrópoli a nivel mundial. Legaliza la variedad, pero no la define. Lo que sí es verdad es que existen aspectos de esta variedad que no permite la realización de un Socialismo bolivariano que trascienda la retórica de la revolución. Es necesario redefinir históricamente el socialismo, pero antes, la venezolanidad. Hay que reconstruir la venezolanidad. Poner en práctica un socialismo con dificultades teóricas en las masas no es garantía de mejorar la venezolanidad. El pueblo debe teorizar primero el problema cultural venezolano y trascender en sí mismos.

Es verdad también que no sólo debemos replantear una venezolanidad que pueda trascender el Socialismo bolivariano del s. XXI, sino una venezolanidad que pueda de una vez por todas salir del s. XX. He tenido la oportunidad de visitar varios rincones del mundo y he podido oler un aire de modernidad y globalización que los venezolanos no hemos podido asumir. No hay un ciudadano venezolano del s. XXI que pueda ser distinguido en el mundo post-moderno. Conocemos ciudadanos argentinos, brasileños, colombianos, mexicanos, franceses, chinos, egipcios. El 2000 mágico de la revolución embriagó a la venezolanidad y la dejó en un ciudad traumada por el neoliberalismo y el pesimismo gubernamental, añorando el campo que dejó a principios de s. XX. No tuvimos la habilidad de hacer una ciudad que disfrute de su multiculturalidad auténtica. Un día es la inseguridad, otro la inflación, otro la electricidad, otro la libertad de expresión, otro el tráfico, otro el paro cívico,… Algo tenemos que no está marchando bien y que hace al gobierno estar del “tingo al tango” sin poder controlar las exigencias que se viven a diario… No dejamos al gobierno transformar las estructuras. Tenemos que estar pendiente de algún bojote que se caiga por allí y agarrarnos de él hasta que surja otro, y ser incapaces de poder establecer una personalidad venezolana que pueda dejarse evaluar por unos parámetros mínimos de acuerdos sociales. Por eso es que Caracas sigue oliendo a mierda, por eso hay una oposición y medios de comunicación que huelen a mierda… y sin duda una burocracia venezolana (que nació hace 40, 30, 20, 10 años en este mismo país) que huele a mierda. Todo esto porque hay una venezolanidad, un común de las gentes que no ha reflexionado sobre los cambios histórico que vive el país y el papel protagónico que tiene Hugo Chávez en la escena internacional. Existe un ciudadano promedio que no lo sabe o le tiene sin cuidado, por estar pendiente de alguna “cabuya” o bojote (esté o no moral o legalmente permitido) que pueda facilitarle contingentemente su situación individual hasta que surja otra cosa en la escena nacional. No hay un ciudadano venezolano decente, no hay un empresario venezolano honesto, no hay un funcionario efectivo; y cuando digo “un…” hablo de una llaga que está en nosotros pero que no tenemos todos. Hay algo en la venezolanidad que no está marchando bien.

Nos definimos chéveres, solidarios, calurosos, entre los más felices del mundo. Y es que es este mismo estado de embriaguez común que no permite hacer una evaluación honesta de cuáles son los aspectos de la venezolanidad que están afectando la efectividad y el progreso de una nación bastante afortunada, tanto en recursos naturales como humanos. También, como comenté antes, aquel pensamiento fatalista y pesimista de la venezolanidad traído de las más antiguas familias ilustradas del país o de los hijos de inmigrantes malagradecidos. Pero uds. preguntarán, ¿hay algo que no está marchando bien en los venezolanos pero no hay que ser pesimistas? Y es que estamos cansados de escuchar que habrán fórmulas políticas que salvarán al país. Lo que salvará al país es una nueva fórmula cultural que redefina al venezolano sin desconocer sus raíces étnicas culturales. Repito, no esas raíces que nos metió en la cabeza la publicidad caracterizada por la presencia de los hijos de los inmigrantes europeos y el campesino y el pescador. Sino las verdaderas raíces, buenas y malas. Arrancar de raíz lo malo y enaltecer y mejorar lo bueno. Sonará a depuración de razas, pero es una cuestión netamente idiosincrática. Pronto redactaré un artículo sumario de las características buenas y malas de la venezolanidad. Así, los alemanas pueden tener vergüenza del Nazismo, los chinos pueden tener vergüenza del Maoísmo radical, los rusos pueden tener vergüenza del fracasado modelo socialista, los franceses pueden tener vergüenza de su revolución, los estadounidenses son los más desvergonzados (por eso tienen el lugar moralmente merecido en la historia del mundo)… pero lo que es seguro es que ellos entendieron, de forma traumática o no, que los procesos tienen una lógica interna histórica y cultural que los define a través de procesos de depuración moralmente juzgables. Los venezolanos estamos en el deber de plantear ese proceso de depuración para enaltecer una nueva venezolanidad que, más allá de lo Latinoamericano, tenga su lugar en el resto del mundo y sea vanguardia en los procesos de transformación globales al Socialismo, que puede que sea del s. XXII.



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